El tatabuelo y las terapias magnéticas

Por Arturo Quirantes, el 27 mayo, 2019. Categoría(s): Charlatanes • Terapias Cuánticas ✎ 7

La desaparición de la imagen holovisiva del tatabuelo marcó el punto álgido de lo que posteriormente sería conocido como la Erupción. Una eyección de masa coronal de energía y amplitud sin precedentes en la historia golpeó la Tierra con una furia que, tan sólo medio siglo antes, hubiera llevado a la Humanidad de vuelta a la Edad de Piedra. Las estaciones en órbita supralunar fueron barridas y convertidas en chatarra, así como las colonias lunares de la cara oculta y algunos satélites de minería en el cinturón de asteroides.

Afortunadamente la Gran Barrera funcionó correctamente. Nunca había sido puesta a prueba en una emergencia real, pero los escudos se activaron y resistieron. Los inmensos recursos puestos en juego en su construcción, todos los fondos presupuestarios que algunos criticaron como “tonterías espaciales cuando hay tanto que hacer en tierra”, se justificaron a lo largo de aquél inolvidable día de furia solar. Por un margen demasiado estrecho para algunos, pero margen al fin y al cabo, la superficie terrestre y sus plataformas orbitales se salvaron.

Lo que no significó que todo fuese sobre ruedas, como se decía en los viejos tiempos.

–…y tenemos que quedarnos aquí al menos dos o tres semanas más –dijo la imagen del tatabuelo, inestable a pesar de los filtros de corrección–. Por lo visto, no hay transportes suficientes para llevar equipos de reparación a todos lados, y hasta que la Alianza nos envíe uno de sus enormes cohetes aquí nos quedamos.

–¿Pero qué vais a comer? ¿Tenéis comida y agua ahí arriba? –preguntó Álvaro.

–No te preocupes, peque, el tatabuelo no se va a morir de hambre ni de sed. De aburrimiento, quizá. Los sistemas auxiliares han quedado fritos, y aunque mirar por la ventana sigue siendo un espectáculo único con la Gran Barrera aún brillando, qué quieres que te diga, acaba siendo algo monótono. Por fortuna he encontrado algunos libros en papel.

–¿Papel? ¿Cómo los que tienes en casa?

–Eso es. De todos modos, me han dejado el holo para mí solo durante un rato, así que si queréis darme conversación estaré encantado de oíros, chicos– dijo el tatabuelo–. ¿O tenéis algo que hacer?

–¡No! –respondieron Eduarda y David simultáneamente, seguidos por el eco de Álvaro una décima de segundo después. Lo cierto es que los tres tenían tareas pendientes, pero ni siquiera una erupción volcánica les iba a interrumpir en ese momento. Pobre de aquél que lo intentase. Incluso los adultos de la casa sabían lo que mas le convenía y habían plegado velas.

–Bueno –dijo el tatabuelo–, ¿de qué queréis que hablemos? ¿Seguimos la conversación de antes?

–Sí, yo voto por eso –dijo Eduarda–. Nos estabas diciendo algo sobre el magnetismo y las terapias locas.

–Es verdad –asintieron sus dos primos.

–De acuerdo, pues que sea magnetismo. A ver, estábamos hablando de que antiguamente alguna gente, incluyendo científicos, creían que la electricidad era la chispa de la vida. Bien, pues otros dijeron ¿y si fuese el magnetismo? Desde hacía siglos se sabía que algunos minerales como la magnetita eran capaces de atraer objetos de hierro. Parecía algo de magia, como si tuviesen vida propia.

»Mientras los científicos averiguaban cuáles eran las propiedades de los sistemas magnéticos, a mediados, no, más bien a finales del siglo XVIII un médico alemán llamado Franz Mesmer pensó que quizá el magnetismo era la clave de la voluntad humana, y se inventó una especie de hipnotismo al que luego llamaron mesmerismo.

–¿Hipnotismo como eso de las películas antiguas? –preguntó David.

–Sí, algo de eso. Mesmer creía que el cuerpo humano tenía una especie de magnetismo, y que podía usarlo para influir sobre el comportamiento de una persona. No era cierto, claro, pero la idea pasó a la cultura popular con tanta fuerza que incluso en nuestros días se dice de una persona influyente y con carácter que tiene una “personalidad magnética”. En inglés todavía tienen una palabra llamada “mesmerize”, que significa algo así como encandilar o hipnotizar.

–Mírame a los ojos, Eduardita, que te voy a mesmerizaaaar…. –dijo Álvaro.

–Calla, pesado –respondió su prima dándole una colleja.

–El caso es –siguió el tatabuelo– que Mesmer comenzó a utilizar su hipótesis del magnetismo para curar a la gente. Sí, muchachos, lo utilizó como terapia.

–Jo, qué predecibles, siempre se inventan lo mismo –protestó David.

–Ya ves, los charlatanes son poco originales –dijo el tatabuelo–. Es una constante de la Historia.

–¿Y cómo funcionaba eso de la terapia magnética? –preguntó Eduarda.

–Mesmer creía que el magnetismo fluía por el cuerpo por medio de canales, y que cuando uno de esos canales se obstruía era cuando venían las enfermedades, así que según él no había más que restaurar esos canales y listo, enfermo curado. Era como sanar con la electricidad pero más divertido.

–¿Más divertido por qué?

–En primer lugar, porque Mesmer decía que solamente algunas personas podían influir en los canales magnéticos de otros, ya que tenían una especie de magnetismo animal más desarrollado. No os sorprenderá si os digo que el propio Mesmer creía ser uno de esos hombres magnéticos superiores, y ya podéis imaginaros que se le subió un poco a la cabeza. Es como si la naturaleza le dijese “no tienes abuela”.

–Pero ¿es que no tenía abuela? –preguntó Álvaro.

–Se trata de una frase hecha. Como las abuelas siempre están presumiendo de que sus nietos son muy listos, muy guapos y todo eso, la expresión “no tiene abuela” viene a decir que él mismo se echaba todo tipo de piropos, como si no tuviese una abuela que le dijese cosas bonitas y tuviese él que hacer la suplencia de abuela. ¿Entendéis?

Tres sonrisas respondieron afirmativamente.

–Además de ello –continuó el tatabuelo– tenía gracia la forma en que Mesmer montaba sus sesiones de curación. La verdad es que era un artista. Comenzó usando imanes, agua magnetizada, pero luego…

–Espera, tatabuelo –le interrumpió David–, a mí me dijeron en clase que el agua no puede magnetizarse, no tiene dipo… no recuerdo el nombre.

–¿Momento dipolar magnético?

–¡Eso! ¡Cosa dipolar magnética!

–Pues tienes razón, él se inventó eso del agua magnética. Entonces no se sabía que el agua no se podía magnetizar, pero incluso a comienzos del siglo XXI la gente compraba aparatos para magnetizar el agua. La idea era la misma: que si el agua magnetizada es más sana y natural, que si cura cosas, etcétera, etcétera.

Los tres niños se quedaron muy callados.

–¿Qué pasa, muchachos? ¿Se os ha comido la lengua el gato?

–Es que es muy raro –comenzó David– eso de que en este siglo la gente se creyese eso del agua magnética. No sé, ¿es que no había escuelas?

–A montones, hijo, pero como alguien dijo una vez, es fácil separar a un tonto de su dinero, y entonces había muchos tontos. Al menos a la gente del siglo XVIII se le podía disculpar porque en aquel entonces aún se desconocían muchas leyes de la Física, y eso del agua magnética sonaba cuando menos razonable. Como os iba diciendo, Mesmer era lo que podríamos llamar un charlatán estrella, le echaba un teatro que no veas. En pocos años se convirtió en todo un fenómeno social.

–¿Salió en, cómo se llamaba aquello, la tele? –preguntó Álvaro

–Hala, qué burro, si la tele no existía todavía –corrigió David–. Seguro que salía en la radio.

–Pues ni lo uno ni lo otro. Os cuento. Mesmer comenzó su historia del magnetismo animal en Viena. Un día llegó una paciente para que la curase. Mesmer le hizo tragar un preparado líquido con hierro, le pasó imanes por el cuerpo y consiguió curarla; o al menos eso creyó él. Su técnica terapéutica fue haciéndose cada vez más conocida y ganó mucha fama, hasta que un día un caso le salió mal y se metió en un lío.

»Mesmer decidió cambiar de aires, así que hizo las maletas y en 1778 se mudó a París. Allí montó un consultorio médico que le hizo ganar una fortuna. Mucha gente acudía a disfrutar de baños magnéticos en grupo. Dicen que acudían muchas personas de la alta sociedad, incluso la propia reina María Antonieta.

–¿Y funcionaba?

–Como entretenimiento sin duda que funcionaba. Imaginaos, se trataba de meterse en una gran bañera con otras personas, con poca ropa, oyendo música suave y con luz baja. Eso gusta a cualquiera ahora igual que entonces. Seguro que se lo pasaban muy bien, aunque no pienso entrar en detalles. Ahora bien, como técnica de curación basada en la ciencia no parece que tuviese mucha consistencia.

»Durante los siglos siguientes, incluso hasta comienzos del XXI, los charlatanes intentaron que la ciencia refrendase sus terapias, ya que eso les daría más seriedad. Mesmer fue uno de los primeros en hacerlo. Intentó que la Academia de Ciencias y la Sociedad de Medicina francesas aprobara sus terapias. Para su desgracia, no lo consiguió, así que siguió un plan alternativo que desde entonces siguen los charlatanes en ese caso. ¿Os imagináis cuál es?

–¿Seguir vendiendo sus tonterías igual?

–Bien por la pequeña Eduarda. En efecto, Mesmer les dio la espalda a los médicos y científicos, y continuó tratando a los ricos. Bueno, y a los no ricos también. Para ellos no se le ocurrió otra cosa que decir que había magnetizado unos árboles, y que podías beneficiarte de su tratamiento abrazando un árbol.

–Vaya tontería, abrazar un árbol magnético –dijo David.

–Pues si crees que eso es una tontería, ¿qué pensarás si te digo que a comienzos de este siglo XXI todavía había gente que abrazaba árboles?

–¡Qué toooontos! –exclamó Eduarda.

–A decir verdad, no lo hacían porque fuesen magnéticos, pero oye, eso de… cómo se decía… ah, sí, “entrar en comunión con la naturaleza” estaba de moda. Quizá Mesmer fue también un adelantado en el culto a la naturaleza; o sencillamente fue lo primero que se le ocurrió.

»Lo interesante fue lo que pasó a continuación. Sea porque los médicos se cansasen de oír tonterías, o porque eso de montarse fiestas magnéticas semidesnudas no les hacía gracia a los maridos, el caso es que en 1784 el rey de Francia Luis XVI creó una comisión de investigación. Imagino que a él tampoco le hacía gracia que su bella esposa se apuntase a esas movidas.

»La comisión estuvo formada por científicos muy importantes en su época, como Antoine Lavoisier y Benjamin Franklin, seguro que los habéis visto en clase. Bien, pues esta gente usó el método científico para investigar, y en pocos meses llegaron a la conclusión de que todo era una engañifa. No había fluido magnético ni nada parecido, y si alguien se curó fue por efecto de la sugestión, ya sabéis, si alguien en quien confías te dice que algo te va a curar, al final tu cuerpo se lo acaba creyendo.

–¿Y qué pasó con Mesmer? ¿Le enviaron a la cárcel o algo así?

–No, no llegaron a tanto, pero el informe científico le hizo bastante daño y decidió abandonar su negocio. Otros charlatanes tomaron el relevo del mesmerismo mientras él se jubilaba. También hubo estudios serios basados en la sugestión que ejercía sobre sus pacientes, y algunas décadas después se le reconoció como el precursor de la hipnosis. Digamos que se equivocó en la hipótesis del magnetismo pero, en cierto modo, acertó.

–Pero la hipnosis no tiene nada que ver con el magnetismo, ¿verdad? –preguntó David.

–No, no lo tiene. Pero el magnetismo se siguió usando para curar, tanto con ciencia como con pseudociencia.

–¿Ah, sí?

–Oh sí, el magnetismo daba mucho juego. Recuerdo, por ejemplo, que a finales del siglo XX se pusieron de moda las pulseras magnéticas. Eran pulseras metálicas simples, con dos bolas en los extremos, y aunque no servían para nada se vendían a millones. Años después las reinventaron, de goma en lugar de metal y con un pequeño holograma que hacía, yo que sé, cosas. Fíjate si eran populares que incluso una ministra de sanidad las lucía públicamente.

–¿Es que era tonta o algo así? –preguntó la pequeña Eduarda.

–Pues no sabría decirte, peque, pero vamos, estuvo poco acertada. Menos mal que poco después dejó el cargo. Como mínimo, sirve como ejemplo de que incluso una persona famosa puede caer en esos engañabobos, así que imagínate alguien con conocimientos científicos más bien normalitos.

»Y eso era sólo la punta del iceberg. Durante aquellos años se popularizó algo que llamaban terapia biomagnética. Nada más que con la palabra ya os hacéis una idea de lo que se trataba, básicamente pasar imanes por el cuerpo de una persona. La idea era, una vez más, que el pH del cuerpo se altera cuando estás enfermo, y que con los campos magnéticos de los imanes te lo arreglan. La historia de siempre.

–¿Y los científicos serios no decían nada? –preguntó David.

–Claro que sí, pero la gente no le hacía mucho caso. En ocasiones, incluso los científicos serios, como tú los llamas, contribuyeron a liar la situación. ¿Os conté la historia del magnetismo y la fibromialgia?

La respuesta de los tres tataranietos fue ahogada por una repentina sirena que atronó todos los rincones de la Jocelyn Cuatro. La imagen del tatabuelo volvió a desaparecer, momento en que la madre y tía decidió tomar el mando, intento que sorprendentemente tuvo éxito. Además, era la hora de dormir.

Pero si con eso creyó que las conferencias Tierra–órbita se habían acabado, se equivocó por completo.

 

[Extraído del libro Terapias Cuánticas]



7 Comentarios

  1. Muy interesante la forma amena de contar una historia importantísima sobre el magnetismo Soy editora de www Genaltruista .net y genaltruista.com y hace años que investigó sobre el tema . La presencia de la magnetita en el cerebro de nuestra especie abre muchos interrogantes fundamentales para comprender parte de nuestro presente y futuro

  2. Oye, y eso de la magnetoterapia que aplican los fisioterapeutas para las lesiones de rodilla, codo, etc. ¿es tambien una engañifa?
    Me gustaria mucho saber tu opinión.
    Saludos, y adelante con tu superinteresante blog.

  3. Creo que la ciencia ha derivado hacia un sectarismo tanto o más que muchas creencias religiosas, al menos un poco de respeto a los desconocido aún por la ciencia, no hace falta tanta mofa en tus “relatos”.

  4. Hablando de magnetoterapia: Hace unos años necesité rehabilitación en la mano. Casi todos los tratamientos que me aplicaban se basaban en aportar calor con diversas técnicas (baños de parafina, inmersiones en agua caliente, infrarrojos) lo que me parecía casi razonable, pero también me aplicaban “magnetoterapia”. Tras 2 sesiones pensé que lo de meter la mano en un solenoide durante 15 minutos no tenía ningún sentido físico. Con ayuda de un amigo epidemiólogo estuvimos buscando bibliografía científica sobre los tratamientos “magnoterápicos” (Cochrane y New England creo recordar)
    Había pocos estudios, y no mostraban evidencia científica de que la magnetoterapia sirviera para nada. Lo dejé

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