Siguendo la estela carlsaganiana, y como se me ha pegado eso de la vocación divulgadora, os adjunto dos de mis vídeos cortos favoritos. Ambos están en inglés, subtitulados por este humilde servidor.

Punto Azul Pálido (Pale Blue Dot)

Basado en una famosa fotografía del Voyager 1, donde aparece nuestro sorprendente planeta como una mera mota azulada. Creado por Adam Winnik, lo tenemos también en Amazings

We Are All Connected (Todos Estamos Conectados) Sorprendente video musical con cuatro grandes del panorama divulgativo científico: Bill Nye, Neil deGrasse Tyson, Richard Feinman y Carl Sagan. Hecho por The Symphony of Science

Día de la marmota

Disculpadme por haberos hecho esperar, pero es que he tenido un problemilla con la patrulla temporal. Eso de viajar a más de una hora por hora está prohibido desde que el Código Penal fue cambiado en el año 2045, así que me han quitado la máquina del tiempo, los puntos del carné, y encima debo hacer servicios comunitarios. Me han dicho que escribir en FdP me lo convalidan, así que sigamos con el tema.

Una de las soluciones a las paradojas del tiempo consiste, simplemente, en controlar los viajes temporales, bien regulándolos, bien limitándololos a ciertas personas o entidades supuestamente responsables y de confianza. En la novela El Fin de la Eternidad, del impagable Isaac Asimov, una organización controla los viajes en el tiempo. Solamente ellos están autorizados para entrar y salir de las diversas épocas, y con fines muy concretos: evitar guerras, prevenir sociedades esclavistas, e incluso servir de centro de comercio entre los diversos siglos. Ya en la pantalla pequeña, Doctor Who trata de los viajes que hace el Doctor en la Tardis, su máquina del tiempo particular. Otra serie, llamada El Túnel del Tiempo, mostraba en 1967 cómo un conjunto de científicos viajaba en secreto a diversas épocas; en su primer viaje, acaban a bordo del Titanic. Más recientemente, la serie británica Primeval (traducida como Mundo Primitivo y como Invasión Jurásica) muestra los esfuerzos de un puñado de científicos por controlar grietas espaciales a las que llaman “anomalías”, y que aparecen de forma incontrolada para conectar el presente con el pasado remoto. No sólo tienen que impedir el conocimiento de las anomalías por parte del público, sino que han de controlar a cualquier criatura que cruce la anomalía … pero sin matarla, porque ello podría alterar el presente.

Volvamos a la pantalla grande. Si Arnold Schwarzenegger se pasea entre futuro y presente en Terminator, Jean-Claude van Damme hace de patrullero en Timecop, Policía en el Tiempo (1994). Van Damme pertenece a la Comisión de Control del Tiempo, encargada de monopolizar e impedir los viajes en el tiempo. La CCT fue creada tras detectarse un envío de oro extraño, traído desde la Guerra Civil Americana al presente. Como prueba, un agente de inteligencia se refiere a la prueba del carbono-14. Imaginamos, por supuesto, que se referirá a los cajones de madera que guardaban el oro. Sin embargo, lo único que el carbono-14 mostraría es que los cajones eran nuevos, ya que al viajar en la máquina del tiempo no envejecerían [En la IMDB, aparece como “error deliberado,” pero yo lo que pienso es que los errores no son deliberados, metieron la pata y punto]. A pesar de ello, un comité del Congreso funda la CCT, y uno de los congresistas se convierte en su jefe.

Por desgracia, se trata de un político arribista y sin escrúpulos (¡oh, sorpresa!), y se dedica a enviar a sus esbirros al pasado para enriquecerse. Un embarque de oro aquí, unas acciones durante el crac del 29 por allá. En un momento dado, sin embargo, el político decide visitarse a sí mismo para enmendar un error. Corregido dicho error, el político se convierte en un hombre rico y poderoso, con la Casa Blanca como su próximo destino. Van Damme, que lo sabe, intenta detenerle, pero es el único que sabe lo que está pasando. Para liarlo más, la esposa de van Damme murió años antes, y ahora resulta que ella también está metida en el jaleo. El resultado: mamporros a tituplén, paradojas temporales por doquier, y múltiples violaciones de la causalidad.

Aquí tenemos un problema de los cambios temporales, tal y como nos los venden los cineastas. Se supone que el protagonista viaja al pasado, y produce una cadena de acontecimientos que conducen a un futuro paralelo. Puede que todo haya cambiado … pero ellos siguen tal cual, con los recuerdos de antes. Van Damme se desespera porque cada vez que el político vuelve al presente se vuelve más poderoso, y no puede hacer nada por evitarlo. Pero ningún cambio parece afectarle a él personalmente. En Regreso al Futuro II, Marty McFly descubre que su padre ha muerto, su madre se ha casado con el malo y la ciudad ha cambiado, pero él mismo sigue ahí, con sus recuerdos del futuro antes de que cambiara. Y en Terminator, el humano enviado al pasado para salvar a Sarah Connor tiene sus recuerdos intactos, a pesar de que si tiene éxito y la salva el futuro cambiará y él mismo bien pudiera no existir en dicho futuro.

Parece como si hubiese una regla no escrita, según la cual el personaje principal está de algún modo blindado contra cualquier cambio en la historia, y conserva sus recuerdos anteriores pase lo que pase con el resto del universo. Algo de eso pasaba en la novela de Asimov que he comentado antes. Me pregunto hasta dónde habrá llegado la influencia del Buen Doctor en este asunto.

Dejemos a Jean-Claude pegando patadas multitemporales, y vámomos de safari. ¿Qué tal irnos al pasado a matar dinosaurios? Ese es el argumento de El Sonido del Trueno (2005), una película basada en un cuento corto de Ray Bradbury. En el año 2055, los animales han desaparecido. Una empresa, creadora de una máquina del tiempo, presta servicios de safaris temporales. Por una nada módica cuota, el cazador puede viajar al pasado y probar puntería con un tiranosaurio. Para evitar cambios en la historia, se escoge cuidadosamente al T-rex, al que de todos modos le quedaba un bollicao, ya que iba a caer en un pantano, y después sería sepultado por una erupción volcánica; un férreo control gubernamental impide cualquier uso no autorizado. Por desgracia, a pesar de todas las precauciones, algo salió mal en la última cacería. Uno de los expedicionarios pisó una mariposa, los dispositivos de seguridad no funcionaron, y eso provocó una serie de cambios catastróficos que obligan a protagonistas a esforzarse por volver a dejar las cosas como estaban.

Personalmente, sigo sin entender cómo pueden matar al mismo bicho una y otra vez, y por qué todos los grupos de cazadores del tiempo no acaban apelotonados todos en el mismo sitio,. Cuando lo comprobé en la Internet Movie Database, leo que, si bien los cineastas reconocieron ese problema, “eso haría inviable el concepto de vacaciones en el tiempo, por lo tanto la decisión de los cineastas de descartar este elemento lógico es crucial a la coherencia del film” O dicho en román paladino: no dejemos que la lógica nos estropee una buena película. Po fale, tramposos.

Esfera (1998) nos ofrece una interesante variante. Basada en una novela de Michael Crichton, y con un reparto impresionante, narra el descubrimiento de una nave espacial alienígena en el fondo del mar. Pero resulta que la nave no es de otro planeta, sino que fue lanzada por los terrestres en el futuro. Aparentemente, atravesó un agujero negro y volvió al siglo XVIII, donde esperó tres siglos a ser descubierta. No parece haber paradojas, pero están esperando al espectador.

Uno de los protagonistas, del equipo de exploración, al ver el cuaderno de bitácora, se extrañó de que la grabación en la que se muestra la caída de la nave al agujero negro estuviese rotulada como “acontecimiento desconocido.” Su razonamiento lógico es: si en el futuro no saben lo que es ese acontecimiento, es porque el equipo de exploración no les ha contado nada. ¿Y por qué no contarán nada? La conclusión del sabiondo es: porque vamos a morir todos aquí abajo. No les diré si su razonamiento lógico se cumple, de modo que tendrán que ver la película, cosa que por otro lado yo les recomiendo.

Una de las mejores películas sobre las paradojas temporales que he visto es Paycheck (2003). En esta película, ya no tenemos entidades gubernamentales que custodian de forma responsable los viajes en el tiempo. Aparecen aquí algunas ideas más prácticas, como ¿por qué no usarla para predecir el futuro? Podríamos comprar acciones que sabemos que van a subir, apoyar a candidatos presidenciales que van a ganar, luchar contra enemigos antes de que nos ataquen. Las posibilidades son enormes, y al mismo tiempo aterradoras.

El argumento es el siguiente. Un técnico ayuda a construir un visor temporal, que permite ver el futuro en una pantalla. Al término de su trabajo, se le borra la memoria por motivos de seguridad. Pero, al ir a cobrar, descubre que él mismo ha renunciado a su salario, y se deja a sí mismo un conjunto de pistas que ha de resolver para averiguar qué ha pasado. Tras descifrar las pistas, descubre que ver el futuro es tan peligroso como cambiarlo. Al saber qué va a pasar, o siquiera al hacer creer a los demas que sabes lo que va a pasar, pueden ponerse en marcha profecías autocumplidas. Es decir, algo sucede porque tú dices que va a suceder. Si yo me voy al metro en hora punta y grito “!vamos a morir!”, la gente puede creerme, dejarse llevar por el pánico, y provocar una estampida en la que morirá gente.

Eso descubren los protagonistas de Paycheck. Antes de que le borrasen la memoria, el técnico se dejó a sí mismo recortes de periódicos futuros que él mismo vio, y descubre que la mera existencia del visor temporal es lo peor que puede suceder. El mercado de valores se desploma, y la empresa creadora del visor se convierte en la más poderosa del mundo. Lógico, ya que es la única que sabe lo que valdrán las acciones de las empresas. Basta con que digan que IBM va a hundirse mañana para que los demás, asustados, pongan sus acciones en venta, provocando la caída del gigante azul. Profecías autocumplidas. El protagonista lo entiende por fin:

Dios mío, este es el futuro. La máquina prevé una guerra, y la emprendemos para evitarla. Prevé una epidemia, reunimos a todos los enfermos, y creamos una epidemia. Cualquier futuro que prevea, lo hacemos posible. Le entregamos el control de nuestra vida por completo. Es lo que yo he hecho. Ver el futuro nos destruirá.

La única solución será destruir el visor del tiempo. Lo que, a su vez, provoca sus paradojas. Se supone que el técnico usó el visor para dejarse pistas a sí mismo, permitiendo que su yo futuro destruya el visor. Pero si lo consigue, el visor nunca existirá, y entonces ¿de dónden han salido todas las pistas, y el boleto premiado? Es un extraño reset temporal a una realidad alternativa, salvo por un detalle: se había dejado a sí mismo un boleto de lotería premiado. No es tonto, el muchacho.

Para tontos, hay alguien que no tiene ni un pelo: el señor Spock. En Star Trek IV (1986), una extraña nave paraliza los sistemas electrónicos de la Tierra, cambia su clima y pone a la Federación contra las cuerdas. El señor Spock deduce que eso se debe al mensaje que la nave está enviando a las ballenas. El problema es que ya no existen las ballenas. La solución lógica: ir al pasado a por ellas. La gravedad del problema les hace despreocuparse de los problemas derivados de las paradojas temporales. Extraño, puesto que, en un episodio de la serie original, tuvieron mucho cuidado de no dejar huellas cuando viajaron por error al pasado.

Claro que, ahora que recuerdo, montaron un buen estropicio: se cargaron un caza y secuestraron a su piloto, bajaron a una base militar a robar fotos, se enfrentaron a varios soldados y sólo les faltó dejar sus tricorders de recuerdo. Visto lo visto, no me extraña que en Star Trek IV se dediquen a viajar al pasado como turistas maleducados que pintan graffitis en el Partenón. Entre otras cosas, se dedican a dejarse ver con trajes extraños por San Francisco, muestran una nave klingon a un ballenero ruso, vuelven del pasado con una pasajera, salvan a un moribundo y dejan antecedentes policiales del señor Chejov, quien en plena guerra fría se planta con su acento ruso en un portaaviones nuclear americano (!que se llama Enterprise!). El ingeniero Scott ni siquiera tiene empacho en dejar en el pasado la fórmula del aluminio transparente, esencial para construir el habitáculo para las ballenas:

(McCoy) Supongo que se da cuenta de que, si le damos la fórmula, variaremos el futuro

(Scotty) ¿Por qué? ¿Cómo sabemos que aún no está inventado?

Leches, pues para eso podrían haberme enviado una copia por e-mail, y lo mismo dentro de cuarenta años me convierto en un industrial y diseño una nave interestelar. Qué falta de compañerismo. Sin ánimo de ser exhaustivo, ni tampoco de cansar al lector, voy a pasar rápidamente por otras películas con temática espaciotemporal: – Los Pasajeros del Tiempo (1979). Jack el Destripador toma prestada (vale, manga) la máquina del tiempo construida por un tal H.G. Wells y salta a los años 70, donde la violencia que se vive le hace sentirse como en casa. El esforzado Wells se lanza en su captura.

Doce Monos (1995). Los escasos supervivientes de una Tierra futura envían a Bruce Willis al pasado, con la misión de impedir la propagación del virus que acabó con la Humanidad. Bucles temporales, círculos cerrados y sorpresas que no les voy a desvelar aquí.

El Experimento Filadelfia (1984). Un experimento militar americano de 1943 envía un buque de la Armada a un limbo temporal. Uno de los tripulantes salta y se encuentra en los años 80, donde se ha efectuado otro experimento temporal. – Atrapado en el tiempo (1993). Bill Murray, presentador de televisión, acaba en un pueblo donde se celebra el Día de la Marmota. Cuando se despierta, descubre que el día se repite una y otra vez, en un bucle interminable. Al final, decide hacer algo inteligente: ligarse a la hermosa Andie MacDowell. – Un Astronauta en la Corte del Rey Arturo (1979). Plagio Copia Homenaje Versión Bueno, vale, está basada en una historia de Mark Twain, y además es de Disney. El título ya lo dice todo. Si eres pequeño, disfrutarás, y puede que ni así, pero no me pidas que le busque lógica al argumento. – Freejack, sin identidad (1992). En el futuro, los ricos y poderosos pueden reencarnarse, a condición de contar con un cuerpo nuevo. Para evitar la contaminación que les rodea, traen esos cuerpos del pasado, abduciendo personas que están a punto de morir en un accidente. Y además, sale Mick Jagger pegando tiros con un ejército de mercenarios.

Millennium (1989). Similar a la anterior, salvo que los hombres del futuro salvan a pasajeros de aviones a punto de estrellarse. Por lo visto, el mundo futuro está hecho un asquito, aunque Cheryl Ladd debe ser la excepción que confirma invalida la regla.

Los cronocrímenes (2007). Una españolada donde lo más interesante es la chica de la bicicleta. Aburrida, predecible, sin final. La historia de un suburbanita semicalvo cuando tiene un vecino con una máquina del tiempo. Si, animados por este post, la ven, no me echen las culpas. – Frequency. (2000). Un hombre consigue, por medio de la radio, hablar con su padre muerto. Habrá que esperar a que haya una aurora. Aun así, cuidado con los bucles temporales.

Star Trek XI (2009). La incluyo aquí solamente por su originalidad. En lugar de usar el tiempo para marcar una historia, lo hace para “resetear” el universo de Star Trek, convirtiendo así una secuela en post-precuela; o al revés. – Encuentros en la Tercera Fase (1977). !Casi se me olvida! Aquí, el viaje en el tiempo se limita a la dilatación relativista. Durante el encuentro con los alienigenas, aparecen pilotos y marinos desaparecidos décadas atrás, sin mostrar el menor signo de envejecimiento. Uno de los científicos exclama “Einstein tenía razón,” a lo que otro le responde “Seguro que era uno de ellos.” Y seguro que se me quedan un montón en el tintero. Pero para eso están los comentarios, pasad y poneos cómodos. Tenéis todo el tiempo del mundo.

Esta visto que no podemos ser serios esta semana. Después del estreno de Carl Sagan como capitán de Flota Estelar, nos encontramos con esta genial sátira de la pulga snob. Con todos ustedes: alerta de radiación lumínica.

Radiación lumínica

Espero que el astuto lector haya caído en la cuenta, pero por si acaso: a esas radiaciones electromagnéticas las conocemos con el nombre de LUZ.

Y ahora en serio, apague las luces innecesarias y disfrute del cielo estrellado. Del monóxido de dihidrógeno, ya hablaremos otro día.

Como habréis visto en otras ocasiones, de vez en cuando el profe toma el mando y hace callar al físico de película. Como ambos son dos caras de la misma moneda, no llega la sangre al río y todos contentos.

Hoy quiero compartir con vosotros una alegoría al poder de la ciencia y su método. Su autor, ninjerktsu, nos muestra a nuestro héroe personal, Carl Sagan, en una implacable lucha a estilo Star Trek contra la tontería pseudocientífica que nos venden (y no baratas) por todos lados.

Carl Sagan y su Nave de la Imaginación Completamente Armada (a estilo Star Trek), por Jesús Espi.

Escudos arribaEscudos arriba 2

DeLorean no necesitamos carreteras

Si hay un tema recurrente, y también apetitoso, en el cine de ciencia-ficción, es el de los viajes en el tiempo. A todos nos encantaría darnos un viajecito en la máquina del tiempo de H.G. Wells, bien hacia el pasado para ver acontecimientos históricos, o hacia el ignoto futuro.

Siempre ha sido raro el manejo de la variable tiempo. En los tiempos de la mecánica clásica, estábamos acostumbrados a recorrer cualquiera de las tres dimensiones del espacio en ambos sentidos: arriba o abajo, izquierda o derecha, adelante o atrás. Pero solamente podíamos viajar en el tiempo en un sentido: hacia el futuro. El tiempo transcurre siempre a un segundo por segundo, y nunca podemos volver atrás. Eso no le impidió a Wells inventarse una máquina que permitiese cambiar el paso del tiempo. En El Tiempo en sus Manos (1960), el tiempo se trataba como una variable más. Eso le permitía pasar de una época a otra, de forma similar a como una mosca vuela de un punto a otro de un plano bidimensional. El pobre inventor se las veía y se las deseaba para explicar el concepto del viaje en el tiempo a sus compañeros, quienes lo dejan poco menos que por loco.

En la actualidad, la teoría de la Relatividad consagra el tiempo como una dimensión adicional, a añadir a las tres dimensiones del espacio, e inseparable a éstas. Ya no tiene sentido pensar en el tiempo como algo separado del espacio. Sin embargo, seguimos sin poder viajar en el tiempo como viajamos en el espacio, y las posibilidades de convertirnos en viajeros temporales son muy limitadas. En cierto modo, podemos alterar el transcurso del tiempo. Cuando viajo en un avión, mi reloj avanza un poco más despacio que el de un observador en tierra. La diferencia es muy pequeña, pero somos unos hachas en medir cantidades de tiempo minúsculas. De hecho, las señales de los satélites GPS han de ser corregidas por efectos relativistas. Pero de volver al pasado … de momento nada. Curiosamente, resulta que sí podemos, al menos en teoría. Sin embargo, las ecuaciones relativistas son tan complejas que incluso los científicos dudan sobre en qué condiciones es posible un viaje en el tiempo.

En cualquier caso, supongamos que por algún motivo sean posibles los viajes en el tiempo. La pregunta inmediata es ¿resulta posible cambiar el pasado, o el futuro? Alterar el futuro es fácil, ya que lo estamos haciendo en el presente. Si yo escribo este artículo, puede que influya a algunas personas; si no, puede que el rumbo de mis lectores cambie de forma desconocida. El genial Frank Capra ya nos mostraba las posibilidades del futuro alternativo en Qué Bello es Vivir (1946). El protagonista, acorralado en una situación límite, acaba lamentándose “!ojalá no hubiera nacido nunca!”, y un ángel atiende su petición. Al instante, su mundo cambia. Su hermano, al que salvó de pequeño, es ahora un nombre en una lápida; los centenares de hombres a los que éste salvó durante la guerra están también muertos. El cacique local se ha apoderado del pueblo, convirtiéndolo en una gigantesca sala de juego, y el amor de su vida vegeta como una triste bibliotecaria.

Así pues, es posible cambiar el futuro desde el presente, al menos si tenemos un ángel a mano. Pero viajar al pasado para cambiarlo … ah, amigo, esa es otra historia. Podríamos cambiar el curso de la Historia. Podría irme diez años atrás e invertir en Apple, o ponerme corto en acciones de Tepco justo antes de Fukushima. Podría matar a Hitler y evitar el Holocausto. Podría matar a mi abuelo (la clásica paradoja), en cuyo caso ¿cómo he podido nacer?, y si no he podido nacer, ¿cómo pude viajar al pasado para matar al abuelo?

Existen diversas soluciones a esta “paradoja del abuelo,” es decir, al hecho de que podamos -o no- cambiar el curso de los acontecimientos. Pero, puesto que hablamos de películas, veamos las dos ideas más habituales al respecto:

1) El pasado inmutable.

En este esquema, las cosas no pueden cambiarse, y las que se cambian, es porque tenían que cambiarse. Todo lo que haga un viajero del tiempo en el pasado ya está escrito en la historia. El ejemplo típico es la película El Final de la Cuenta Atrás (1980). Un portaaviones nuclear norteamericano entra en una tormenta desconocida. Cuando sale, se encuentran frente a Hawai … en la antesala del ataque japonés contra Pearl Harbor. Durante su estancia en el pasado, los viajeros del tiempo alteran el curso de las cosas, pero dejando la Historia inalterable. Por ejemplo, salvan a un senador de ser acribillado por los japoneses. Podría haber sido presidente en 1945, y con ello la historia moderna quedaría alterada; pero al final muere sin dejar rastro, justo lo que el libro de historia decía que había pasado. El propio capitán del portaaviones, al decidirse por defender a Estados Unidos de cualquier tipo de enemigo, habría evitado que su país entrase en guerra; pero al final fracasó. !Ah!, y uno de los pilotos del portaaviones acaba abandonado en una isla. Cuando el barco vuelve al presente, vemos de nuevo a dicho piloto, convertido ahora … en el armador que construyó el portaaviones.

Este tipo de películas son de tipo fatalista. Sabemos lo que pasará, y también sabemos que los esfuerzos de los viajeros temporales por cambiar el destino serán infructuosos. Eso es algo que da pie a algunas películas interesantes, pero en general es algo que no suele gustar a Hollywood, ya que los usamericanos son amantes del libre albedrío. Por eso, suelen preferir la segunda interpretación de los viajes en el tiempo.

2) El futuro no existe.

Ahora, sí que podemos cambiar el futuro o el pasado, a nuestro antojo. Lo que sucede es que, de algún modo, creamos una especie de “universo paralelo” donde los cambios efectuados permanecen. Hay películas de este tipo para parar un tren, así que perdónenme si me dejo alguna en el tintero.

El ejemplo más característico es la trilogía de Regreso al Futuro. Un profesor chiflado roba plutonio a los libios para montar una máquina del tiempo en un DeLorean. Por error, su amigo Marty se monta en el vehículo, y acaba en 1955, donde su madre acaba enamorándose de él. Esto hace peligrar su propia existencia, así que se sucede una situación disparatada tras otra para restaurar el equilibrio. Al final, Marty consigue arreglar el desaguisado, y se las apaña incluso para crear un universo paralelo más benigno: al volver a su época, su familia de perdedores se convierte en un modelo de triunfadores, y Biff, el matón del barrio acaba encerando el coche de Marty.

Las cosas se complican algo más con la segunda película, en la que el propio profesor chiflado se conoce a sí mismo en el pasado. Resulta que ahora Marty viaja al futuro y se compra un anuario deportivo. El ya viejo Biff, roba el anuario y el coche, viaja a su pasado (es decir, el presente) y luego vuelve. Cuando Marty y el profe regresan a su época, el matón se convierte en el amo de una ciudad consumida por la corrupción y el juego (¿reminiscencias de Qué Bello es Vivir?), todo gracias al famoso anuario. La única forma de arreglar el estropicio consiste en volver al pasado de nuevo.

Si ven la película y piensan que hay cabos sueltos, en efecto, haylos. Sólo por poner un ejemplo, si Biff va al pasado para entregarse el anuario, ya ha cambiado el futuro. Sin embargo, ¿cómo puede volver al futuro original y devolverle el DeLorean a los protagonistas? Sospecho que aquí entra más las ganas de hacer películas taquilleras que el rigor científico. Menos mal que Regreso al Futuro III es algo menos paradójica, y los personajes se limitan a poco más que gamberrerar en el salvaje Oeste. Al final, el profe chiflado pontifica sobre el albedrío: “vuestro futuro no está escrito, como no lo está el de nadie. Vuestro porvenir sólo depende de vosotros. ¡Labraos uno que sea bueno!

De forma similar transcurre la saga Terminator. En un futuro post-nuclear, las máquinas libran una guerra a muerte contra los humanos supervivientes. El líder es un tal John Connor. Skynet, la jefa de las máquinas, decide enviar un robot para matar a la madre, Sarah Connor, antes de que dé a luz al futuro líder de la rebelión. A su vez, los humanos envían un soldado, un defensor que al final se convertirá en el padre de John.

Con Terminator 2, la amenaza continúa. Ahora, Schwarzenegger interpreta a un robot bueno, enviado para proteger al joven John Connor de un cyborg de polialeación mimética, más malo que un dolor de muelas. En esta ocasión, Sarah Connor recuerda una frase que le dijo el padre de John: “el futuro no está establecido, no hay destino, sólo existe el que nosotros hacemos.” Decide que la mejor forma de evitar la futura guerra nuclear consiste en eliminar a Miles Dyson, el hombre que diseñó Skynet, y de paso volar la empresa. Consiguen ambas cosas, y con eso crean una paradoja, ya que si Skynet no va a existir, ¿de dónde salieron los cyborgs y el humano que viajaron desde el futuro? La cosa tiene más miga, ya que Dyson estaba creando Skynet a partir de los restos del primer Terminator. De esa forma, el primer Terminator debía viajar, no sólo para intentar matar a Sarah Connor, sino también para permitir la existencia de Skynet. Al final, con el terminator malo destruido (y el malo, también), y con la amenaza de Skynet eliminada, Sarah Connor respira tranquila: “el futuro desconocido rueda hacia nosotros. Por primera vez lo afronto con un sentimiento de esperanza

Por supuesto, eso eliminaría la posibilidad de hacer Terminator 3. La solución es vendernos la moto de que el acto de Sarah Connor y todos los demás solamente consiguió retrasar la guerra unos años. No voy a criticar aquí esta película (aunque tan sólo por ponerle al Terminator gafas de Elton John, sus creadores merecen arder en el infierno), pero se nota un distanciamiento respecto al argumento general de las dos primeras películas de la saga. De hecho, la siguiente del ciclo, Terminator Salvation, tiene toda la acción en el mundo post-nuclear, olvidando cualquier referencia a máquinas del tiempo.

Ningún artículo sobre los viajes temporales en el cine estaría completo sin una referencia a la pentalogía de El Planeta de los Simios. En la primera película, del mismo nombre y del año 1968, una expedición astronáutica americana aterriza en un planeta desconocido, donde el hombre es esclavo de los simios. Solamente al final, el protagonista se da cuenta de que, en realidad, el planeta donde se halla es la Tierra del año 3978, en la que los hombres se han autodestruido y cedido a los simios el dominio del mundo. Los astronautas llegaron a tan lejano futuro por la dilatación relativista del tiempo (viajar a velocidades próximas a la de la luz ralentiza el propio reloj), con lo que se supone que no hay vuelta atrás.

En Regreso al Planeta de los Simios (1970), una segunda expedición llega al mismo tiempo y lugar, con la misión de encontrar supervivientes de la primera. De nuevo, se supone que han llegado por dilatación relativista del tiempo, y poco más. Pero en la tercera, Huída del Planeta de los Simios (1971), la cosa se pone interesante. Tres simios toman la nave de la primera película, se montan en ella y vuelven al presente, a los años setenta. Esto ya se sale de la raya, ya que la dilatación temporal es hacia el futuro, no hacia el pasado. Sin embargo, la película pasa de puntillas por este hecho, y presuponen que si el espectador se cree que hay monos parlantes superinteligentes (el sueño de Homer Simpson, por cierto), también se tragarán que un cohete que viaje hacia el futuro también puede dar marcha atrás. También fallan al plantear la preocupación de los humanos por el bienestar del coronel Taylor, el líder de la primera expedición humana al futuro. Los simios no hacen más que dar largas a la pregunta de si el coronel Taylor está vivo. No quieren contestar porque ellos mismos vieron explotar la Tierra, pero no tiene sentido preocuparse, ya que Taylor no estará muerto hasta dentro de dos mil años.

A pesar de ello, esta película es interesante por sus paradojas que presenta, y por las que promete. En efecto, los simios son finalmente asesinados por los humanos. Pero antes de ello tuvieron un hijo, que fue ocultado por un humano bueno (no todos van a ser malos). Ese simio, César, crece y en la cuarta entrega (Conquista del Planeta de los Simios, 1972) se convierte en el Espartaco de su raza. Los humanos, avisados por grabaciones en la que los simios de la segunda película avisan de lo que va a pasar, intentan inútilmente detenerlo. César conduce a la rebelión a los simios (convertidos en sirvientes) y acaban tomando el mando de la ciudad; pero en lugar de contentarse con ello, se limita a esperar que los humanos se aniquilen entre ellos. Finalmente, en la quinta película (Batalla por el Planeta de los Simios, 1973) simios y humanos intentan construir una sociedad igualitaria, pero la presencia de “halcones” en uno y otro bando amenaza con dar traste al proyecto. Finalmente, parece que ambas razan alcanzan una coexistencia pacífica, pero el final nos sugiere que, en el futuro, acabará convirtiéndose en la sociedad de simios esclavistas que vimos en la primera película. En general, una saga excelente, que recomiendo a vuestra atención.

Hay más películas que tratan los viajes en el tiempo, desde puntos de vistas muy originales en ocasiones. Por desgracia, tendremos que dejarlo para otro artículo. Se nos acaba el tiempo.

Bond y Goldfinger

No sabría deciros cuál es mi película de 007 favorita. Pero en mi lista estará siempre Goldfinger. Lo tiene todo: un malo malísimo con estilo, una bomba nuclear, un complot terrible para dañar el mundo libre, un pelotón de rubias despampanantes. Y una de las mejores escenas del cine, copiada hasta por los Simpson. Bond ha sido atado a una mesa, un rayo láser está a punto de cortarlo en dos, y mientras el malo le mira con cara de “hasta aquí has llegado,” uno de los mejores diálogos del cine:

– (Bond): ¿Espera usted que hable?

– (Gondfinger): !No, señor Bond, espero que muera!

Bien, les voy a tener que fastidiar el argumento. Pero es un peliculón y deberían haberlo visto ya, así que no tendré remordimientos. El caso es que Auric Goldfinger, enamorado del oro, planea aumentar el valor de los lingotes que ya posee. Su malévolo plan es inutilizar Fort Knox con una bomba nuclear. La idea no es volarlo, sino usar la radiactividad de una bomba sucia (a la que él, malvado elegante donde los haya, denomina “ingenio atómico”). Durante la conversación que tiene con el capturado Bond, éste le adivina los planes, y deduce que las reservas de oro de los Estados Unidos quedarán contaminadas con radiación durante 57 años. 58 según mis cálculos, le corrige el algo pedante Goldfinger.

Lamentablemente para los dos, el profe de física debe oponerse a tan malévolo plan. Para ello, entendamos lo que significa una desintegración nuclear. Hay isótopos de elementos estables, en tanto que otros son inestables. En este último caso, el isótopo emitirá partículas y pasará a formar otro isótopo, que puede a su vez ser estable o no. Según sea el tipo de desintegración, se tardará más o menos. Existe radiactividad natural, debido a los isótopos radiactivos que existen en la naturaleza; y también como subproductos de una fisión nuclear, donde un átomo de uranio o plutonio se rompe en dos trozos, los famosos residuos nucleares.

Los isótopos radiactivos son como una persona que siente cosquilleo en la nariz: va a estornudar, se prepara para ello … pero luego tarda más o menos en soltar el estornudo. No tiene, por tanto sentido, intentar predecir cuándo estornudará un isótopo determinado. Pero podemos hacer cálculos estadístico. Imaginemos que tenemos un enorme bar. Montones de camareros llenan, sirven, vacían y limpian millares de vasos. Inevitablemente, algunos vasos se romperán. No podemos saber cuándo se romperá un vaso determinado, pero podemos calcular cuántos vasos se romperán en un día, o en una hora. Supongamos que pongo en marcha mi cronómetro, y al cabo de tres días se han roto la mitad de los vasos. A ese período de tiempo se le llama período de semidesintegración o vida media.

Con esa información, podremos hacer pedidos de nuevos vasos. Si no lo hacemos, al cabo de otros tres días habremos perdido la mitad de los vasos restantes. Otros tres días, y nos quedarán la mitad de la mitad de la mitad de los vasos iniciales. Con el tiempo, el número de vasos tenderá a cero, y el período de semidesintegración nos dirá con qué rapidez tendemos a la nada. El bar de al lado, con camareros menos manazas, tiene un período de semidesintegración más largo, digamos de un mes. Eso significa que, al cabo de un mes, le quedarán la mitad de sus vasos. Para nosotros ha pasado un tiempo igual a diez veces nuestro período de semidesintegración. La cosa nos pinta fea, porque solamente nos quedan (1/2)^10, es decir, la milésima parte, de nuestros vasos. Vamos a la ruina.

Eso sucede también en el mundo nuclear. Cada isótopo radiactivo tiene un período de semidesintegración distinto, entre fracciones de segundo y millones de años. El carbono-14, por ejemplo, tiene un período de unos 5.760 años. En condiciones normales, la proporción de átomos de carbono-14 en el carbono normal es constante. Eso se debe a que el carbono-14 está siendo producido por procesos naturales. Pero un árbol que muere deja de fijar carbono, y tendrá una cierta proporción de carbono-14. Esa proporción irá disminuyendo con el tiempo. De ese modo, midiendo el porcentaje de carbono-14 existente en una muestra biológica, y comparándola con la que debería tener de estar viva, podemos determinar la edad de la muestra. Es el pan nuestro de cada día para los arqueólogos. También podemos usar otros isótopos, de vida más larga, para fechar rocas o estratos geológicos.

Pero fíjense bien que, aunque el número de isótopos radiactivos tiende a cero, nunca será cero, salvo a un tiempo infinitamente lejano. Eso se debe a la naturaleza estadística de la desintegración. No es que, al llegar a cierto momento, todos los isótopos se desintegren, al igual que en el tercer día mis camareros no se ponen de acuerdo para arrojar los vasos al suelo en el mismo instante. Si tenemos No núcleos en el instante inicial, el número N(t) de isótopos que quedarán tras un tiempo t es igual a:

N(t) = No * 2^(-t/T)

donde T es la vida media o período de semidesintegración.

Y eso es el fallo en el plan del señor Goldfinger. Supone que su ingenio atómico mantendrá el oro contaminado durante 58 años (57, según el señor Bond), y pasado ese tiempo decaerán todos en variantes no radiactivas. Como hemos explicado, no funciona así la cosa.

Quizá se refieran a la vida media de los productos irradiados. Pero resulta difícil encontrar un isótopo radiactivo producido en grandes cantidades en una explosión nucler y que tenga una vida media de unos 57-58 años. Por fortuna, el propio Bond le extrae la información a Goldfinger: cobalto y yodo (o iodo). Es estupendo lo que se puede sacar en una conversación con el malo. De los dos isótopos, podemos descartar el yodo. El isótopo yodo-131 tiene una vida media de tan sólo 8 días, demasiado breve para que dure más allá de unos meses en cantidades medibles. Por otro lado, el cobalto-60 tiene una vida media mayor, pero es tan sólo de poco más de cinco años. Así pues, ¿de dónde sale la cifra de cincuenta y pico años?

Lo único que se me ocurre es que Bond, influido por Q, y Goldfinger, que tiene cara de listo, pensasen como físicos. Como he dicho antes, la desintegración total de una cantidad de isótopos sólo se tendría en realidad a un tiempo infinito. En la práctica, basta con dejar pasar un tiempo igual a algunos períodos de semidesintegración T. Pasado un tiempo igual a 10T, sólo nos queda una milésima de los isótopos originales. Podríamos consensuar dicha cantidad, y decir que, pasado un tiempo de 10T, lo que nos queda es lo mismo que nada. ¿Existe algún sospechoso cuya vida media sea igual a la décima parte de 58 años (o 57, según Bond)? Estaríamos hablando de aproximadamente seis años.

De los dos elementos mencionados por Goldfinger, el cobalto-60, con su vida media de T=5.27 años, es un buen candidato. Una receta de la Guerra Fría para hacer una bomba realmente desagradable era recubrirla con cobalto para que los neutrones de la explosión generasen grandes cantidades de cobalto-60. Si suponemos que ha transcurrido un tiempo t, nos quedará una cantidad de isótopos radiactivos igual a N(t)/No= 2^(-t/T), es decir:

– para t=57 años, un 0.0555% de la cantidad inicial

– para t=58 años, un 0.0486% de la cantidad inicial

Parece como si se hubieran puesto de acuerdo en que un 0.05% de la cantidad inicial es lo que podrían llamar problema resuelto. A riesgo de ser pedante, la cantidad exacta es de 57.805 años y algunos minutos. Diríamos que 58 años es algo más correcto, y el señor Goldfinger se lleva el gato al agua. Pero, en cualquier caso, se trata de un debate tan pedante como inútil. Incluso un 0.05% del cobalto-60 inicial puede ser una cantidad peligrosa, dependiendo de la cantidad inicial. Discutir sobre si establecemos el límite un pelín más arriba o un pelín más abajo es solamente un divertimento para mentes calenturientas que deberían dejar los martinis y los julepes de menta.

Seguro que los EEUU tienen más problemas derivados de la explosión nuclear. La hipótesis implícita de Goldfinger es que el oro quedará irradiado pero intacto. Bueno, si es ese el plan, podríamos pensar ¿qué más da que estén irradiados?. Que estén o no irradiados, poco importa, con tal de que estén allí, garantizando el valor del dólar norteamericano. La única diferencia es que el letrero en la entrada tendrá que ser sustituido, y de “prohibido el paso, propiedad del gobierno de EEUU” pasará a decir “entra si te atreves, pringao”. El problema es que, en los años 60, Estados Unidos estaba inmerso en la costosa guerra de Vietnam, lo que le provocó tensiones económicas. A finales de la década, Francia y Gran Bretaña exigieron el canje de sus excedentes de dólares en oro, lo que en última instancia llevó a la desaparición del patrón oro. Si Goldfinger hubiera tenido éxito (la peli fue rodada en 1964), habría adelantado la crisis económica de los 70 y los chinos hubieran logrado el caos económico de Occidente. A no ser, claro, que los acreedores de Estados Unidos aceptasen oro radiactivo como pago de sus deudas.

Pero !ay!, si un proceso de fisión desembocase en una explosión, se emitiría un enorme flujo de neutrones. El oro en su estado natural, al ser irradiado con neutrones, se convierte en oro-198. En el proceso, resulta que !gana peso!, ya que el isótopo 198 tiene un 0.5% más de masa que el oro estable (isótopo 197). Parecería que Goldfinger le hubiera hecho un favor a la Reserva Federal. El problema es … que el oro-198 es inestable. Se convierte en mercurio-198, en un proceso con un período de unos 2.7 días. Estados Unidos asistiría impotente a la lenta desintegración de sus reservas de oro, sin poder evitarlo.

¿Saben que estoy pensando? Que este Goldfinger es un malo malísimo de los mejores. Si algún día me vuelvo malo, quiero fichar por su equipo. Y el pelotón de rubias voladoras de cuerpos esculturales tampoco es mal argumento.

JAPAN-NUCLEAR-DISASTER

Si estás viendo este mensaje, madre, espero que hayas leídos los dos anteriores. Están más abajo, y son:

Física para mi madre 1 – El reactor

Física para mi madre 2 – El 11 de marzo Iré incluyendo aquí, en la medida en que pueda, las últimas novedades. ==============================================================

SINOPSIS A 22/03 (martes), 20:45 HORAS Ha llegado la energía del exterior, gracias a un tendido eléctrico de emergencia. Se está procediendo a comprobar los equipos de bombeo y sistemas de control. Se ha detectado radiación en el mar, cerca de los reactores. Las muestras tomadas incluyen Iodo-131 (vida media: 8 días), Cesio-134 (vida media: 2.06 días) y Cesio-137 (vida media: 30 años). Reactor 1.

Núcleo: dañado, enfriado con agua de mar.

Vasija de presión: integridad desconocida, presión estable.

Estructura de confinamiento: intacta, presión estable, enfriada con agua de mar. Piscina: Probablemente dañada.

Sistema de refrigeración principal: Sin activar.

Energía del exterior: activada. Reactor 2.

Núcleo: dañado, enfriado con agua de mar.

Vasija de presión: integridad desconocida, presión desconocida.

Estructura de confinamiento: se sospechan daños, se prepara enfriamiento con agua de mar.

Piscina: Probablemente dañada. Temperatura estable a 50ºC

Sistema de refrigeración principal: Sin activar.

Energía del exterior: activada. Reactor 3.

Núcleo: dañado, enfriado con agua de mar.

Vasija de presión: integridad desconocida, presión desconocida.

Estructura de confinamiento: se sospechan daños, enfriada con agua de mar.

Piscina: Probablemente dañada. Nivel de agua bajo. Enfriamiento con camiones, efecto parcial pero desconocido.

Sistema de refrigeración principal: Sin activar.

Energía del exterior: no activada. (Los reactores 4 al 6 no contienen combustible nuclear en sus núcleos) Reactor 4. Piscina probablemente dañada. Nivel de agua bajo. Enfriamiento con camiones, efecto parcial pero desconocido.

Energía del exterior: no activada. Reactores 5 y 6. Piscinas estables, temperatura de unos 30ºC. Enfriamiento mediante energía externa.

Energía del exterior: activada.

Fukushima 2

Mamá, si ya te has leído el primero de mis artículos que te dedico, vamos a ver qué sucedió con los reactores de Fukushima. Ha pasado de todo, así que intentaré simplificarlo todo lo posible.

Habrás oído muchas tonterías estos últimos días. Por ejemplo, por qué construyen centrales nucleares en zonas sísmicas, y encima al borde del mar. La verdad es que los japoneses no deberían vivir en Japón: riesgo de terremotos, tsunamis, falta de recursos naturales, ataques de Godzilla (vale, esto último es broma). Pero allí están. Son una potencia económica, y eso requiere energía.

Por supuesto, no son tontos. Diseñaron la central de Fukushima de forma que soportase un terremoto de magnitud 8.2. La pusieron frente al mar porque cualquier central de energía (no sólo nuclear) necesita refrigeración. Hasta el reciente terremoto, Japón tenía 55 reactores nucleares en funcionamiento, que producía el 30% de su electricidad. No genera cenizas ni contribuye al efecto invernadero. Para un país que no tiene carbón, gas natural o petróleo, era una elección lógica.

Vayamos ahora al día del desastre. Era viernes, 11 de marzo, las siete menos cuarto de la mañana en España. Los reactores 1, 2 y 3 de Fukushima funcionan a pleno rendimiento (los 4, 5 y 6 están detenidos por una parada técnica). Podemos imaginarnos a los operarios de la central, con sus pulcros uniformes, quizá tomando el inevitable té amargo japonés. De repente, suena la alerta. Un terremoto sacude el este de la isla de Honshu. La taza de té salta por los aires. Los técnicos, bien entrenados, comienzan lo que aquí llamaríamos protocolo de seguridad.

Lo primero que hacen es parar el reactor. Se trata de una parada de emergencia. Las barras de control se despliegan automáticamente, y cuando lo hacen, la reacción nuclear se detiene en cuestión de segundos. Eso es lo que sucedió. En tan sólo un segundo, la potencia del reactor se redujo hasta un 7%. No se hizo cero, porque los residuos radiactivos que hay en el reactor siguen produciendo calor residual. Es muy importante extraer ese calor. La red eléctrica, que proporciona electricidad a las bombas de refrigeración, ha caído. De hecho, el este de Japón está devastado bajo un terremoto de magnitud 9.0. Y la central no puede proporcionar energía, porque ha sido desconectada. Así pues, los técnicos conectan los generadores diésel para proporcionar energía de emergencia a las bombas.

En este momento, los reactores de Fukushima permanecen intactos. Fueron diseñados para resistir un terremoto de magnitud 8.2, y acaban de aguantar la fuerza de uno seis veces más potentes. Un triunfo de la ingeniería japonesa.

Entonces, llegó la ola.

La planta nuclear de Fukushima estaba preparada para soportar una ola gigante de seis metros de altura. Pero la ola del tsunami tenía diez metros de altura, mucho más de lo que se esperaba. Ya has visto lo que ha hecho a las costas de Japón. Los reactores nucleares soportaron este nuevo castigo. Pero los generadores diésel, no. Para entonces, la energía residual era del orden del 1%, una cantidad grande en términos absolutos.

¿Qué hacer? La red eléctrica no funcionaba, los generadores de reserva tampoco. En este punto, pusieron en marcha un sistema de respaldo para el sistema de respaldo: un conjunto de baterías de emergencia. Se esperaba que, durante ocho horas, pudiera proporcionar energía para el sistema de refrigeración. Y eso es exactamente lo que hizo.

Si se llegara a este punto, es que la cosa iba muy mal. Y, para los supervivientes del terremoto y el tsunami, así fue. Las carreteras habían sido borradas del mapa, el tendido eléctrico arrancado de cuajo. Lo único que podían hacer era echar mano de sistemas secundarios de refrigeración, incapaces de enfriar los reactores del modo adecuado. Los generadores móviles que el Ejército llevó no pudieron conectarse por motivos que no conocemos bien (dicen que los enchufes no eran los adecuados, pero dudo que sea algo tan simple).

Lo siguiente que sucedió es lo mismo que pasa si dejas demasiado tiempo la olla al fuego. Se acumula vapor. La presión aumenta. Y, si no liberamos esa presión, todo puede explotar. Por eso, la vasija del reactor tiene válvulas de seguridad, que permiten extraer vapor del sistema y soltarlo a la atmósfera. Por supuesto, eso no es sano, pero en un caso de emergencia es mejor eso que una explosión.

Creo que te voy a poner de nuevo el diagrama del reactor:

Las válvulas soltaron vapor y lo acumularon en la parte superior del edificio de contención, en la zona de la grúa (el número 26). A partir de ahí, basta abrir un hueco y liberarlo a la atmósfera. Sin embargo, dicho vapor contenía nitrógeno-16, un isótopo radiactivo. Los ingenieros decidieron esperar algo más, con objeto de que se desintegrase y perdiesen su radiactividad, cosa que sucede en cuestión de minutos.

Pero, conforme salía vapor, el nivel del agua bajaba. Llegó un punto en el que las barras de aleación de Zircaloy (número 1) comenzaron a quedar al aire. Sin agua para enfriarlas, su temperatura subió mucho. A partir de los 1.200ºC, el circonio reacciona con el agua, produciendo óxido de circonio e hidrógeno. El hidrógeno salió, junto con vapor del agua, a la parte superior (número 26). El problema es que el hidrógeno es altamente explosivo. Una sola chispa, y todo salta por los aires. Que es exactamente lo que sucedió a un reactor tras otro. Los responsables de la central, por ahorrarnos un poco de radiactividad, han proporcionado al mundo las espectaculares imágenes que todos hemos visto. !Un reactor nuclear saltando por los aires!

En realidad, no fue algo tan malo. Ahora tenemos un edificio sin techo, vale, pero la vasija y la estructura de contención siguen intactas. Pero el Zircaloy sigue caliente. Tanto, que comienza a fundirse. Los tubos se abren, y parte de los residuos radiactivos de alta actividad caen al agua. Entre ellos, tenemos el iodo y el cesio. La cosa comienza a ponerse fea. Estamos ya a sábado. Han pasado dos días, y salvo pequeñas fugas, la radiactividad sigue contenida en el reactor.

Pero el sistema de refrigeración sigue sin funcionar bien. Y lo que es peor, el agua pura que se usa como refrigerante comienza a agotarse. Los ingenieros deciden entonces, enfriar los reactores con agua de mar. Es algo que no se debe hacer a menos que haya otro remedio, porque el agua marina absorbe neutrones y se vuelve radiactiva. Pero no hay otro remedio, así que utilizan agua de mar a la que le han mezclado ácido bórido (el boro absorbe los neutrones). Eso hará que el vapor que se libere sea algo más radiactivo, y perjudicará el buen funcionamiento de los reactores, exigiendo una fuerte descontaminación en el futuro. Pero a estas alturas es incierto incluso que Fukushima Daiichi vuelva a producir electricidad para uso comercial, así que a usar agua de mar se ha dicho.

Aun así, la temperatura aumenta. Las barras de combustible en algunos de los reactores se han fundido en parte. Algunas de las vasijas de presión parecen estar dañadas. Los masivos sistemas de confinamiento, en algunos de ellos, también parecen haber sufrido daños. Lo que es peor, algunas de las piscinas para almacenar el combustible gastado se han secado, con lo que las barras que se encuentran allí pueden llegar a fundirse y liberar residuos muy peligrosos.

¿Qué pasaría en el peor de los casos? Si se funde el núcleo del reactor, una masa fundida altamente radiactiva caerá hasta la base (número 20). Es lo que, erróneamente, algunos medios de comunicación llaman fusión; pero no es una fusión nuclear, sino el paso de sólido a líquido (“meltdown”, en inglés). Si la base no aguantase, los residuos radiactivos se abrirían paso hasta capas inferiores de terreno, contaminando todo a su paso, incluidas las capas freáticas. Es lo que se conoce como Síndrome de China. Para tu tranquilidad, te diré que jamás ha sucedido algo así, ni siquiera en Chernobil. En Isla Tres Millas hubo una fundición parcial, pero nada más.

En cualquier caso, hay que enfriar por todos los medios disponibles. En las últimas horas, el Ejército ha llegado a lanzar agua desde helicópteros para enfriar la piscina y el núcleo del reactor 3. Es el más peligroso, porque su combustible nuclear incluye plutonio, una sustancia enormemente venenosa y radiactiva. También están usando camiones de bomberos, de esos que hay en los aeropuertos, e incluso camiones de la policía, de esos que lanzan agua a presión para dispersar manifestaciones. Salvo escupir, están haciendo todo lo que pueden. Y eso en una zona con niveles de radiación tan altos que los bomberos tienen que turnarse cada pocos minutos para lanzar agua. Si no hay héroes en Fukushima, es que no existen los héroes.

Si has leído hasta aquí, mamá, debes estar aterrada. No lo estés. Llevamos una semana, y todavía se contiene al monstruo en su recinto. En las últimas horas, han terminado un tendido eléctrico desde el exterior para conectar las bombas de refrigeración. La temperatura de los reactores parece estar controlada.

Vamos a ver ahora cuál es la situación. Estoy escribiendo a las 21:00 horas del viernes 18 de marzo. Durante los últimos días, los reactores 1 al 3 de Fukushima Daiichi están siendo refrigerados con agua de mar. Sus núcleos parecen que están dañados pero estables. La mayor preocupación ahora está en las piscinas de refrigeración para el combustible usado de los reactores 3 y 4. Allí es donde los bomberos han lanzado agua, y parece que algo les ha llegado. Los niveles de radiación van bajando lentamente. El nuevo tendido eléctrico será conectado a las bombas mañana sábado. Si todo va bien, las bombas principales enfriarán los reactores, comenzando por las 1 y 2. En cuanto a los reactores 5 y 6, no tienen combustible en el núcleo, pero sí en sus respectivas piscinas. La situación allí parece buena. Tanto, que cuando todo esto termine quizá puedan incluso volver a funcionar. En un país con cortes masivos de luz, les hace falta hasta el último kilovatio.

Pueden que este fin de semana, por fin, podamos respirar tranquilos. En el próximo artículo, te iré dando las últimas novedades.

Fukushima

Una de las cosas que me gustaban de mi profesión es que nadie te daba la murga con preguntas. Si te presentas en un grupo y dices que eres médico, puedes apostar a que al menos uno te hará alguna pregunta sobre un dolor de espalda, o si debe tomar tal medicamento contra la tendiditis. Si eres abogado, lo mismo alguien te intenta sacar una consulta gratis sobre cómo protestar una multa. Y si eres político, prepárate a oír “qué hay de lo mío” hasta la extenuación. Pero cuando digo que soy físico, nadie me viene con ah, qué bien, precisamente tengo un cuerpo en caída libre con aceleración aproximadamente constante, y me preguntaba cuánta energía cinética acumula a los tres metros, despreciando rozamientos.

Llegó Fukushima, y menuda semanita llevo. Entre este blog y Twitter (donde acecho bajo el nick de @elprofedefisica), he tenido consultas a montones. Compañeros, conserjes, extraños totales, todos buscando información (salvo algunos que buscaban bronca). No siempre he podido responder a todos, lo siento.

Incluso mi propia madre me llamó hace un par de noches para preguntarme qué estaba pasado. Para que entiendan el alcance de este último detalle, me limitaré a decir que me pasé años intentando convencerla inútilmente de que las bombillas de bajo consumo son una buena idea; sólo cambió de idea cuando su cuñada le dijo lo bien que le iban las que compró para el chalé. Así que, si hasta mi madre pide información, es que el panorama informativo está muy mal.

He intentado calmar esa sed de información. Mis seguidores de Twitter darán buena fe de ello, así como mis lectores en Amazings y en este mismo blog. A pesar de ello, los acontecimientos se precipitaban y he estado demasiado ocupado en seguir la crisis japonesa para poder dar una visión de conjunto. Ahora voy a hacerlo. De modo que aquí comienza el primer artículo de la serie Física para mi madre (y sí, ya sé que suena demasiado parecido al título del artículo La física de los tsunamis explicada para abuelitas, de Sergio Palacios, pero como no lo ha registrado, que se chinche).

Comenzaré por explicarte, mamá, cómo es el reactor nuclear de Fukushima; luego pasaré a narrarte lo que sucedió y cómo hemos llegado hasta hoy; por último, te diré lo que creo que va a pasar. Antes, un aviso: ni se te ocurra leer los comentarios que hay más abajo. En el debate nuclear, hay detractores con argumentos, pero también muchos talibanes con mala leche. Y esos tiran con bala. Ahora que pienso, voy a desactivar los comentarios de este artículo, así que si después de leerlo tienes dudas, me llamas y te lo explico.

¿Lista, mamá? Pues allá vamos.

Hay dos centrales en Fukushima: Fukushima Daiichi (uno) y Fukushima Daini (dos). Fukushima Daiichi es una central nuclear ubicada en Japón, que consta de seis reactores. Está al nordeste de la principal isla, dando al Océano Pacífico. Un reactor nuclear es como una central de gas o de carbón: produces calor, calientas agua, y su vapor alimenta las turbinas que producen electricidad. La diferencia está en cómo lo hace. En un reactor nuclear, lanzas neutrones contra átomos de uranio. Cada átomo se separa en dos trozos (que forman los famosos residuos radiactivos) y produce energía. Sencillo. También funcionan así las bombas atómicas, pero con dos importantes diferencias. La primera es que lo que tenemos en un reactor es una reacción controlada, para que no se nos vaya de las manos. (la explosión de Chernobil fue química, no nuclear). La segunda, muy importante, es que un reactor nunca puede explotar en un estallido nuclear. El uranio (o plutonio) que contiene no está lo bastante enriquecido.

Aquí tienes un diagrama del reactor nuclear de Fukushima, en corte:

Como ves, hay muchos elementos y muchos numeritos, pero tranquila, que te iré comentando lo más relevante. Fíjate en esas barritas rojas marcadas con el número 1. Ahí se alberga el combustible, hecho por pequeñas pastillas de óxido de uranio encapsuladas en barras. Las barras están rodeadas por el refrigerante (en este caso agua), que se lleva el calor para transferirlo a los generadores de electricidad, que no aparecen en el dibujo. Las barras constituyen lo que suele llamarse núcleo del reactor.

Por supuesto, ya sabemos que los residuos radiactivos son peligrosos. Por eso, hay diversas medidas de protección, que funcionan en capas, como una cebolla. En primer lugar, las pastillas de combustible nuclear, cuya temperatura de fusión 2.800ºC. Esas pastillas, del tamaño de una moneda, están selladas dentro de tubos de Zircaloy, una aleación capaz de soportar temperaturas de hasta 1.200ºC; son, repito, las barritas rojas con el número 1. En tercer lugar, tenemos la vasija del reactor (o vasija de presión), que aparece en amarillo. Es una especie de olla a presión, de grueso acero, capaz de resistir grandes presiones. Eso es útil porque este reactor usa agua en ebullición.

La vasija de presión, a su vez, está contenida en la estructura de confinamiento, la cuarta capa. Está mostrado con los números 10 y 19. Se trata de una estructura de acero y cemento de enorme grosor, diseñado para mantener la radiactividad confinada en caso de una ruptura de la vasija. En la parte inferior (número 20) tenemos la quinta línea de defensa, la base: varios metros de cemento para contener el núcleo del reactor incluso si se hubiese fundido. Alrededor de la base está una piscina circular llamada toro, esos dos círculos en la parte inferior, con el número 18. No es que haya corridas allí. Lo que pasa es que es una estructura en forma de donut (recuerda que el dibujo es un corte), y los matemáticos llaman toro a la forma de un donut. !Y luego nos llaman raros a los físicos!

Todo lo anterior está encerrado en el edificio del reactor, cuyas paredes aparecen con el número 21. Fíjate que en la parte superior, por encima de la estructura de confinamiento, se encuentra un hueco abierto. Es donde está la grúa (26). Es donde sucedieron las explosiones de hidrógeno, pero no adelantemos acontecimientos.

Hay otros elementos de seguridad que debo mencionarte. Uno de ellos son las barras de control (número 39), que se usan para detener la reacción nuclear cuando sea necesaria. Luego tenemos los sistemas de refrigeración, un conjunto de bombas hidráulicas. Si has oído algo esta semana, ha sido de esos sistemas. No aparecen en el dibujo, pero estarían a la derecha de la pared 21 (bueno, o a la izquierda, tanto da). Es muy importante que el sistema de refrigeración funcione bien, no sólo para extraer el calor en condiciones normales, sino para extraer el calor residual en caso de emergencia. De otro modo, todo podría calentarse hasta que la vasija se fundiera, y eso no es bueno. Por eso hay el sistema es redundante: hay bombas de emergencia por todos lados.

Finalmente, fíjate en la piscina rotulada con el número 5. Es la piscina de refrigeración. Allí se guardan las barras con el combustible nuclear gastado, que se almacenan durante varios años para que vayan soltando el calor residual sin peligro para la gente. En su momento, se empaquetan y se trasladan a un almacén de residuos nucleares de alta actividad.

A excepción del búnker subterráneo de Obama, un reactor nuclear es la estructura más sólida del mundo. A pesar de ello, en este momento Fukushima concentra las miradas y la preocupación del mundo entero. En el siguiente artículo, te explicaré lo que sucedió.

Disclaimer nuclear

Vista la cantidad de mensajes que ha generado el artículo Por qué no me preocupan los reactores de Japón, y para que sirva a los efectos oportunos, afirmo y dejo constancia de lo siguiente:

1) Sí, soy pronuclear. Puede no gustaros, pero que nadie diga que no aviso de antemano.

2) Si queréis despellejarme por ser pronuclear, vale, lo entiendo. Pero chicos, no me pidáis que defienda el artículo que he escrito, porque no lo he escrito yo. Yo lo he traducido de la forma más fidedigna que he podido.

3) Si pasáis del raciocinio y vais directamente a los insultos, mal, pero vosotros mismos. No esperéis que os responda. Por cierto, mi madre es una santa.

4) Los comentarios hechos por los visitantes, sobre su cabeza caiga. No me hago responsable de nada de lo que se diga allí, y que no me busque nadie las cosquillas por eso.

5) Mensaje especial a los señores del lobby nuclear: ¡HE PERDIDO EL CHEQUE! ¡ENVÍEN OTRO!