Se nos ha perdido un satélite

Phobos-Grunt

Mientras escribo estas líneas, los cerebritos de la agencia espacial rusa están devanándose los sesos para averiguar dónde cayó su preciada Phobos-Grunt, una sonda con destino a Marte que ha acabado bajo las aguas de algún océano. Ni siquiera saben de qué océano: ellos afirman que ha caído en algún lugar del Atlántico central, en tanto que los norteamericanos ponen el punto de caída en el Pacífico sur. Incluso hay quien cree que puede haber caído en Brasil. En las últimas horas, ni siquiera se tenía claro en qué órbita iba a caer, y una red de observadores coordinada por Twitter ha buscado la nave por el cielo. Yo mismo acabo de venir del tejado, donde un cielo totalmente nublado me ha impedido ver nada.

Resulta chocante tanta incertidumbre, ¿verdad? Una de las cosas que esperamos en una película de meteoritos asesinos es que la gente de la NASA, o bien el típico científico listillo, nos muestre con total exactitud la hora y el lugar de la colisión. Se supone que se trata de una de esas escenas de billar cósmico perfectamente conocido. En Deep Impact, a un astrónomo le bastó una única fotografía para determinar dónde y cuándo iba a caer el peñasco, y lo hizo con una sola mano (sujetaba un trozo de pizza con la otra). Esto fue una pifia, porque con una sola posición es imposible saber cómo se mueve el objeto, y menos dónde va a ir a parar. Algo distinto fue en Armageddon, donde un montón de pequeños meteoros precedían a la gran montaña volante. Se supone que le echan algo más de reflexión, pero finalmente descubren que se dirige hacia la Tierra.

En ambos casos, daba igual dónde impactara la Tierra, porque todo se iba a ir a la porra. Al final, los de Deep Impact descubren que sus grandes bombas han convertido al meteoro en dos, y consiguen calcular sus puntos y momentos de impacto. Algo similar sucede en una película, cuyo nombre ahora no recuerdo, donde el peñasco se dirige hacia la ciudad de Denver. En Armageddon y también en Meteoro (una peli con Sean Connery, antecesora de las demás), los impactos de armas nucleares consiguen desviar la amenaza.

Sorprende, entonces, que los mejores cerebros de Rusia, Estados Unidos y la NASA hayan sido incapaces de determinar dónde y cuándo iba a caer una pequeña sonda espacial. Y no es el primer caso. Pero no se rían de ellos, tienen por delante una tarea muy difícil. La Phobos-Grunt era un esfuerzo de la ciencia rusa para averiguar más sobre Marte. Fue lanzada hacia una órbita terrestre baja, pero un fallo mecánico impidió que los cohetes de la sonda se encendiesen. Se perdió contacto con la sonda, y se temió que la energía se agotase antes de recobrar el control. Los esfuerzos conjuntos de los rusos y de sus análogos europeos y norteamericanos resultaron infructuosos. La órbita de la P-G fue decayendo lenta pero inexorablemente.

La Phobos-Grunt era una nave que daba tumbos por los límites de la atmósfera terrestre. Quedaba ahora averiguar dónde y cuándo caería. Y ese era el gran problema. La atmósfera iba frenando la nave de forma impredecible, ya que su densidad a una determinada altura dependía de muchos factores, como la actividad solar; la propia nave iba perdiendo altura lentamente, de forma que su reentrada era casi paralela a las capas de la atmósfera. Puesto que la sonda iba dando tumbos, su aerodinámica era más difícil de calcular que la de un objeto esférico, o la de uno que no girase. Cualquier liberación incontrolada de combustible o panel solar desprendido alteraría su forma de girar, y por tanto de caer a Tierra. Lo único que podían hacerse eran aproximaciones y suposiciones. Otra cosa hubiera sido si la Phobos-Grunt hubiese venido de una órbita alta y caído en una trayectoria más oblicua. No fue el caso.

Con tanta incertidumbre, no había forma de saber con exactitud el momento de la reentrada. Y, puesto que la Phobos-Grunt trazaba una órbita elíptica, podía en principio caer en cualquier lugar salvo los polos. De hecho, si la sonda hubiera caído media hora más tarde, los habitantes de Canarias habrían podido disfrutar de un espectáculo prodigioso en su cielo. Unos minutos después, y podría haber hecho impacto en las cercanías de Almería, Cartagena o Palma de Mallorca. Nos hemos librado de una buena.

Con eso cierro el artículo de hoy. Discúlpenme si hoy soy breve, pero es domingo por la noche y tengo cosillas pendientes. Peor lo tendrán los técnicos rusos, que seguro que llevan tiempo durmiendo poco. Y menos que dormirán, ahora que hay que determinar las causas del accidente. Pobres tovarich, parece que están gafados con el planeta rojo.

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