¿Es hora de cerrar la Universidad de Granada? Spoiler: sí

Por Arturo Quirantes, el 14 octubre, 2020. Categoría(s): Asuntos internos • Historias del Profe ✎ 7
Amazings Bilbao
No suelo dar clases así, pero me lo estoy planteando (vídeo original Amazings Bilbao 2012)

Ayer la Junta de Andalucía decidió cerrar las aulas de la Universidad de Granada. Por lo visto, las imágenes de estudiantes de botellón en Ángel Ganivet fueron la gota que colmó el vaso. La noticia no ha gustado en la ciudad y prácticamente toda la Universidad se ha levantado en contra. En un extraño giro de los acontecimientos, ahora mismo, mientras escribo estas líneas, ni siquiera sabemos si la UGR cerrará las aulas ni cómo lo hará, ya que la orden de la Junta aún no se ha publicado en el BOJA, lo que nos convierte en una especie de Universidad de Schrödinger que está cerrada y no lo está a la vez.

Por mi parte, creo que cerrar las aulas es una decisión acertada, y por lo que veo soy una voz minoritaria en este tema. Oigo hablar a todo el mundo de injusticia, de agravio, de culpas mal repartidas; y la verdad, me cansa tanta polémica. Opino que mi Universidad debería cerrar sus aulas. Intentaré explicaros por qué.

 

Los planes no siempre salen bien

 

La Universidad de Granada ha tomado muchas medidas para paliar los efectos del coronavirus. Tenemos gel hidroalcohólico por doquier, las aulas están rotuladas para que los alumnos se sienten bien separados, tenemos escaleras para subir y otras para bajar, hay semipresencialidad, usamos cámaras para emitir en clase por Google Meet (parece mentira, hace un año Google era el mal, y ahora resulta que nos salva la papeleta), hacemos rastreo, pruebas, de todo.

Vale, es cierto. También es cierto que somos humanos, nos equivocamos, y los planes no siempre salen bien en la práctica; y a despecho de los números a favor (apenas un 3 por mil de contagios, según la Rectora), yo veo las cosas desde la trinchera y no me encuentro tan tranquilo. Permitidme que dé algunos ejemplos obtenidos de mi clase:

  • Rastreo. Todos los días paso una lista para que los alumnos se apunten y digan dónde se sientan. En teoría servirá para rastrear casos; en la práctica no lo sé, porque nadie me ha pedido esos datos ni una sola vez y no tengo instrucciones al respecto. Ignoro si me los pedirán cuando hagan rastreos.
  • Contactos. Según la Universidad, los contactos estrechos son aquellos que suceden durante más de 15 minutos, sin mascarilla y a menos de 1,5 metros de una persona contagiada. Se supone que lo que es un caso estrecho o no lo decide el centro de salud, pero si la Universidad usa una definición tan restringida en la práctica no considerará como contacto estrecho prácticamente nada que suceda dentro de las facultades y escuelas.
  • Aislamiento. Tengo ya seis alumnos aislados por sospechas de covid, la mayoría por compañeros de piso. Casi un 10% de los matriculados. ¿Me ha pedido alguien los datos de rastreo en clase? No. ¿Siguen los alumnos el aislamiento? Pues mire usted, no lo sé, pero una compañera me ha hablado de un caso en el que un alumno estaba aislado, diagnosticado como positivo… y el colega seguía yendo a clases y a prácticas. Con un par. Luego hubo un segundo caso, y un responsable universitario nos dijo que no pasa nada porque con gel, mascarillas y distancia, el contagio es prácticamente imposible. Como si las mascarillas fuesen perfectas, el gel se aplicase siempre de forma adecuada y no hubiese aerosoles flotando en el aire durante horas.
  • Vectores de contagio. Al principio nos dijeron que los profes debíamos limpiar nuestros propios útiles, incluida la mesa. Al final no lo pusieron en el protocolo. Eso significa que varios profesores compartimos pizarra, borrador, tizas, mesa… ¡y hasta micrófono para la petaca del equipo de sonido! Acabé comprándome mi propio borrador y ejem, liberando un paquete de tizas, y tampoco uso el micrófono (no se oye bien, entre otras cosas), pero sigo manoseando el mismo teclado, el mismo ratón, los mismos mandos (del proyector y de la cámara), el mismo ordenador, los mismos botones del sistema de sonido. Poco tranquilizador, la verdad, por improbable que sea el contagio por esas fuentes.
  • Pifias diversas. No hablaré de ellas por no sonar quejica, pero que sepáis que haberlas, haylas. Queden como recordatorio de que somos humanos y de que eso de que los planes siempre salen bien solamente le vale al Equipo A.

A la vista de lo anterior, y teniendo en cuenta la ubicuidad de la ley de Murphy, cabe preguntarse hasta qué punto vale la pena permanecer en estado semipresencial? Pues mire, me alegra de que me haga esa pregunta porque…

 

¿Qué perdemos con la semipresencialidad?

 

Sorpresa, amigos: un montón de estudiantes llevan desde el día uno en formato online. Muchas carreras y cursos han adoptado ese modo de dar clase desde el principio. La semipresencialidad se está aplicando sobre todo en primer curso, donde la Universidad nos ha encarecido a los profes a aplicar el máximo de presencialidad. La idea es que los alumnos recién llegados la necesitan más que nunca (también hay otros efectos, digamos sociales, de los que prefiero no hablar ahora).

Puesto que las aulas no tienen aforo suficiente, hay que reducir los grupos, pero claro, ni hay personal ni aulas para todos, así que hacemos rotaciones. De ese modo, mis alumnos pueden ir a clase una semana de cada tres (un día cada tres en otras carreras). Eso me da una presencialidad del 33% más o menos. Los otros dos tercios del tiempo el alumno está al otro lado de la cámara, sea en la residencia, el piso alquilado, su casa o un crucero por Cabo Norte, tanto da. O pasa de mí, que también tiene derecho a hacerlo.

Pasar a online total significa que los alumnos pierden esa semana de cada tres, o el porcentaje que sea. ¿Es algo tan malo? Como mínimo no es deseable. No voy a negar las ventajas de la socialización. Estoy encantado de tener alumnos en clase (aunque sea tras una mascarilla), no hay color comparado con estar mirando una pantalla de ordenador mientras describes un powerpoint.

Pero aunque nos mole la presencialidad, eso no significa que sea prioritario o deseable en las actuales circunstancias. Estamos en medio de una pandemia y tenemos, siquiera por algún tiempo, que hacer las cosas de modo distinto y adaptarnos a la nueva situación. Si eso pasa por dar clases en un aula vacía, maldita la gracia que hace, pero se hace y punto.

Lo sé, no va a ser fácil. Para empezar, no todas las aulas están preparadas para clases online (y lo que es más penoso, no todos los profesores). Las prácticas son difíciles de virtualizar, lo sé, llevo un mes trabajando a tumba abierta en el tema. Hay mil y un problemas que debemos resolver. Deberíamos haberlos resuelto ya, lo sé, pero esto es España y hay lo que hay. En cualquier caso, la falta de medios o de preparación no debe ser obstáculo para hacer lo que hay que hacer.

Os digo algo que no me canso de repetir: ojalá hubiésemos comenzado online total en todas partes. En el grado en Química lo intentamos, y al final nos tumbaron la propuesta (en teoría teníamos competencias para decidir, en la práctica…). Este último mes sin clase nos hubiera venido como agua de Mayo para reducir la incidencia de casos y tumbar la curva. Pues nada, estamos a tropecientos casos por cada 100.000 habitantes y sin visos de mejorar. Hemos perdido un tiempo precioso.

 

¿Qué pasa con el botellón?

 

He perdido la cuenta de cuántas veces he oído esa justificación: en lugar de cerrar la Universidad habría que cerrar los bares y zonas de ocio. Se argumenta en plan “esto no, mejor lo otro”, como si hubiese de escoger. Es el caso típico de la falacia del falso dilema.

A esto yo siempre respondo lo evidente: una cosa no quita la otra. Si alguien me dice que por qué no cerramos la Mae West en lugar de la Universidad, yo respondo que en efecto, habría que cerrarla. Y los bares. Y los botellones. ¿Por qué? Bueno, podemos hablar de intereses económicos, del clásico “no hay huevos de meterse con ellos”; o podemos recordar que los chavales en edad universitaria son gregarios por naturaleza y que las fuerzas de seguridad no dan abasto: ya hay diez policías locales contagiados de covid y otros 14 confinados en Granada. ¿Creéis que se pueden controlar a 60.000 universitarios por las buenas? Ojalá fuese así de sencillo.

Lo cierto es que, guste o no, una Universidad es un intercambiador de virus a gran escala. Millares de alumnos, profesores y PAS pasan por allí, y es algo que tenemos que asumir sin rasgarnos las vestiduras. Sólo en el telediario de hace un rato he oído que en Cataluña acaban de pasar a docencia online total, y que en París están pensando hacer lo mismo. Cerrar aulas en estos momentos no es un castigo. Es una necesidad social.

 

“Mejor aquí que en la calle”

 

Esa es una frase que oí en la película Perseguido hace un par de días, y que he oído a menudo. Más de uno y más de dos expertos de esos que lo saben todo dicen que si los alumnos no van a clase se volverán al pueblo o saldrán de botellón, con lo que la cosa empeorará.

A eso tengo que deciros un par de cosas.

Una: la Universidad de Granada no es una guardería gigante. Nuestro propósito es formar y educar, no tener entretenidos a los chavales porque fuera está lloviendo.

Dos: ese tipo de afirmaciones puede que sean ciertas… en promedio. Pero si pasas hambre mientras el vecino se come dos pollos asados, saber que en promedio os habéis comido un pollo cada uno no sirve para saciarte. Los alumnos que sigan los procedimientos de seguridad se mezclarán con los que no, luego se llevarán el virus a otra parte y contribuirán a que el contagio se extienda. En promedio no van a estar mejor sino peor.

Tres: muchos de esos alumnos ya están en casa o en el piso (semipresencialidad del 33%, recordad). Para muchos la opción no será “clase o botellón” sino “clase o quedarse en casita”. ¿Que pueden pasarle el covid a los papis o al abuelo, me dice usted? Sí, y también pueden hacerlo cualquier fin de semana que vuelvan de visita a casa. Al menos allí no estarán en contacto con cientos de potenciales portadores.

Es entonces cuando aparece el problema de la pasta: los alumnos que no necesitan ir a clase (si acaso alguna práctica presencial de vez en cuando) tampoco van a ser tan proclives a mudarse a la ciudad, alquilar pisos, gastar dinero y en general hacer lo que se llama “impacto económico”. La propia rectora Pilar Aranda evaluó ese impacto en, bueno, una pasta gansa. Como granadino el problema me preocupa, por supuesto; como profesor, sin embargo, no puedo aceptar ese argumento para tomar decisiones que involucran la salud de mis alumnos, la de mi familia y la mía propia. Y me pregunto hasta qué punto han pesado las consideraciones económicas en la insistencia de máxima presencialidad para los alumnos de primer curso.

 

“No es culpa nuestra”

 

Este es el punto filipino que más odio. Todo gira en torno a la culpa. Parece que en este país no hay otra tarea más importante que buscar un culpable. Prefiero el ejemplo de otros países, como algunos anglosajones en los que no les preocupa tanto quién se equivocó (who was wrong) sino qué salió mal (what was wrong). Así nos luce, y no hay más que ver cinco minutos de telediario, cualquier día, a cualquier hora, para confirmarlo.

A ver si se nos mete en la cabeza de una vez: no se trata de culpa, se trata de responsabilidad. Y ni siquiera me refiero a responsabilidad en plan “ese es el responsable, vamos a ponerlo verde” Yo no acuso a la Universidad de ser culpable del estado covid en Granada, ni responsabilizo a nadie por la situación (podría, pero sería ponerme yo también en plan who is wrong y no estoy ahora para eso).

Se trata de ser responsables. Ya sabéis lo que decía el tío de Spiderman: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. La Universidad, como institución de la ciudad, tiene una responsabilidad para con su ciudad. ¿Qué la Universidad tiene parte de culpa, o mucha culpa, o poquita culpa? Ni lo sé ni me importa ¿Tiene el poder de ayudar a frenar la pandemia? Pues también tiene la responsabilidad de hacer algo al respecto. Fijaos en la Universidad de Salamanca, que ha llegado al extremo de expulsar a decenas de alumnos por tomarse las medidas covid a broma.

 

Me molesta la gente que va por la vida en plan “ya lo dije” y lo evito siempre que puedo, pero permitidme que hoy haga una excepción. Cuando comenzamos el curso dije por Twitter que, en mi opinión, no íbamos a durar abiertos un mes. No hemos durado ni cuatro semanas y ya estamos en estado de Schrödinger. Incluso si la Junta de Andalucía decide no cerrar la Universidad, debemos hacer algo para frenar al bicho. Y me refiero a algo más que llevar mascarillas y lavarnos las manos con gel. Porque si no, esto irá a peor. Si no queremos tomarnos el turrón confinados (y no me refiero a un mero confinamiento perimetral), vamos a tomarnos las cosas en serio; de otro modo, nunca saldremos del pozo.



7 Comentarios

  1. Tiene razón en algunos argumentos, pero a mí me parecen insuficientes para cerrar la universidad. Es cierto que el riesgo no es nulo, ya se cuenta con ello. También es cierto que se espera que haya más casos ya que es un virus estacional. Pero los datos son reales y ya se tiene en cuenta que hay casos que se escapan. La experiencia universitaria es más que ir a clase, es ir a la biblioteca, comedores, estudiar con compañeros y solucionar problemas juntos, etc.
    En la UGR hay buenos profesionales médicos también, no solo los físicos sabemos de que va el mundo y hay que reconocer que no tenemos ni idea de otros temas, o al menos no al nivel de los expertos en epidemias. Por lo que las medidas tomadas por la UGR confío en que son las mejores dentro de las posibilidades reales.
    Me parece de muy poco rigor científico citar el caso del amiiiigo de una aluuumna… sin contrastar la información. Este tipo de datos son los que hacen mucho mal en redes.
    Que se pueden hacer las cosas mejor? seguramente, pero ahora mismo aún hay muchas incógnitas y también hay que pensar en las consecuencias, no solo de salud física y económicas, que parece que estas dos son las únicas que existen. También hay que valorar las consecuencias psicológicas, culturales, etc.
    Comparto su preocupación algunos aspectos pero al menos para mí, no son motivo suficiente para tomar estas medidas, y más cuando se trata más de un miedo que de una situación grave real.
    Es solo una opinión, no creo saber que es mejor, pero si pienso que actuar desde el miedo está bien en algunos casos y en otros puede ser peor el remedio que la enfermedad.
    Un saludo.

  2. El invierno docente en Granada, ¿lo tendríais que pasar con las aulas abiertas (para que haya ventilación) y sin calefacción?.

  3. Creo que está pasando por alto varios de los puntos más relevantes para justificar la presencialidad. En primer lugar, no todos los estudiantes tienen el ambiente y contexto necesario para seguir las clases desde casa. Esto es un hecho, solo hay que recordar cómo se ponían todas las bibliotecas y salas de estudio de las universidades cuando se iba acercando el periodo de exámenes. ¿Por qué íbamos a la biblioteca? ¿Por gusto? Era una necesidad antes y lo sigue siendo ahora. Hay gente sin espacio, capacidades digitales y tranquilidad familiar y mental suficiente como para seguir las clases encerrado en su cuarto. Mucha gente. Me resulta curioso que diga abiertamente «también hay otros efectos, digamos sociales, de los que prefiero no hablar ahora». Bueno, es que estos son los principales y donde más se evidencia la brecha entre el profesorado y el alumnado, parece que vivimos en esferas distintas. Los alumnos tenemos dificultades, muchos trabajamos, no tenemos espacios ni condiciones para seguir las clases en casa. Para muchos ir a la universidad es sentirse en una posición, por lo menos, equitativa. Todos en el mismo aula, estudiando en la biblioteca, con acceso a libros e internet de alta velocidad. Bastantes problemas hay fuera de nuestra formación docente como para encima también tener que trasladar esta a un registro de total incomodidad como puede ser nuestra propia casa. Es duro decirlo pero así es, muchos hogares no son adecuados para concentrarnos. Por otro lado, yo que estudié física hace bien poquito no me puedo imaginar cómo habría sido sacar la carrera sin la convivencia con mis compañeros. Quizás como docente es difícil de asumir que gran parte de la formación, el apoyo y la resolución de problemas la llevamos a cabo entre nosotros, en los espacios que nos brinda la universidad, no en las tutorías con los profesores. Ojalá no tuviera que ser así, pero lo es. Muchas carreras se sacan adelante por el trabajo en grupo, el apoyo mutuo y la ayuda constante de los compañeros. La semipresencialidad no es importante por poder estar en las aulas que, efectivamente, es muy parecido a dar clases online. Lo es porque podemos ayudarnos entre nosotros fuera de clase, podemos ir a la biblioteca y salas de estudio, podemos despejar nuestra mente tomando un café en la cafetería y hablar sobre otros temas, incluso relacionados con nuestra titulación. La formación universitaria no se recibe solo en las clases, que tampoco son muy diferentes a tener buenos apuntes. ¿Sustituimos las clases de profesores por un buen libro? En muchas ocasiones un buen libro resuelve más que un profesor, siento decirlo. La formación universitaria implica muchas actividades y experiencias que desaparecen con la docencia online. Poder disponer de los espacios y las interacciones entre nosotros debería ser prioritario para cualquier sistema universitario.

    1. Es cierto que seguir a rajatabla trae interrogantes. Una de las pautas del protocolo indica amplia ventilación. Pertenezco al grupo de estudiantes Sénior, al tener puertas y ventanas abiertas, las corrientes son muy frías, y aún no entramos al invierno.
      Si no muero por Covid19, seguro será por pulmonía fulminante.
      Entonces… ¿dónde está la protección???

  4. En primer lugar debería asegurarse de forma incontestable y unánime (como norma o ley) por parte de un directorio de autoridades, expertos reconocidos e instituciones con competencia en sanidad o con deber de cumplir y hacer cumplir la ley qué tipo de eventos de descontrol son sancionables por poner en riesgo la salud pública ( por favorecer el contagio de en este caso covid 19). No sea que estas conductas tan criticadas realmente no supusiesen riesgos a la sociedad. Una vez claro e incuestionable que si los suponen:
    En segundo lugar debería determinarse qué ciudadanos, por su situación de capacitación legal (mayoría de edad, capacidades no mermadas de discernimiento…) inexcusablemente deben cumplir esa norma o ley. Con especial énfasis en quienes tiene especial grado de formación o cultura (estudiantes y titulados de nivel universitario incuestionable)
    En tercer lugar acompañar a las sanciones económicas de los identificados en tales eventos de descontrol ( eludibles por dilaciones legales como declararse económicamente insolvente u otras) con sanciones como expedientes de expulsión de centros educativos, suspensión/invalidación de estudios o carreras académicas, e incapacitación para el ejercicio profesional amparado en una titulación… solo revisables tras acreditar unos cuantos añitos de servicios públicos en ámbitos como atención voluntaria a dependientes, ancianos, enfermos u otros declarados de interés social especialmente esforzados e ingratos.
    Efectivamente todos hemos sido jóvenes, y además ahora algunos queremos llegar a viejos. Como parece ser que solo se entiende y aprende del estacazo (no, malo, pupa, caca) y del azucarillo (si, bueno) pues con gran tristeza por lo poco elevado espiritualmente de la situación: ley, multas, sanciones hasta que seamos conscientes de que hay cosas que son ya y porque sí y luego, vivos y seguros, ya las iremos puliendo.

  5. Respecto a la no presencialidad… Una reflexión ¿Inspira confianza para contratar un abogado o para ponerse en manos de un cirujano que el mismo presumiese de haber obtenido su titulación a base de tutoriales (los hay muy buenos) o de conocimentos wikipédicos ( los hay excelentes) ? ¿Pondría usted (aquí en Europa occidental de 2020) su patrimonio o su salud en manos de una app? Si la respuesta es sí no hay controversia y viva el online. Si piensa uno en su esforzado y menguante ahorro y sus dolores…casi mejor un abogado bragado en procesal y un médico que haya cortado y cosido con sus manos. Son solo ejemplos, pero ¿Ingenieros o arquitectos que solo manejen tablas de datos y programas de simulación sin pisar la obra o fábrica, sin ver un prototipo o un ensayo? ¿Maestros y profesores que no hubiesen tratado alumnos?

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Por Arturo Quirantes, publicado el 14 octubre, 2020
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