2011_10_21 Ovni

Ayer, cuando cerré mi Twitter, prometí que contaría mi propia experiencia OVNI. El motivo era que, esa noche, el programa Cuarto Milenio de Iker Jiménez entraría de nuevo en el tema de la ufología, con comentarios de controladores aéreos en relación a un suceso reciente.

El núcleo del programa de anoche estaba centrado en un tweet enviado por César Cabo. Les sonará, si no su nombre, sí su cara, porque lo vieron ustedes mucho en televisión a finales de 2010. ¿Recuerdan aquella masiva huelga-que-no-era-huelga de controladores aéreos, que obligó al Gobierno a declarar el estado de alarma durante el Puente de la Constitución? César Cobo era entonces portavoz de uno de sus sindicatos, el que daba la cara en nombre de los controladores; lo que, a despecho de lo que usted piense sobre aquella crisis, no deja de tener mérito.

César Cabo dejó de ser portavoz, pero sigue siendo controlador. En la tarde del martes 11 de octubre de 2011, su cuenta de Twitter pasa de una serie de mensajes laborales a esta sorprendente comunicación:

Empezamos bien la tarde de supervisión en el Centro de Control, tres aviones han notificado un ovni en sus radares!!!!

Parece que el turno que le tocó no era muy movido, porque le dio tiempo a escribir, y colgar en su blog a la una y media de la tarde, un post titulado ovnis descontrolados. En él, explica que el fenómeno consistió en que tres aviones españoles, en aproximación a Barajas, habían informado de un blanco sin identificar en sus radares de proximidad. Sin embargo, en la pantalla de los controladores no aparecía blanco alguno. El propio Cabo comenta: Misterios sin resolver que dejamos en manos de los Iker Jiménez del mundo.

Pues, qué curioso, resulta que Iker Jiménez acepta el reto y se lanza al tema. En su anterior programa, aquel en que habló del experimento de los neutrinos, Iker comentaba que el fenómeno OVNI estaba dejando de estar de moda. Y, de repente, le viene la oportunidad para retomar el tema: un incidente reciente, un testigo conocido, un repaso a casos pasados, unos cuantos recortes de periódicos con casos conocidos (Manises, Bardenas Reales) y listo para volver a lanzar el tema OVNI.

Por supuesto, nada de tomar hipótesis verosímiles para intentar explicar el fenómeno. La táctica es: tomemos a unos testigos, que nos hablen sobre su experiencia, ponemos cara de “vaya usted a saber qué ha pasado” y a otra cosa. Pero seguro que hay explicaciones más o menos lógicas. Para ustedes, se me ocurren estas tres:

1) Tráfico militar. En un tweet el día posterior al incidente, el propio César Cabo comenta: Alta actividad en el Centro de Control A punto de empezar las maniobras de las patrullas militares, a mirar el cielo de Madrid, sin ovnis! 😉. Se refería a la patrulla acrobática Águila, que voló sobre Madrid con motivo de la festividad del 12 de octubre. Con todo ese trasiego de aviones y helicópteros sobrevolando el centro de España, resultaría verosímil suponer que una aeronave, ensayando el día anterior, se perdiese y se metiese donde no le correspondía. Ni AENA ni Defensa han reconocido el hecho, pero si hubiesen metido la pata dejando que un avión militar se metiese en un pasillo de aviación civil, pasando a pocos kilómetros de aviones comerciales, ¿no preferirían callar? 2) Vehículos espías. En relación con lo anterior, supongamos que, bien España, bien Estados Unidos, estuviesen haciendo pruebas con aeronaves espía (bueno, ahora las llaman “de observación”). Podría tratarse de un dron norteamericano no tripulado (ahora que estamos a partir un piñón con Obama y vamos a formar parte de su escudo antimisiles, vaya usted a saber qué más les estamos permitiendo) o bien un aparato de fabricación española. Esta hipótesis tiene la ventaja de que explicaría la ausencia de detección en tierra: un vehículo lo bastante pequeño, especialmente si tiene tecnología furtiva, apenas daría senal en el radar.

3) Fallos técnicos. Entra dentro de lo posible que los aviones captasen un eco falso. Desde ataques electrónicos deliberados hasta meros fallos técnicos de los radares de proximidad, hay diversas explicaciones. Puede que la zona por donde pasaron tuviese condiciones meteorológicas anómalas. Que fallen tres radares de proximidad, correspondientes a aviones de distintas compañías, es algo raro, pero no inusitado. El problema es que habitualmente pensamos en un radar como en algo infalible, que solamente capta ecos cuando los hay. Y no siempre es el caso. Hay que tener cuidado con los ecos fantasma. Ni los radares en tierra ni los de proximidad montados en aeronaves civiles son infalibles.

Lo cierto es que, si tomamos una situación anómala pero natural, y lo salpicamos con testimonios de testigos, sospechas, teorías no probadas y un poquito de misterio, el caldo se convierte en un jugoso plato que aparentemente no tiene explicación normal. Aquí es donde entran los extraterrestres, las conspiraciones militares, los hombre de negro y el póster “yo quiero creer” que el agente Mulder tenía en su despacho.

Y aquí entra mi caso personal. Más que mío, de un pariente cercano. Ocurrió en los años setenta, y si no afino más es porque la información que tengo del caso es poco exacta. Hubo una época en la que el diario IDEAL de Granada estuvo sacando historias sobre avistamientos OVNI casi a diario. Los testigos hablaban de cómo, mientras conducían o paseaban de noche, eran perseguidos por objetos voladores no identificado. Algunas veces lanzaban destellos regulares, otras veces se hacían ver mediante señales sin patrón conocido. Hubo quien afirmó haberse introducido en el bosque, intentando esquivar a los misteriosos entes volantes. Al cabo de un mes, una pequeña nota de prensa indicaba que los OVNIs eran realmente globos meteorológicos lanzados desde una estación del CSIC.

La verdad, amigos míos, es mucho más divertida. Volvamos a los años setenta. En aquella época, de convulsión económica y crisis sin fin, mi padre y sus compañeros tuvieron que encerrarse en su lugar de trabajo para reclamar mejoras salariales y estabilidad laboral. Durante unos días, no supe nada de él. Muchos años después, me contó la participación que tuvieron en la invasión OVNI de Granada.

Resulta que mi padre era geólogo del CSIC, y trabajaba en la Estación Experimental del Zaidín. Según me comentó, el principal problema que tenían los encerrados era el aburrimiento. Alguien decidió entretenerse mediante el sencillo procedimiento de tomar unas bolsas de basura de plástico, llenarlas de helio, atarles una pequeña luz, y lanzarlo a ver dónde iba. Durante varios días estuvieron jugando con sus improvisados globos, y cavilando modificaciones. Una de las más diabólicas era incluir un microprocesador para que los destellos de luz fuesen aleatorios (recuerden que estamos hablando de los años 70).

Imagino que mi padre se partiría de risa cuando, algunos días después, descubrieron la que habían montado. Sin apenas darse cuenta, prácticamente tenían la ciudad histérica, con los granadinos comprando el diario IDEAL cada mañana y preguntándose dónde aparecería el próximo OVNI. Para tranquilizar a la gente, enviaron una nota de prensa en la que mintieron como bellacos con la historia del globo meteorológico. Lógico: si llegan a decir la verdad y reconocer que todo eso lo habían montado un puñado de científicos aburridos, gamberreando con globos de basura llenos de helio, la gente hubiera asaltado la Estación.

Durante mucho tiempo he querido investigar la historia a fondo, obtener fechas, testimonios, recortes de prensa. Por desgracia, dejé pasar el asunto. Mi padre murió hace años, y ya no puede contarme más detalles. Pero creo que recordaré siempre el período en el que un padre salió por la puerta de mi casa, y cuando volvió se había convertido en un creador de OVNIs.

Así que ahora me pregunto: ¿quién estará partiéndose de risa ahora, viendo lo que Cuarto Milenio ha montado a partir de su pequeña travesura?

seminariofdp

Como recordarán algunos de mis fieles, Física de Película es un Proyecto de Innovación Docente patrocinado por la Universidad de Granada. Este blog, aun sin ser parte de dicho proyecto, es una especie de “spin-off” informal en el que vuelco todo lo que me pasa por la mente al respecto. De hecho, al volver al leer el post sobre el efecto Coriolis, me sorprendió el comprobar que era casi igual a la explicación que hice en clase hace pocos días.

Durante dos cursos académicos, he estado usando Física de Película para intentar que mis alumnos de Química aprendan, y recuerden en el futuro, algo de Física General. A tenor de los resultado, parece que está teniendo éxito. Hoy mismo, han podido comprobar que la bomba nuclear que usa Bruce Willis en Armageddon no consigue mover el asteroide más que unos pocos metros.

Me alegra poder comunicaros que hoy la Universidad de Granada ha decidido prorrogar el proyecto un año más. El dinero asignado no es mucho, aunque me permitirá mejorar los materiales del proyecto en algunos aspectos. Pero lo mejor es el proyecto en sí. Que mi Universidad apueste así por una forma innovadora de enseñar en clase, siguiendo la tan cacareada moda de Bolonia sobre la innovación y la excelencia docente, y que lo haga por tres años consecutivos … bueno, es algo alentador. Muy alentador. Ser profesor universitario es algo duro, a veces decepcionante, a veces agotador. Menos mal que también tiene sus compensaciones.

Estoy contento. Mucho.

Ah, y los que quieran obtener una copia del proyecto (de pago fuera de la Universidad de Granada) que se pasen por aquí. Si sois alumnos de otra Universidad, pedid al profe que os lo compre.

C31

El método científico funciona, entre otras cosas, porque cualquier teoría es válida solamente en la medida en que los datos experimentales la soporten. En cuanto encontramos que la naturaleza no se comporta como dice la teoría, valen dos únicas alternativas: o no hemos medido bien, o la teoría tiene fallos. En ambos casos, nuestros conocimientos sobre el cosmos se hacen más precisos.

Una de las consecuencias más conocidas de la Teoría de la Relatividad de Einstein es que nada puede viajar más rápido que la luz en el vacío. Lo hemos comprobado por activa y por pasiva, con resultado positivo. Recientemente, sin embargo, un experimento europeo ha puesto en duda esa afirmación. Un tipo de partículas llamadas neutrinos parecen haber recorrido una distancia en menos tiempo del que hubiera invertido la luz. A la espera de confirmar o refutar la validez de esos datos, lo cierto es que resulta un caso de libro de método científico: experimentación, formulación de hipótesis, verificación, comunicación. De eso hablamos hace poco por estos lares.

El experimento ha consistido en la medición de la velocidad de unas partículas llamadas neutrinos, que son el equivalente del monstruo invisible que los niños inventan para convencer a sus padres de que alguien (¡no ellos!) se ha comido las galletas y ha mojado la cama. En 1930, los físicos de partículas tenían un problema similar. El neutrón, al desintegrarse, da lugar a un protón y un electrón, y durante el proceso parte de la energía desaparecía. Wolfgang Pauli tuvo el valor de intentar explicar esta discrepancia postulando la existencia de una tercera partícula, invisible e indetectable, que se llevaría la energía restante. Por supuesto, sus colegas se rieron de él, pero al final el tiempo le dio la razón: el neutrino, sin carga eléctrica ni apenas masa en reposo, fue descubierto casi tres décadas después.

Desde entonces, esta esquiva partícula ha estado envuelta en el misterio. Es extraordinariamente difícil de detectar, ya que apenas interacciona con la materia. Dispare usted mil neutrinos contra una lámina del grosor de nuestro Sistema solar, y sólo uno de ellos será absorbido (a pesar de lo cual, en la película 2012 se le achaca nada menos que la destrucción de la humanidad, cosa que no es, en absoluto, creíble). La única forma eficaz de detectar neutrinos es hacer un gran agujero bajo tierra, llenarlo con gran cantidad de detectores, confiar en que haya cerca una gran fuente de neutrinos, y hacer como en la película Casablanca: esperar, esperar, esperar.

Uno de tales experimentos se llevó a cabo en Europa durante los últimos años. El detector, conocido como OPERA (Oscillation Project with Emulsion-tRacking Apparatus), estaba ubicado en el Laboratorio Nacional del Gran Sasso, en Italia. Como fuente, nada mejor que el colisionador franco-suizo del CERN, a 730 kilómetros de distancia, donde un haz de protones colisiona con un blanco de grafito para producir grandes cantidades de neutrinos de alta energía. Puesto que los neutrinos viajan casi a la velocidad de la luz, alguien pensó en utilizar el CERN y el Gran Sasso para medirla con precisión. La física, de primer curso, no puede ser más elemental: velocidad igual a espacio dividido por tiempo.

Los resultados arrojan un resultado sorprendente: la velocidad de los neutrinos es superior a la de la luz. Si hubieran hecho una carrera contra un rayo gamma, lo habrían dejado atrás por casi veinte metros. Los principales medios de comunicación se hicieron eco de la noticia. El tío de las camisetas, vencido por un experimento. La teoría de Einstein, en entredicho. Se ha hablado mucho sobre la posibilidad de poder viajar en el tiempo, algo a lo que se apuntó hasta (no se rían, señores) Iker Jiménez.

Hubo quienes, con más imaginación que sesos, aprovechó el tirón mediático del experimento para criticar a la ciencia “oficial” y arrimar el ascua a su sardina: si una teoría tan firme y establecida como la Relatividad de Einstein resulta ser errónea, afirmaban algunos, eso significa que a lo mejor el creacionismo, o la negación del cambio climático, o (inserte su teoría parapsicológica aquí) pueden estar en lo cierto. Vean un ejemplo en el Wall Street Journal, sin ir más lejos. Bien, pues malas noticias para ellos todos: ni está demostrado que el experimento sea correcto, ni pasaría nada en caso de serlo.

Volvamos a nuestra ecuación básica: v=e/t. Velocidad igual a espacio dividido por tiempo. El primer paso consiste en determinar la distancia entre la fuente de neutrinos y el lugar de la detección, con el menor error posible. Una campaña geodésica llevada a cabo en 2010 arroja un valor de la distancia con un error de 20 centímetros. Esta medida ha sido actualizada gracias al sistema GPS, permitiendo así corregir variaciones de la distancia debidas a dilataciones térmicas o movimientos sísmicos. De hecho, el terremoto de la región de L´Aquila en 2009 produjo un desplazamiento de casi diez centímetros, que fueron cuidadosamente registrados por los instrumentos del Gran Sasso.

A continuación, viene la parte difícil: determinar el tiempo de vuelo de los neutrinos. Sí, tenemos grandes medios, pero la tarea es hercúlea. Piénselo bien: hemos de cronometrar el vuelo de partículas prácticamente indetectables, que viajan a casi la velocidad de la luz.

El primer problema consiste en la naturaleza fantasma de nuestros corredores. De los aproximadamente diez trillones de neutrinos lanzados hacia el Gran Sasso, apenas fueron detectados unos 16.000, y eso a lo largo de tres años. Eso hace imposible fijarse en un neutrino en concreto, de modo que se llevaron a cabo técnicas estadísticas: se medían la distribución temporal de los protones en un extremo, y se intentaban correlacionar con la de los neutrinos medidos en el otro extremo. Eso introduce errores estadísticos, pero pueden calcularse y controlarse.

En segundo lugar, tenemos el problema de medir el tiempo con precisión. El sistema de receptores GPS usados en el CERN proporcionaban una precisión de unos 100 nanosegundos (milmillonésimas de segundo), que aunque impresionante resultaba insuficiente. Tuvieron que utilizar dos relojes atómicos, sincronizarlos, enviarlos a ambos extremos del experimento y calibrar cuidadosamente hasta el último detalle. Incluso algo tan trivial como conectar dos elementos del sistema de medida con un cable de cobre ligeramente más largo introduciría errores inaceptables. Para partículas que se mueven a casi la velocidad de la luz, medir correctamente el tiempo es esencial.

Tras un sinfín de experimentos, calibraciones y comprobaciones, llegan los resultados. Y he ahí lo sorprendente. Según los datos, los neutrinos llegan a una velocidad que es un 0.0025% mayor que la de la luz. Más aún, los neutrinos de alta energía parecen ser más veloces que los de energía baja, lo que podría indicar una dependencia de la velocidad con la energía. Pero estos datos no son significativos, porque entran dentro de los errores experimentales. Lo que sí sabemos es que el tiempo de vuelo, medido de la forma más cuidadosa posible, nos indica una velocidad superlumínica para los neutrinos.

¿Por qué, entonces, la comunidad científica sigue reacia a coger el marro y tirar abajo el edificio de la relatividad de Einstein? Aparte de que le tenemos cariño al tito Albert (para qué negarlo), el hecho es que su teoría ha funcionado perfectamente hasta ahora. Las propias señales de los satélites GPS, que usted y yo usamos cuando queremos saber dónde estamos, incorporan correcciones relativistas. Queramos o no, la relatividad funciona, y hasta ahora no había indicios de que tuviese fallos.

Existen, por otro lado, evidencias experimentales de que los neutrinos no son superlumínicos. En 1987, una gran supernova apareció ante nuestros ojos en la Nube Mayor de Magallanes. Dos laboratorios, uno en Japón y otro en Estados Unidos, detectaron un chorro de neutrinos procedente de la explosión. Los neutrinos fueron detectados unas tres horas antes que los fotones, lo que para un trayecto de 170.000 años de duración es prácticamente nada. Las observaciones de 1987 concluyen que la velocidad de los neutrinos es prácticamente igual a la de la luz. De hecho, se especula con que los fotones llegaron ligeramente retrasados porque fueron frenados por los restos de la explosión, mientras que los fantasmagóricos neutrinos los atravesaban sin detenerse. Sin embargo, si la velocidad que arroja el experimento CERN-Gran Sasso fuese correcta, los neutrinos deberían haber llegado de la supernova cuatro años antes.

Más recientemente, en 2007, un experimento similar realizado en el Fermilab de Estados Unidos mostró que la velocidad de los neutrinos difiere de la de la luz en menos de un 0.01%. Los datos sugieren neutrinos superlumínicos, pero en este caso los márgenes de error son demasiado grandes para afirmarlo con seguridad.

Por todo ello, diversos científicos están ya escribiendo artículos en los que buscan posibles fuentes de error. Uno de ellos, Carlo Contaldi, sugiere que los dos relojes atómicos usados en ambos extremos no estaban bien sincronizados. El argumento de Contaldi se basa en el hecho de que el tiempo corre con mayor o menor rapidez según sea el valor del campo gravitatorio local. Si sube usted su reloj atómico a lo alto de una montaña, o se lo baja a la playa, atrasará o adelantará en cantidades muy pequeñas pero medibles. De esa forma, tanto la diferencia gravitatoria entre el CERN y el Gran Sasso como incluso el trayecto usado para llevar los relojes atómicos a su destino podrían haber introducido pequeñas desincronías.

Este argumento ya ha sido criticado por uno de los investigadores del Gran Sasso, quien afirma que Contaldi no ha entendido bien cómo los dos relojes atómicos han sido sincronizados. En descargo de Contaldi, hay que reconocer que el artículo original sobre los neutrinos superlumínicos no es muy claro en ese punto. Sin embargo, este es tan sólo el primero de muchos artículos que, durante los próximos meses, examinarán hasta el menor detalle cada aspecto del experimento en el que se puedan haber ocultado fluctuaciones o errores. No tienen que ser muy grandes. Recordemos que estamos hablando de una medición donde el error relativo es del orden del 25% Cualquier duda o imprecisión sería suficiente para que los neutrinos superlumínicos pasasen de asesinos confesos a meros sospechosos.

Quizá por eso los 174 investigadores del artículo de marras han tenido mucho cuidado de no ir más allá de donde pueden, y lo terminaron afirmando con rotundidad que “deliberadamente, no hemos intentando ninguna interpretación teórica o fenomenológica sobre los resultados” O, dicho en román paladino: aquí están los resultados, si no les gustan, busquen el error ustedes mismos.

Pero ¿y si, a pesar de todo, resulta que el experimento es válido y realmente hay partículas más veloces que la luz? En ese caso, entraremos en una era fascinante. Incluso en estos momentos, científicos de todo el mundo estarán modificando la teoría de Einstein para adaptarlas a los nuevos resultados. Eso no significa que haya que tirar abajo el edificio relativista entero. Los físicos seguimos enseñando en clase la teoría gravitatoria de Newton. ¿Por qué? Pues porque es muy sencilla, y en la mayoría de casos de interés da buenos resultados. Puede que a la Relatividad le suceda lo mismo. Tal vez haya que modificar el límite superior de velocidad. Quizá haya que hacer un rango de límites, dependiendo de la masa de la partícula. Como argumento de ciencia-ficción tiene posibilidades, aunque el visionario Isaac Asimov ya se nos adelantó a todos hace medio siglo.

Lo que no van a hacer los físicos es rasgarse las vestiduras. En ciencia, estar equivocado es a veces más revelador que estar en lo cierto. El propio Asimov afirmó en cierta ocasión que la expresión más emocionante en ciencia no es “eureka” sino “hmm, esto tiene gracia.” Si el experimento del Gran Sasso nos hubiera dado neutrinos sublumínicos, no habría llegado a las primeras planas de los periódicos. En cambio, ahora hemos de replantearnos todo, incluso la posibilidad de desmontar toda la teoría de la relatividad. Personalmente, creo que nada nos vendría mejor que ese “Stay hungry” del que nos habló Steve Jobs hace algunos años. Sigue hambriento. No des nada por sentado. La base de la ciencia, pura y dura.

2011_10_23 Marte y fisicos

Hace algunos días, apareció en el excelente blog de Phil Plait (Bad Astronomy) un interesante artículo titulado Los científicos son de Marte, el público es de la Tierra que trata acerca de la forma en que la gente de ciencia hablamos en ocasiones. Ya se habrán dado ustedes cuenta cómo ciertos términos significan cosas distintas según las cuente un economista, un político o el taxista del barrio. Cada uno usa el lenguaje a su modo, y lo que para el hombre de la calle es una crisis económica, para los expertos en el tema es una mera desaceleración.

El hecho es que si un científico habla de la gravedad cuántica aplicada a los agujeros negros en proximidad a un generador de energía de punto cero, es muy posible que usted no se entere ni del idioma en el que habla. Sin embargo, incluso el lenguaje cotidiano significa cosas distintas según lo usen científicos o legos.

El artículo de Phil Plait me llamó especialmente la atención porque yo tengo el mismo problema. En clases de Física, debo advertir a mis alumnos de que ciertas palabras se usan en clase de forma distinta a como se hace en la calle. Por eso, permítanme ustedes que introduzca algunos términos de uso cotidiano cuyo significado cambia notablemente cuando los utilizan los científicos.

Empezaré por la palabra despreciable. Es un término peyorativo a más no poder. Una persona despreciable está solamente un punto por encima de pederastas, violadores y ejecutivos de agencias de rating. Sin embargo, en ciencia se utiliza para indicar que algo no es un factor relevante. Si examinamos la caída libre de un cuerpo, “despreciamos” el efecto del rozamiento con el aire; la solución del movimiento de un objeto colgado de un muelle simple presupone que hemos “despreciado” la masa de éste. Es decir, para los científicos despreciar es algo así como descartar algo irrelevante. No es nada personal, sólo ciencia.

Otra palabra con connotaciones morales evidentes es normal. Lo utilizamos habitualmente para indicar algo vulgar y corriente, que no se sale de la normal. Cuando una situación es normal, todo va como debe ser. Según eso, una fuerza normal debería ser una fuerza que no tiene nada de extraordinario. Nada más lejos de la realidad. En matemáticas, la palabra normal tiene el significado de perpendicular. Dos vectores normales son aquellos que forman un ángulo de 90 grados. Constantemente hablamos de “fuerza normal a la superficie,” sin esa consideración de rareza.

Ojo al siguiente ejemplo, porque tiene truco. Yo suelo usarlo en clase como sinónimo de táctica o método. Por ejemplo, si un problema es muy difícil en coordenadas cartesianas, diría algo como “pero si hacemos el truco de pasarlo a coordenadas polares, entonces es fácilmente resoluble.” No tiene el significado de algo con trampa o engaño. Dice Phil Plait, que cuando el “Climagate” (en el que supuestamente un conjunto de emails de una universidad inglesa parecía sugerir que el cambio climático era un camelo), uno de los argumentos usados por los negacionistas era el extenso uso de la palabra “truco.” Estoy de acuerdo, y lo reafirmo: para los científicos, el término truco no es engañoso ni oculto.

En un país con más de cuatro millones de parados, hay que estar atento al significado del término trabajo. Para el hombre de la calle, trabajo es lo que tiene una persona cuando está realizando una ocupación remunerada. Pero en Mecánica, el trabajo es una magnitud que relaciona la fuerza aplicada y la distancia recorrida. Evidentemente, hasta mis alumnos reconocen enseguida que eso no es el trabajo de que hablan los políticos. Sin embargo, sí hay que cuidar de no confundirlo con otros términos como esfuerzo físico. Si usted me coge en brazos, me lleva a París y luego me trae de vuelta, seguro que acabará bastante cansado; pero, desde el punto de vista mecánico, no habrá realizado ningún trabajo. Es muy importante que los alumnos aprendan esa diferencia, y que hay situaciones en las que hay grandes fuerzas involucradas pero en las que no se realiza trabajo alguno.

Permítanme que vaya ahora al estudio de mis investigaciones. Estoy ayudando a desarrollar métodos para detectar partículas en suspensión en la atmósfera. Algunas de ellas son antropogénicas (generadas por el hombre), y otras son de origen natural (sales en suspensión, cenizas volcánicas, polvo del desierto). A ese sistema de partículas se le llama genéricamente aerosol. No obstante, para los no científicos un aerosol es lo que tenemos en una lata de spray. Ahora creo que entiendo por qué, cuando explico que estoy estudiando aerosoles atmosféricos, alguna gente me pone esa cara tan rara. Es ese tipo de cosas que todo el mundo cree conocer, y que luego resulta que no.

Un concepto que suele usarse mal en el habla cotidiana es el de calor. En Termodinámica, calor es un tipo de energía en tránsito entre dos cuerpos a distintas temperaturas. Un cuerpo no tiene calor, sino que lo absorbe o lo cede, pero constantemente oímos en los informativos hablar de calor como si fuese temperatura. Decimos habitualmente que “hace más calor” en lugar de “aumenta la temperatura.” Eso no es intrínsecamente malo (más allá de un abuso del lenguaje), pero cuando oigo hablar de “treinta grados de calor” empiezo a pensar que algunos periodistas son no de la Tierra, sino de Plutón.

Y ya que hablamos de los periodistas, ¿por qué se los llama así? Pues porque trabajan en periódicos. En ciencia, un fenómeno periódico es algo que se repite con el tiempo. Los periódicos se llaman así porque salen de forma regular, con un “período” de un día. Según eso, las revistas y demás publicaciones semanales o mensuales también deberían llamarse periódicos. Y lo son desde un punto de vista matemático, aunque por otros motivos editoriales se les da un nombre distinto. El ABC y Público son periódicos, pero también lo son un péndulo, las fases de la Luna o las celebraciones de Año Nuevo. De hecho, chicas, y esto no es un chiste: ¿qué es lo que os viene cada treinta días, más o menos? ¡El período! Y cuando no os viene con regularidad, es decir, cuando el período no es periódico, os ponéis muy nerviosas. Y repito, no es un chiste, es matemática.

Otro pequeño abuso de lenguaje, perdonable hasta cierto punto, es el que confunde masa con peso. La masa es una propiedad del cuerpo, constante haga lo que haga éste (al menos, hasta que vino Einstein a liarla), en tanto que el peso es la fuerza con que la Tierra, u otro cuerpo, atrae un objeto con masa. Cuando nos pesamos, la balanza iguala nuestra fuerza peso con la fuerza elástica de un muelle, y eso se convierte en un movimiento de la aguja en una escala graduada. Por abuso de lenguaje, decimos “peso 90 kilos” cuando deberíamos decir “siento un peso equivalente a la masa de 90 kilogramos.” Para clarificar las cosas, alguien inventó el kilopondio como una fuerza igual al peso sobre un kilogramo. De ese modo, podríamos decir “peso 90 kilopondios” en forma correcta.

Pero vamos, entre usted y yo, creo que eso nos liaría más la cosa. Limítese a creer que tiene usted una masa de 90 kilos. Y un consejo: si quiere adelgazar, no tiene más que irse al Ecuador. Allí, el peso aparente es menor y la báscula le dará un respiro. En la Luna, su peso sería un sexto del que siente ahora en la Tierra, y en la Estación Espacial Internacional su peso sería cero. Eso sí, a lo mejor lo que quiere usted no es perder peso … sino perder masa.

En el laboratorio, lo primero que aprenden mis estudiantes es a cometer errores. En ciencia, un error es simplemente la diferencia entre el valor medido de una cantidad y su valor real. Es difícil diferenciarlo de la concepción clásica de error (equivocación, acción desacertada). Un político puede gestionar mal una emergencia, o una crisis económica, y cometer con ello un error (que, como ya sabemos, nunca reconocerán). En las historias de robots de Isaac Asimov, la empresa US Robots tenía un eslógan tajante: ningún empleado comete el mismo error dos veces, a la primera vez es despedido.

Por contra, un científico no solamente puede tener un error, sino enorgullecerse de ello. Es muy importante saber en cuánto podemos habernos equivocado, y a veces es incluso más importante conocer bien el error que el propio valor medido (que se lo digan a los chicos de los neutrinos superlumínicos).

Y es que, a la hora de medir cantidades, siempre tenemos incertidumbres. Siempre que medimos algo, tenemos un margen de error. Parte de ese error es debido a un “error” (equivocación) del observador, pero también hay otras fuentes de incertidumbre: el instrumento de medida tiene un límite de sensibilidad, el laboratorio puede estar sometido a vibraciones o campos eléctricos externos, el científico puede tener un mal día y medir mal. Quizá por ello, en algunos ámbitos científicos se comienza a hablar de incertidumbre en lugar de error. Sin embargo, el término “teoría de errores” está muy arraigado, y de hecho una acepción del término error es “diferencia entre el valor medido o calculado y el valor actual” (Real Academia dixit), en tanto que la incertidumbre tiende a hacernos pensar en le principio de Heisenberg y la Mecánica Cuántica. Con su permiso, creo que seguiremos hablando de teoría de errores, en lugar de incertidumbres.

Una equivocación que me divierte especialmente es la relativa al término densidad. La densidad es masa por unidad de volumen. Y en ocasiones se confunde densidad con peso. El plomo es más denso que el agua, pero en un lugar determinado una tonelada de agua pesa más que un kilogramo de agua. Por eso pulula aún esta pregunta-trampa: ¿qué pesa más, un kilo de hierro o un kilo de paja? Y es pregunta trampa en varios niveles. Si hablan de “kilopondio” (unidad de fuerza), ambos kilopondios serán iguales por definición. Si habla de masa, las dos masas también serán iguales. Sin embargo, si nos llevamos el hierro a la Luna, un kilogramo de hierro allí pesará menos que un kilogramo de paja en la Tierra. Y para liarla más, si los pesamos en la Tierra parecerá que la paja es más ligera, porque el empuje de Arquímedes (hecho por el aire) es mayor en ese caso.

Para liar aún más los conceptos, en los anuncios viene la chica del futuro, o el payaso de colores, a vendernos un producto de limpieza que supuestamente es mejor porque “es más denso” y, por tanto, debemos deducir que tiene mayor poder limpiador. Para demostrarlo, vuelcan la botella y vemos cómo el producto de marras fluye muy lentamente, de forma pastosa. Sin embargo, no es que la lejía del futuro sea más densa porque tenga una base de plomo. La propiedad que nos están vendiendo, ese fluir pastoso que vemos en la pantalla, no es densidad sino viscosidad. La viscosidad es la propiedad que hace que los fluidos fluyan mejor o peor.

¿Recuerdan la polémica sobre el Prestige y los hilillos de plastilina? El petróleo se mantenía a alta temperatura para disminuir su viscosidad, así podría ser transferido más fácilmente a las tuberías de los sistemas de almacenamiento. Cuando se hundió el Prestige, se pensó que, a esa profundidad, la temperatura bajaría con rapidez. De ese modo, el frío y enormemente más viscoso petróleo se quedaría en el interior del pecio, petrificado en un solo. Desgraciadamente, nadie tenía datos precisos sobre el enfriamiento y la viscosidad del petróleo a esas profundidades. El resultado: voluntarios, chapapote y nunca mais.

Pues el caso es que los vendedores de productos de limpieza intentan vendernos la moto de que los líquidos más pegajosos limpian mejor. Vale, allá ellos, pero ¿por qué no lo dicen bien? La pregunta creo que se contesta sola: intente vender usted un líquido limpiador diciendo “oh, miren qué viscoso es,” y vean caer las ventas en picado. Por lo visto, la densidad es un término glamuroso; la viscosidad, no.

Hay otros términos que uso en clase, y que no se corresponden con los del habla cotidiana, pero lo dejaremos de momento. Acaba de llegar mi hermana de Alemania, acontecimiento de peso que suele suceder de forma más o menos periódica, y no quiero cometer el error de quedar como un hermano despreciable, así que nos tomaremos un café bien caliente y denso. Todo normal.

C10

Las grandes instalaciones científicas son usadas de modo habitual en muchas películas. Desde la serie de Antena-3 El Barco, que comienza con la destrucción mundial causada por un experimento del CERN, hasta la película de 007 Goldeneye, donde el malo de turno tiene su base secreta en la gigantesca antena radioastronómica de Arecibo, y pasando por las instalaciones de lanzamiento desde donde la NASA lanza los transbordadores contra mil y un asteroides asesinos, la lista es muy larga. Si hace algún tiempo vimos cómo Hollywood ha comprendido por fin la utilidad de llamar a un científico, parece que hay un “extra bonus” si, encima, colamos alguna instalación molona de alta tecnología.

Una de las más llamativas es el VLA (Very Large Array), que podríamos traducir como “cadena (o sistema) muy grande”. Se trata de un sistema de radiotelescopios ubicado en medio de ninguna parte, Nuevo Méjico. Sus 27 grandes antenas pueden proporcionar una resolución equivalente a la de un solo radiotelescopio de 35 kilómetros de diámetro. Ya ha salido en varias películas, algunas de las cuales puede que haya usted visto.

La primera, por supuesto, es Contact. Los espectadores (y los lectores del libro de Carl Sagan en que se basa la película) recordarán cómo la abnegada Eleanor Arroway se dedica a escudriñar el cielo, día tras día, en busca de señales de inteligencia extraterrestre. En una escena podemos ver a una doctora Arroway (interpretada por Jodie Foster) con grandes auriculares sobre sus orejas, la mirada soñadora, sentada en el suelo de la pradera. Teclea unos comandos en su ordenador, y de inmediato las antenas que hay tras de ella se mueven al unísono. Desde allí se reciben las primeras señales de otra civilización, se diseñan las tácticas a seguir; y allí es donde acaba la película, con nuestra doctora dando una clase de campo a los niños.

Si le suena la clase, es porque ya la hemos leído antes. El propio Carl Sagan aparece junto al VLA al final del documental El filo de la eternidad, el que hace el número de 10 de su nunca bien ponderado Cosmos. En mi copia del libro, el VLA aparece en la página 261, curiosamente traducido como “Dispositivo de Muy Gran Amplitud.”

El VLA también aparece en 2010, Odisea Dos, una película que pretende ser una secuela de la obra de Kubrik. Comienza con imágenes del radioobservatorio en todo su esplendor. El doctor Floyd, antiguo presidente del Consejo Mundial de Astronáutica, trabaja ahora allí, como “rector de la Universidad”. Caído en desgracia por la pérdida de la Discovery, se entretiene haciendo nadie sabe bien qué. En un mundo dominado por una guerra fría en proceso de calentamiento, el VLA sirve para poco más que para presentar a Floyd con un nuevo enigma. No les cuento el resto por si desean ver la película (cosa que, ya les digo, se pueden ahorrar si quieren).

Con un poco más de respeto, y una pizca de humor, nuestro VLA aparece al comienzo de Independence Day. Allí aparece bajo el epígrafe de “S.E.T.I., Nuevo Méjico, Instituto para la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre.” En este caso, el modo de trabajo es algo menos serio que en Contact. Un becario (o así) aburrido juega al minigolf en su puesto de trabajo, mientras suena de fondo It´s the End of the World as we Know it (“es el fin del mundo tal y como lo conocemos”) de los REM. Suena un pitido de aviso, y a partir de ahí todo el mundo se pone en acción. Los alienígenas vienen de camino.

Hay un par de películas más en las que aparece. En Armageddon, aparece brevemente siguiendo la trayectoria del asteroide. O al menos, eso dice la Wikipedia. Yo no he podido confirmarlo (y lo siento, pero me niego a ver a Ben Affleck otra vez cantando como un adolescente). De nuevo según la Wikipedia, también aparece en Terminator Salvation, donde se supone que es un centro informático de Skynet. En este caso, sin embargo, discrepo de tal afirmación. Es cierto que lo han intentado asemejar al VLA, pero si ven los fotogramas iniciales verán que se le parece bien poco. Aun así, los cineastas lo consideraron una instalación futurista, que valía la pena introducir en el mundo futuro.

Sin embargo, el VLA cumple con misiones de observación científica mucho más prosaicas. Recientemente, se ha terminado un gran proyecto de modernización que lo ha colocado en el siglo XXI (a tiempo para avisarnos de apocalipsis alienígenas y asteroides asesinos). Y para celebrarlo, nada mejor que bautizarlo a lo grande. Por lo visto, eso de llamar “sistema muy grande” a un sistema que es muy grande les parece ligeramente autoalusivo. Puede que le tengan envidia al telescopio espacial (Hubble), quién sabe. El caso es que buscan nombre. Y quieren nuestra colaboración.

Ha leído bien. El NRAO, propietario del cacharro, quiere que le ayudemos a poner nombre al VLA. En la web namethearray.com están recogiendo ideas para un nuevo nombre. El nombre finalmente escogido será anunciado el próximo 10 de enero en una reunión de la American Astronomical Society.

Desde esta web, nos apuntamos al concurso (sin premio) y os animo a todos vosotros a participar. Nuestra elección, por motivos obvios (pero que podéis añadir vosotros mismos en los comentarios) es, tachán, tachán …

2011_10_17 Sagan y VLA

y creo que sobran las palabras.

namethearray.com

Venga, todos a votar. Larga vida al Carl Sagan Very Large Array.

iker jimenez

El nombre de Iker Jiménez les sonará tanto a los amantes del misterio y la fantasía como a los científicos serios. Es un señor que se ha cobrado fama mediante la divulgación de temas relacionados con la parapsicología, los exorcismos, los viajes astrales y la ufología, por nombrar sólo algunos. Presenta en la cadena de televisión Cuatro el programa “Cuarto Milenio,” y aparece en prensa escrita con frecuencia.

Con esa temática, no es de sorprender que la comunidad científica escéptica se ponga de uñas cada vez que oye su nombre. No se trata tan sólo que hable de pseudociencias como si fuesen una rama de la Física, sino que en más de una ocasión le han pillado (a ver cómo digo yo esto sin arriesgarme a una querella) con una metodología muy imaginativa. Eso es. Imaginativa.

Entre los casos más sonados, podemos reseñar:

– La alerta OVNI de 2004. En dicho año, Iker Jiménez convocó a numerosas personas para una noche de observación en busca de OVNIs. ¿El problema? Pues que muchos de los participantes (e instituciones participantes, como los planetarios de Madrid y Pamplona) creían que estaban en una noche de observación astronómica, sin más. Iker los llama, consigue el respaldo de instituciones científicas serias, hace fotos … y luego aparecen como esos lunáticos de Independence Day que esperaban a ET en el tejado del edificio.

– Los fantasmas de Ávila. Iker Jiménez se planta en el camposanto de un pueblecito abulense llamado Navalperal de Pinares, y consigue fotografiar imágenes fantasmagóricas de dos fantasmas. Pero por lo visto no sabe lo que son los datos EXIF, porque enseguida se demostró que las fotografías habían sido retocadas con Photoshop. Pueden leer ustedes todos los detalles aquí. El fraude fue tan patente que, según he leído, el propio Jiménez tuvo que reconocerlo. Eso sí, del dinero que ha ganado con la polémica, seguro que no ha soltado un duro.

– Ya en 1997, Iker Jiménez asegura en la revista Enigmas que las caras de Bélmez son auténticas. Sólo tienen ustedes que googlear un poquito para enterarse de lo “auténticas” que son esas caras.

– Y, para no cansarles, he aquí un enlace al “Dossier Iker Jiménez” que ha elaborado en su honor el Círculo Escéptico.

Por aquello de “conoce a tu enemigo” (y yo entiendo como tal a aquellos que van de esa guisa, que no voy a calificar porque, de veras, no me gusta que me pongan querellas), hace poco me puse a seguirle por Twitter. Y me sorprendió que, en su mayor parte, hablaba de temas científicos. Ha remodelado su plató de televisión, al que llama “la nave del misterio,” y cuyo nombre me recuerda a esa otra nave de la imaginación. Y últimamente, en su blog (también llamado La Nave del Misterio), mezcla sus temas de siempre con otros de índole más puramente científica, como las pinturas de Altamira, la estructura del Universo, Chernobil o Félix Rodríguez de la Fuente. A veces cae en la tentación de atacar a los que se atreven a criticarlo, y por lo visto trata de inquisidores y Torquemadas a los que osan afirmar que el espectro electromagnético estará mejor sin su presencia.

Habrá quien crea que haya decidido cambiar de chaqueta y pretenda reconvertirse. Pero no se dejen engañar: en su último programa, sus temas de investigación iban del “enigma del cometa Elenin” a los “demonios blancos” (albinos africanos que Jon Sistiaga ha estudiado últimamente), pasando por las momias malditas de Cuenca. Y mientras tanto, presentan a su gente como “equipo de reporteros especializados en lo paranormal.” A cada uno lo suyo.

Pues el caso es que este aprendiz de divulgador serio, en pleno proceso de transformación de Jiménez del Oso a Carl Sagan, se ha interesado por esa noticia que saltó hace poco: el descubrimiento, en el CERN, de neutrinos con velocidades superiores a la de la luz. Prestos a darle el beneficio de la duda, me dispuse a ver su crónica (aquí la tienen: primera parte, segunda parte). Y lo cierto es que ha hecho un buen esfuerzo por explicar seriamente algo sin intentar meter verborrea paranormal. Lo que no significa que le haya salido un producto potable. Juzguen ustedes mismos.

El interés que tiene en la noticia está claro: los viajes en el tiempo. Este punto lo repite una y otra vez a lo largo del programa, imagino que para no se le parezca demasiado a un “Redes” de Eduardo Punset. Según la Teoría de la Relatividad, la máxima velocidad en nuestro Universo es la de la luz; como consecuencia, una partícula superlumínica podría estar viajando hacia el pasado. A partir de ahí, Iker Jiménez enlaza bonitos pensamientos (poéticos, los llama él) sobre cómo una hipotética civilización extraterrestre podría, en principio, salvar las distancias interestelares y plantarse aquí en un momento dado.

Me hizo mucha gracia un detalle nada más empezar. Al comienzo del programa, dice Iker que los viajes en el tiempo podrían ser posibles “gracias a estas partículas que están viendo,” mientras se ve una imagen por ordenador de unos supuestos protones girando en un acelerador de partículas. En otro punto del programa, mete a Dan Brown en “Ángeles y Demonios” sin venir a cuento. Detalles de poca importancia, pero los menciono por complitud. Por supuesto, si esos fuese lo peor del programa, ya podríamos darnos por satisfechos.

Iker se trajo a dos colaboradoras. La primera, Sonia Fernández-Vidal, presentada como “Física y Doctora en Óptica Cuántica” (cosa que no dudo). Ha trabajado en el CERN y en Los Álamos, lo que suena realmente bien, pero comienza metiendo la pata cuando dice: “han acelerado unos neutrinos 730 kilómetros, hasta el Gran Sasso.” El problema es que esos 730 kilómetros no son aceleración sino distancia (se refiere, realmente, a la distancia total recorrida), y en segundo lugar, los neutrinos no fueron realmente acelerados: se aceleraron unos protones, que al chocar produjeron mesones, que a su vez produjeron los neutrinos. Llámenme pedante, pero en una persona que se ha preparado para explicar algo en un programa pregrabado eso son detalles que deberían cuidarse, y como profe de Física Universitaria que soy, siempre procuro dejar los conceptos claros.

Tampoco es cierto que los neutrinos ganaron a las partículas de luz, ya que no hubo realmente una carrera: solamente corrían neutrinos, no fotones (lo digo para que, después de su explicación, nadie se confunda y crea que realmente metieron neutrinos y fotones en un tubo y se fijaron en cuáles llegaron antes). Llegó a calificar a los neutrinos como “fantasmas,” descripción bastante acertada y que queda muy bonito en un programa como el de Iker Jiménez; quien, por cierto, habló incontables veces de los viajes en el tiempo. En general, me dio la impresión de una persona que da bien en cámara, sus explicaciones son claras y accesibles, y parece saber de lo que habla. Y lo más importante, que sabe explicar las cosas.

El otro colaborador del programa fue José Manuel Nieves, director del área de Tecnología del diario ABC. Ya me pareció algo inquietante que llamaran al director de Tecnología y no al de Ciencia, ya que este es un tema eminentemente científico. No lo estoy llamando tonto, por supuesto, pero yo soy de Ciencia y apenas sé nada del nuevo iPhone. Quizá por eso no se metió en muchas honduras. No habló mucho sobre el experimento del CERN, pero al menos indicó que los resultados del CERN son susceptibles de error, y que después de tres años de trabajo se han sometido al resto de la comunidad científica para verificar o refutar sus datos. Comentó también sobree una posible solución, una especie de viaje por el hiperespacio que los científicos (¡y los escritores de ciencia-ficción!) conocen desde casi un siglo.

Mi sensación, en general, es que ambos colaboradores han sido fichados por Iker Jiménez para darle una pátina de seriedad y rigor al programa. Luego dejaron paso a una rubia, que bajó algo el listón. Al menos no habló de trending topics ni de Twitter, pero presentó los comentarios de algunos científicos escépticos (uno incluso prometió comerse sus calzoncillos si se confirma el descubrimiento), habló de conspiranoias, de las predicciones mayas sobre el 2012, mostró un ocurrente dibujo que convertía el 666 (el número de la bestia) en el logotipo del CERN, y presentó los resultados de una encuesta, según la cual el 56% de los votos afirman que se ha abierto las puertas de los viajes en el tiempo.

En cualquier caso, considero que hay al menos dos aspectos importantes que se dejaron en el tintero. El primero es la posibilidad de que hubiese fallos en el experimento. Aunque hablaron de ese punto, no le dieron mucha importancia, y lo cierto es que los detalles relativos a medir la velocidad de objetos lumínicos son fascinantes (podrán leer ustedes un artículo de este que firma, sobre el tema, en amazings y en mi blog).

El segundo es la insistencia en que, de confirmarse, eso conllevaría un cambio de chip radical y la posibilidad de viajar en el tiempo. Sin embargo, incluso de confirmase la validez del experimento, eso no significa que los neutrinos viajen realmente al pasado. Lo que afirma la Teoría de la Relatividad es que ninguna señal puede viajar más rápido que una velocidad límite. Einstein y otros postularon que esa es la velocidad de la luz, que es la más rápida que hemos verificado. Pero a lo mejor, se equivocaron. Quizá la velocidad máxima en nuestro Universo sea la de los neutrinos, y los fotones viajan a una velocidad levemente más baja. Quizá la velocidad de esas partículas dependan en forma compleja de su energía, su estructura o las condiciones del campo gravitatorio local. Existen formas de admitir la existencia de neutrinos superlumínicos sin necesidad de sacar a colación a viajeros del tiempo.

En general, me da la impresión de que Iker Jiménez intenta contentar a su público tradicional, ávido de misterio y explicaciones fuera de la ciencia, y al mismo tiempo ampliar el negocio con un nuevo “target.” Toma un asunto polémico y reciente y, sin tomar exactamente partido por él, lo trata de forma simple, sin entrar en el fondo, y sazonándolo todo con un pelín de misterio e incertidumbre. Si vendiera refrescos, diría que ha sacado una nueva bebida con la apelar a la sed de la gente de ciencia, mientras mantiene su clientela tradicional. Se esfuerza en ponerse serio, y el resultado se distancia mucho de sus obras más … hmmm … polémicas. La incógnita consiste en saber si su Ikercola Max podrá convivir en los estantes con la Ikerburbujas tradicional.

C21

Ha llegado septiembre, el terrible septiembre. La tarea de equipar a los niños para el cole (tarea logística equiparable en intensidad a poner a un hombre en la Luna) ya es una “misión cumplida”. Prepararme para mis propias clases tampoco es moco de pavo, y además parto en breve a un congreso científico, lo que significa papeles, preparativos y correr de uno a otro lado para tenerlo todo listo. Sólo espero que el esfuerzo valga la pena. A juzgar por lo que he visto, espero que así será. Y también espero que mis compis de Amazings me echen de menos, ya que también ellos se lo van a pasar en grande. Envidia me dan.

Pero antes de sumergirme en la vorágine de este nuevo curso que se me echa encima, no puedo menos que retornar a este vuestro blog. Llevo tanto tiempo de vacaciones que seguro que la presidenta Aguirre se me aparecerá en sueños para meterme la bronca por vago. El tema de hoy me lo ha proporcionado un tuitero que me ha incluido un enlace con el desafiante título de ¿Qué demonios es la ciencia? Aunque proviene de un blog muy fuera de mi estilo (se llama “La revolución naturista,” no os digo más), el provocador título del artículo no pudo menos que llamar mi atención. En él se menciona a Karl Popper y el llamado “problema de la demarcación,” referente a la dificultad de definir los límites de eso que denominamos ciencia.

Para mí, que llevo bajo la sombra de la ciencia toda la vida (y no es exageración, mi padre era geólogo del CSIC), la ciencia es algo muy cercano. Tanto, que nunca he tenido problemas en saber qué es. Sin embargo, la ciencia goza de tan buena fama que muchos otros polizones intentan subirse a su tren, a menudo sin pagar billete. Y no me refiero tan sólo a las pseudociencias, que pululan por ahí en busca de reconocimiento y de las que hay mucho que hablar, sino a las “ciencias” de todo tipo que proliferan como setas últimamente. En mi propia Universidad, hay varias licenciaturas (bueno, pronto serán grados) que se denominan ciencias pero que no tienen nada que ver con la Facultad de Ciencias. Tenemos Ciencias de la Salud (Enfermería), Ciencias Económicas, Ciencias Políticas Ciencias del Trabajo, Ciencias de la Educación, e incluso Ciencias de la Actividad Física y el Deporte.

Y la duda se extiende a otros estudios más o menos científicos. ¿Es la psicología una ciencia? ¿La frenología? ¿La homeopatía? ¿La parapsicología y el ocultismo? ¿Es algo científico lo que intenta hacer Iker Jiménez en sus programas? Constantemente nos habla de mediciones, psicofonías, grabaciones y todo tipo de parloteo tipo Cazafantasmas. Incluso intenta imitar en ocasiones a Carl Sagan ¿o por qué creen que llama a su plató de televisión “la nave del misterio”?). Puede que sí que nos haga falta una demarcación, siquiera somera, de qué entendemos por ciencia.

Cuando comienzo el curso, yo describo la Ciencia como “una rama del saber.” Supongo que, a estas alturas, incluso mis alumnos menos brillantes tendrán una idea de lo diferencia la Ciencia de, digamos, el arte o la religión. Pero como acto seguido les hablo de la Física, les describo el elemento que, en mi opinión, diferencia la Ciencia de lo que no es Ciencia. Hablo del método científico.

En mi opinión, la Ciencia es una rama del saber caracterizada por el uso de un método de búsqueda de la verdad muy concreto y definido. Es ese método lo que marca toda la diferencia. El método científico puede expresarse de varias formas. Yo voy a sintetizarlo así: observación, experimentación, formulación, comunicación, verificación. Estos pasos no siempre son secuenciales, sino que a menudo se solapan.

Y, como esto es Física de Película, voy a escoger como ejemplo ilustrativo La Amenaza de Andrómeda, una de mis pelis favoritas. Ojo, me refiero a la versión de 1971, no a la miniserie que perpetraron en 2008. Sinopsis: un satélite cae a la Tierra junto a un pequeño pueblo, y sus habitantes mueren casi todos en forma misteriosa. Un equipo de científicos se reúne en un laboratorio secreto del gobierno para examinar el satélite y los dos únicos supervivientes, determinar la causa de la muerte y diseñar una estrategia para evitarlo. Y vamos allá.

1) OBSERVACIÓN. Consiste en un examen crítico y atento de un fenómeno, tal cual se aparece ante nosotros. Una observación puede ser cualitativa (solamente fijarse en qué tenemos) o cualitativa (es decir, midiendo cantidades). Podemos observar con los sentidos, o bien usar cualquier instrumento de análisis para abarcar lo que el ojo no ve (infrarrojos, ultravioleta, rayos X, ondas sísmicas, etc.). Ese es el primer paso, y si todo va bien, no será el último.

Ejemplo Andrómeda. Aquí lo tenemos fácil. Los militares observan que la gente muere. ¿Cuál es el motivo? Una observación a distancia descarta la radiactividad. Dos científicos llegan al pueblo en helicóptero y comprueban que, en efecto, la gente muere. Todos han caído donde estaban, haciendo sus tareas habituales. No presentan muecas causadas por infartos, ni se les ha acumulado la sangre en la parte inferior del cuerpo. El brazo de uno de ellos muestra que la sangre se ha coagulado. No hay rastros de sangre. Cuando llegan al satélite, comprueban que alguien lo ha abierto. Aunque se formulan algunas hipótesis (paso 3), las observaciones son claras: hay algo mortal en este pueblo.

2) EXPERIMENTACIÓN. Este paso es una extensión del anterior. Un experimento es una observación, o serie de observaciones realizadas bajo condiciones controladas por el experimentador. No se trata de una observación pasiva, sino que en este caso el científico es el que pone las reglas. La experimentación nos permite inferir qué variables son relevantes en el experimento, y qué variables no lo son. Por ejemplo, ¿de qué depende el período de un péndulo? Si usamos muchas cuerdas y muchos objetos atados, comprobaremos que depende de la longitud de la cuerda, pero no de la masa del objeto que cuelga. Así, poco a poco, vamos estableciendo relaciones entre variables, lo que nos permitirá efectuar hipótesis (paso 3).

Ejemplo Andrómeda. Una vez el satélite está a salvo en el laboratorio Wildfire, comienzan los experimentos (que, por obvios motivos de seguridad, se llevan a cabo tras una mampara y por medio de brazos robóticos). En un primer experimento, se trae una jaula con un ratón al lugar donde está el satélite. No hay contacto alguno entre ambos. El ratón la palma en cuestión de segundos. Un mono dura algo más, pero con idéntico resultado. Sea lo que sea Andrómeda, su virulencia sigue intacta.

A continuación, la jaula hermética del ratón muerto es conectada mediante un tubo a una segunda jaula con ratón. En pocos segundos tenemos un nuevo ratón muerto y la constatación de que Andrómeda se transmite por el aire. ¿Pero es un gas, un virus, una bacteria? Nuevamente conectamos la jaula del ratón muerto con una tercera jaula (y su correspondiente roedor), pero interponiendo un filtro de 100 Angstroms (una cienmilésima de milímetro). Puesto que el nuevo ratón sigue vivo, Andrómeda ha de tener un tamaño mínimo de 100 Angstroms, lo que descarta cualquier tipo de gas. Repetimos el experimento con un filtro de una micra (una milésima de milímetro), con idéntico resultado. Nuevo filtro, esta vez de dos micras, y ya tenemos un tercer ratón muerto.

Hasta aquí, sabemos que Andrómeda es algún tipo de bacteria o virus de entre una y dos micras. Mientras tanto, una observación visual encuentra una pequeña mota con un residuo de color verde, que se envía a analizar. La autopsia del mono indica que el organismo es inhalado, pasa al sistema circulatorio y coagula toda la sangre.

Más adelante, se experimenta con Andrómeda sometiéndolo a diversas sustancias, para determinar en cuál de ellas crece más despacio. En un experimento, uno de los investigadores descubre que el visitante alienígena no puede crecer en un cultivo alcalino. Pero el cansancio hace mella en ella, de forma que es incapaz de apercibirse de su descubrimiento. Es un típico ejemplo de experimento fallido, aunque en este caso lo que falló no fue el experimento, sino su interpretación. Dadme un hecho y yo me postraré ante él, dijo Carlyle una vez, pero a veces incluso los hechos pueden no ser correctos. Siempre tenemos errores experimentales debidos a la falibilidad de los instrumentos de medida, a los factores ambientales, y al simple hecho de que los científicos son humanos, y ya sabemos que el que tiene boca se equivoca.

3) FORMULACIÓN. En este punto, la cosa se anima. Armados con los datos proporcionados por la observación y la experimentación, podemos pasar ahora a la fase de formulación, en la que creamos hipótesis y teorías para explicar los fenómenos observados, así como para poder efectuar predicciones. Una hipótesis es un primer intento, una especie de “presunta ley científica” Si posteriores experimentos la confirman, va afianzándose, denominándose entonces teoría. Con el tiempo, si validez se ve confirmada y apoyada por nuevas predicciones, pasa a llamarse ley.

Al menos en teoría. El problema es que los científicos, como personas que son, tienden a ser algo caóticos. No es como en Derecho, donde un texto legal pasa de borrador a anteproyecto, luego a proyecto y después a ley. En ocasiones, la Ciencia llama teoría a algo que es una ley, o viceversa. La evolución de Darwin es un hecho científico bien establecido, pero nadie habla de la Ley de la Evolución. ¿Por qué? Pues porque siempre se la ha llamado teoría, y no nos vamos a poner a hacer cambios a estas alturas. Es este un detalle que en ocasiones es mal entendido por la comunidad no científica, que confunde una teoría con una hipótesis. Ha sido aprovechado con éxito por los grupos creacionistas que niegan la evolución. Si la evolución es una “teoría,” dicen, en las escuelas deberían también enseñarse las creencias creacionistas, que también son una teoría. Lo mismo dicen sobre la teoría del cambio climático. Una teoría es algo sólido, quizá no tanto como una ley, pero ciertamente más que una endeble hipótesis.

Pero nuestra taxonomía es un tanto caótica. La “Teoría” de la Relatividad, comprobada hasta la saciedad, sustituyó hace tiempo la “Ley” de gravitación de Newton. Hablamos genéricamente de Teoría Cuántica (que más bien debería ser una ley) y de Teoría de Cuerdas (que es más bien una hipótesis, o eso dice el zombi Feynman). A la teoría más extendida sobre partículas elementales se le llama Modelo Estándar. Personalmente, creo que la tendencia es a llamar Ley a una hipótesis concreta, contrastada y confirmada, y a denominar Teoría a un conjunto de leyes e hipótesis más o menos numerosas.

Un ejemplo divertido es el de la Óptica. Podemos explicar fenómenos ópticos usando Teoría Corpuscular, o bien Teoría Ondulatoria. Resulta que ninguna de ellas puede explicar todos los fenómenos ópticos, pero lo que explican, lo explican perfectamente bien. Lo que sucede es que, según la (ejem) Teoría Cuántica, un fotón puede actuar como onda o como partícula, según sea el experimento que diseñemos. Así que la Teoría Ondulatoria nos explica la Ley de Malus, y la Teoría Corpuscular nos da la Ley de Snell. ¿Que por qué no hablamos de Ley Corpuscular y Ley Ondulatoria? Pues por lo mismo que les dije antes: inercia cansina.

(Por cierto, a la teoría óptica ondulatoria es costumbre llamarla Óptica Física, nombre que yo aborrezco. Para mí, tan física es la Óptica Ondulatoria como la Corpuscular).

Ejemplo Andrómeda. A lo largo de la película, hay diversos ejemplos de hipótesis y teorías que se van desarrollando y modificando conforme los datos experimentales se acumulaban. En la observación inicial del pueblo, diversos factores (expresión facial, coagulación de la sangre) permitió descartar hipótesis como ataques al corazón o agentes biológicos terrestres. Tras los experimentos descritos anteriormente, se comienza a trabajar con la hipótesis de un germen de origen extraterrestre.

La teoría extraterrestre se va afianzando tras los análisis químicos. Andrómeda tiene los mismos elementos que la vida terrestre (hidrógeno, carbono, nitrógeno, oxígeno), pero carece de proteínas, enzimas, aminoácidos o ADN. No usa las reacciones química habituales en la vida terrestre. En su lugar, descubren que se crece frente a la radiación, lo que hace inviable el 7-12, que es el código que usan para “pepinazo termonuclear y a arrasar con todo.” Una imagen por microscopía electrónica indica que está basado en estructuras cristalinas, lo que hace inútiles las soluciones antibióticas conocidas.

En un momento dado, los protagonistas hablan de la “hipótesis del hombre extraño de Robertson.” (en la miniserie, la llaman “hipótesis del hombre impar”, ya que en inglés “odd” también significa “impar”). Según esa hipótesis, un hombre soltero debería tomar las decisiones que implicasen destrucción nuclear. Hace alusión a un estudio, confirmado con datos numéricos, así que más bien debería ser una teoría o una ley. En realidad, no es una hipótesis real, sino una invención de los guionistas de la película.

4) COMUNICACIÓN. La Ciencia viene a ser como el viejo chiste: ¿de qué sirve acostarse con Elsa Pataki si no lo puedes contar? Una vez has comprobado la validez de tu teoría, llega el momento de contárselo al mundo. No se trata solamente de egolatría, aunque a todos nos gusta que se nos atribuya el mérito por nuestro trabajo. No, es algo mucho más profundo. En Ciencia, todo es válido mientras no se demuestre lo contrario. Y la mejor manera de demostrarlo es en el laboratorio, con luz y taquígrafos en todos los rincones. Cualquier teoría debe ser reproducible, de forma que un científico en el otro extremo del planeta, con los mismos instrumentos y las mismas instrucciones, pueda obtener los mismos resultados. Y para eso hay que comunicar lo que uno obtiene, sea en forma de artículo científico, contribución a congreso o de otra forma. Se pone todo encima de la mesa, se da un paso atrás y a esperar el veredicto de tus pares.

Eso es lo que da a la Ciencia una buena parte de su solidez. Nada se cree porque sí, nada se impone por decreto. Sí, seguro que usted podrá encontrar contraejemplos de lo que le digo. Newton, como persona, parece que era un auténtico cabrón, y se pasó años combatiendo a quienes osaban cuestionar su Teoría Corpuscular de la luz. Era una autoridad científica, y se salió con la suya durante un tiempo. Pero, a la larga, el peso de la evidencia experimental hace imperativo descartar la teoría incorrecta y sustituirla por una mejor. Los argumentos de autoridad valen lo que valen, y no más.

Incluso científicos honrados y con buenas intenciones pueden cometer errores, así que la comunidad científica en su conjunto es la encargada de validar, o refutar, sus resultados, en un proceso de autocorrección que nunca acaba. ¿Creéis que la forma de trabajar en la Wikipedia, o en el mundo Linux, es novedosa? ¡Ja! La ciencia descubrió el truco hace siglos. No solamente eso, sino que comunicar las investigaciones propias permite a otros científicos avanzar en sus propias investigaciones. En clase suelo poner el ejemplo de Henry Cavendish. Este científico británico del siglo XVIII hubiera podido ser un precursor del electromagnetismo y la teoría de gases, adelantándose en décadas a hombres como Mawxell, Faraday o Dalton. Pero era de personalidad retraída y asocial, y muchos de sus descubrimientos no fueron nunca publicados. Sólo después de su muerte, cuando se encontraron sus cuadernos de notas, pudo el mundo conocer el total de su grandeza científica. Una lástima para el mundo, que pudo haberse aprovechado bien de su mente y sus descubrimientos. Aunque tranquilos, que al menos Cavendish no murió triste y pobre: cuando fue enterrado en la catedral de Derby, Inglaterra despedía a uno de sus más acaudalados súbditos.

Ejemplo Andrómeda. El laboratorio Wildfire era tan hipersecreto que malamente pudieron sus ocupantes publicar nada. En realidad, ¡se pasan la mitad de la película sin comunicaciones por un error mecánico! Sin embargo, había un alto grado de comunicación entre los científicos. Cada dos por tres, se reúnen para informar a los demás de lo que han descubierto, con lo que las hipótesis de trabajo se van refinando y la investigación progresa.

5) VERIFICACIÓN. Una vez establecida una teoría, hay que verificarla. No se trata tan sólo de asegurarse que los experimentos ya realizados queden bien explicados, sino que también ha de poder explicar otros fenómenos. Es decir, que nos permita hacer predicciones. Estas comprobaciones pueden ser hechas tanto por el científico creador de la teoría como por otros científicos. De hecho, lo mejor es que lo confirmen grupos de investigadores de otros laboratorios.

Un ejemplo interesante es el de las ondas gravitacionales. Predichas por la teoría de la relatividad de Einstein, fueron aparentemente detectadas por vez primera en los años 60, de la mano de James Weber. El problema es que, desde entonces, nadie ha podido volver a detectarlas, a pesar de que los instrumentos recientes son mucho más sensibles. ¿Mintió Weber y falsificó resultados? No parece el caso. ¿Se equivocó y realizó un experimento fallido? Es posible. Pero, puesto que tenemos una teoría capaz de explicar las ondas gravitacionales, se están preparando nuevos y muy costosos experimentos para verificarla o refutarla (pueden leer más detalles en este artículo). Sólo así sabremos si Weber fue un precursor que tuvo la suerte de detectar una onda gravitacional inusitadamente grande, o si sencillamente se equivocó.

Otro ejemplo: la fusión fría. En la década de los 80, los investigadores Stanley Pons y Martin Fleischmann afirmaron haber obtenido fusión nuclear a temperatura ambiente, mediante una celda electrolítica. Su descubrimiento fue revolucionario, y ya pueden imaginarse por qué: ¡nada menos que un bote con agua, deuterio y un catalizador, y ya tenemos energía barata e inagotable! Este cliché llegó hasta el cine, con la película El Santo (1997), donde una científica rusa y un pícaro ladrón logran salvar a Rusia del abismo gracias a la fusión fría. Por desgracia, la verificación experimental de otros equipos fue negativa, nadie fue capaz de reproducir esos resultados. ¿Fraude? Había miles de millones en juego, y los investigadores parecían más interesados en obtener patentes que en hacer trabajo científico serie. Sin embargo, no serían tan tontos como para creer que nadie verificaría sus resultados. En la actualidad, se cree que Pons y Fleischmann pudieron haberse equivocado en sus mediciones, lo que les hizo creer erróneamente que había un exceso de energía de origen nuclear.

Ejemplo Andrómeda. El médico del equipo tiene un problema adicional, el de los dos supervivientes del pueblo. ¿Qué tienen en común un bebé llorón y un viejo con úlcera de estómago, que los hace inmunes a Andrómeda? Uno tenía la sangre ácida, el otro alcalina. El médico pensó que Andrómeda solamente podía vivir en un rango estrecho de pH. Una verificación experimental muestra rápidamente que ese es el caso. Gracias a ese detalle, los organismos de Andrómeda acabaron muertos en el océano. Sin embargo, eso no garantiza que no pueda haber otra crisis similar, dice el científico al final del filmo. Así que ¿qué vamos a hacer? Pregunta abierta, y sin verificación hasta ahora.

Así que ya saben, amigos. Si tienen alguna duda sobre la validez científica de cualquier área del saber, rama o pseudociencia que pretenda acceder al manto de respetabilidad que otorga la ciencia, hágase las preguntas del método científico:

– ¿Hay observaciones fiables?

– ¿Se realizan experimentos en condiciones controladas y reproducibles?

– ¿Hay alguna teoría, hipótesis o conjetura que permite explicar los fenómenos observados y experimentados?

– ¿Se comunican dichas teorías y experimentos de forma abierta y fiable?

– ¿Se ha verificado de forma rigurosa e independiente?

Si no es así, no compre la moto. Seguro que tiene truco.

seminariofdp

No, lo siento, no se trata de esta Eureka, sino de la Revista Eureka sobre divulgación de las ciencias. Hace algún tiempo envié un artículo explicando mi Proyecto de Innovación Docente “Física de Película,” y por fin ha salido publicado. Si tienes interés desde el punto de vista de un profesor, aquí está mi artículo.

Curiosamente, este ejemplar de Eureka tiene no uno, sino tres artículos sobre el uso del cine en el aula. Así que os dejo aquí el índice completo.

Espero que os guste, y sobre todo, que os sirva en vuestra labor docente. Ya sabéis que FdP es gratuito para los profesores de la Universidad de Granada. Y para los demás, Mastercard. O mejor, transferencia.

C20

Dentro del mundo de la ciencia existe una tribu que podemos llamar “aficionados al poder.” El miembro típico destila amor a la ciencia y la convierte en su hobby, científico de vocación, que no de profesión. Los astrónomos aficionados, que apuntan sus telescopios al cielo nocturno por pura ilusión, han hecho muchos descubrimientos relativos a cometas, lluvias de meteoritos o estudio de supernovas, por nombrar algunos. Casi cada rama de la ciencia tiene sus aficionados, especie de tropas auxiliares que a veces llegan donde los legionarios no pueden.

No se dejen engañar por el epíteto de “aficionados.” Ello no significa que sean unos pringadillos que no tienen ni idea. Por el contrario, algunos son unos verdaderos expertos en su campo. El término aficionado significa, sencillamente, que no son profesionales contratados, que no viven de ello. Si echamos un vistazo a la física de los siglos XVIII y XIX, nos sorprendería la cantidad de científicos “aficionados” cuyos nombres ahora veneramos.

El ejemplo de la película Deep Impact, en el que un estudiante de secundaria descubre el gran peñasco asesino en el cielo, no está tan lejos de la realidad. En ocasiones, se guardan los descubrimientos para sí, y crean máquinas del tiempo o cybogs femeninas con el cuerpo de Angelina Jolie. Y al final, acaban siendo reconocidos y fichados por universidades de prestigio.

Hace unos días tuvimos un ejemplo de ello. No, nada de cyborgs, lo siento. Un estudiante de trece años descubrió una forma más eficaz de orientar los paneles solares, dentro de un concurso organizado por el Museo Americano de Historia Natural. Por desgracia, el experimento resultó rana. Pero no importa, porque aquí lo reciclamos todo. Aprovecharemos para aprender algo de electricidad y método científico.

Les voy a hacer el resumen. Aidan Dwyer, estudiante de séptimo curso, ganó el Concurso para Jóvenes Naturalistas organizado por el Museo Americano de Historia Natural (he aquí el artículo original en inglés). El chaval notó que las hojas de los árboles siguen un patrón curioso, organizándose según la llamada secuencia de Fibonacci. A continuación, se preguntó por qué ocurría tan curioso fenómeno. ¿Acaso esa disposición optimizaba la cantidad de luz solar que captaban los árboles? Y si era así, ¿podría comprobarlo experimentalmente?

Ni corto ni perezoso, Aidan construyó un “árbol” de prueba, con tubos de PVC, y pequeños paneles solares haciendo el papel de hojas. Para comparar, hizo un segundo panel solar, en el que los elementos de captación formando un ángulo de 45º con la horizontal, bastante similar a la disposición de los grandes “huertos solares.” Para comprobar la efectividad de ambos dispositivos, los apuntó en dirección sur y midió la tensión de salida con un voltímetro.

Los resultados arrojaron una victoria para el “árbol de Fibonacci,” que produjo un 20% más de electricidad que el estándar; en Diciembre, esa cifra llegó a un 50%. La explicación que postuló fue sencilla: la ordenación de ramas en los árboles, siguiendo la secuencia de Fibonacci, maximizaba la cantidad de luz que llegaba a las hojas a lo largo del día, reduciendo la sombra que se hacen unas a otras. En consecuencia, una cadena de paneles solares orientados de la misma forma deberían comportarse de la misma forma.

Toca ahora la crítica.

El primer problema yace en el lugar y tiempo del experimento. En las latitudes de Nueva York, similares a las españolas, el sol está bastante bajo en el horizonte durante el otoño. Eso significa que un panel solar orientado a 45º respecto a la horizontal captará bastante poca energía del sol. En ese sentido, una disposición de captadores a ángulos diversos puede resultar más eficaz, sencillamente porque forman ángulos diferentes, y si uno de ellos está a la sombra, otro puede estar apuntando directamente al sol. No creo que sea casualidad que en Diciembre, con el sol a una altura mínima del horizonte, el “panel solar de Fibonacci” alcance sus mejores resultados. Serían necesarios más experimentos, en otros momentos y latitudes, para poder sacar conclusiones válidas. Aun así, la idea es interesante y merece ser explorada con más detenimiento.

Pero el error principal de Aiden fue el de medir la cantidad equivocada. Aquí me permitirán que haga un análogo hidráulico, que resulta muy útil a los profes de física. Si suponemos que una corriente eléctrica continua es como un curso de agua, la intensidad I (medida en amperios) sería análoga al caudal de agua, es decir, la cantidad de litros que fluyen por segundo. La tensión o voltaje V (en voltios) equivaldría a la caída de una cascada o un salto de agua.

Bien, pues resulta que el chico midió lo que se llama tensión en circuito abierto. Tomó un voltímetro y midió la “caída del agua” V. El problema es que la potencia obtenida es igual a P=I*V. La disposición de Fibonacci puede que de un mayor valor de V, pero la energía obtenida es proporcional a I, que a su vez depende de la intensidad de la luz que llega a la placa solar. Tampoco sabía que la tensión V de un panel solar es prácticamente constante e independiente de I, y está escogida de forma que la potencia generada sea máxima.

Se trata del típico fallo de medir la cantidad equivocada. Pero no abucheen al chaval. Al contrario, hay que quitarse el sombrero ante su ingenio: observó la naturaleza a su alrededor, se hizo preguntas, intentó resolverlas mediante la literatura, y no contento con eso diseñó un experimento para salir de dudas. Que haya cometido un error experimental le resta mérito, pero no mucho. No será la última vez que suceda, incluso a grupos investigadores con presupuestos millonarios. El Museo que le concedió el premio, al saber del fallo, dictaminó no obstante que era merecedor del premio (aquí está la nota de prensa).

En mi modesta opinión, la decisión es correcta. Si hay que darle algún tirón de orejas, sería a los medios de comunicación y a su copypasteo indiscriminado. La noticia de un adolescente que, con su ingenio, vence a los ingenieros profesionales, es ciertamente atractiva para un reportero. Añádase el nombre del Museo Americano de Historia Natural, las palabras mágicas “secuencia de Fibonacci” y la habitual sequía informativa de Agosto, y ya tenemos un jugoso titular.

La noticia se diseminó prontamente por webs del calibre de Popular Science, Gizmodo o Slashdot, a la que siguió los comentarios de refutación (por ejemplo, este). En España, el diario ABC entró al trapo con dos artículos (uno y dos) en los que ponen a Aiden por las nubes, como poco menos que un segundo Edison. Si han publicado una rectificación, será en un rincón tan pequeño que no he podido encontrarlo. Otros diarios de tirada nacional no incluyeron la noticia, aunque dudo que sea porque detectaron el error.

Dicen que errar es de sabios. El experimento del colector solar de Fibonacci nos demuestra que Aidan Dwyer es un sabio en potencia, y estoy seguro de que llegará lejos. Cualidades no le faltan: dotes de observación, espíritu incrédulo, inconformismo, iniciativa. Y una desbordante ilusión adolescente que espero nunca pierda. Como él mismo nos dice al final de su artículo: “La mejor parte de lo que he aprendido es que, incluso en el día más oscuro del invierno, ¡la naturaleza sigue intentando contarnos sus secretos!” Sobresaliente.

Homeopatía y niño

Uno de los resultados que vemos en la naturaleza con más frecuencia es que el efecto es proporcional a la causa. Una fórmula como F=ma nos dice que, cuanto mayor sea la fuerza, mayor será la aceleración. Es lo que se llama una relación lineal, en la que causa y efecto varían en la misma proporción: si la fuerza es trece veces mayor, la aceleración es trece veces mayor. Cuando no es así, tenemos los llamados efectos no lineales: duplicar la causa puede aumentar el efecto en más (o en menos) que el doble.

Lo que está aparentemente claro es que, a más garbanzos, más potaje. Así, prácticamente en cualquier película de ciencia ficción, tenemos científicos o ingenieros aumentando la potencia para conseguir fáseres más potentes, escudos más resistentes, comunicaciones a mayor distancia. Nunca oirán al capitán Kirk gritar “menos potencia, señor Scott” (bueno, salvo quizá para evitar ser detectados por los romulanos). Los empresarios de las películas quieren mayores beneficios, los ladrones quieren un botín más gordo, los políticos corruptos quieren más sobornos, 007 quiere más cochazos y más pibones, los jugadores de fútbol quieren más paga más cariño del público.

No siempre más es mejor, por supuesto. A todos nos gustaría pagar menos impuestos, tener menos compatriotas parados, sufrir menos en una enfermedad, ver menos canas en el espejo. Pero incluso en esos casos, la relación causa-efecto tiende a diluirse. Digamos que pago el 30% de mis ingresos en impuestos. Si me lo bajan a un 10%, me pondré muy contento; si vuelven a bajármelos al 2%, también pero menos; si paso del 2% al 1% no notaré gran diferencia. Vencer al cáncer es una gran hazaña, pero vencer un dolor de cabeza no es para tanto. Nuevamente, el efecto deseado está en relación directa con la causa.

Cuanto menor sea la causa, tanto mayor es el efecto. Una influencia muy pequeña conlleva un resultado muy grande. A una persona lógica, le resultaría algo raro, porque precisamente estamos acostumbrados a la regla de “a mayor causa, mayor efecto”. Imaginen que yo les digo que, con una aspirina, puedo curar el dolor de cabeza. Nada extraordinario hasta este punto. Pero ¿y si afirmo que con media aspirina soy capaz de curarle la diabetes? Mejor aún, parto la media aspirina en dos, y con los trozos puedo quitarle ese cáncer de pulmón que no le deja vivir. Y con el polvillo de aspirina que queda en el cuchillo puedo curar el sida. ¿Me creerían?

Espero que no. El problema es que hay una pseudodisciplina farmacológica que afirma cosas parecidas. Afirman que sus medicamentos tienen más potencia cuanto más diluidos están, algo que desafía a nuestra lógica. Más aún, sus productos están tan diluidos que son prácticamente ausentes. Sin embargo, tienen tanto éxito que facturan miles de millones de euros al año.

Imagino que ya sabrán de qué hablo, pero por si acaso, ahí va: recibe el nombre de homeopatía.

Para no hacerme pesado, seré breve (y para más explicación, Wikipedia). La homeopatía afirma que los síntomas de una sustancia tóxica pueden ser curados con un remedio preparado con esa misma sustancia tóxica, según el principio de “lo similar se cura con lo similar.” Eso es un principio cuestionable, por cuanto no ha sido demostrado científicamente, pero podríamos aceptarlo a beneficio de inventario. Seguro que a más de uno le suena un caso similar: el de las vacunas. A fin de cuentas, una vacuna consiste en la inoculación de la misma bacteria que queremos combatir, pero en cantidades más pequeñas. Tomar pequeñas cantidades de un veneno puede inmunizar contra una dosis mayor (aunque no es algo con lo que yo les recomiende experimentar).

Ahora bien, la homeopatía tiene un detalle que haría palidecer a los amantes de la lógica, así que cierre sus puntiagudas orejas, señor Spock. En realidad, serían muchos detalles, pero voy a fijarme en dos de ellos. Primero: según la práctica homeopática, cuanto más diluido esté el principio activo, más eficaz resulta. Eso contradice lo que vemos en, por ejemplo, las vacunas. Una vacuna el doble de débil no inmuniza el doble. Y segundo (y es lo que me hace más gracia): el grado de dilución posible es, en principio, ilimitado. Podemos tomar una gota del principio activo, diluirlo tanto que al final no quede una sola molécula en la dilución, y a pesar de todo seguirá teniendo efecto.

Para entenderlo bien, vamos a hacer unos números. Lo primero es coger un principio activo. Escojamos, por ejemplo, el oscillococcinum. Como explican en Amazings, se trata de una bacteria descubierta en los años 20 por el médico militar francés Joseph Roy. Esta bacteria tiene tres particularidades muy interesantes: 1) Fue identificada por Roy como el mecanismo de diversas enfermedades como el reumatismo, la tuberculosis, las paperas y el cáncer; por dicho motivo…

2) Es considerado por muchos como un poderoso agente homeopático; a pesar del pequeño inconveniente que supone el que…

3) No existe. Nadie más que Joseph Roy fue capaz de verlo. En la actualidad, se sabe que el reumatismo no fue causado por bacterias, y las paperas las causa un virus demasiado pequeño para ser visible con los medios de los años 20.

A pesar de lo cual, es usado como principio homeopático y comercializado por empresas como Laboratorios Boiron (quédense con ese nombre). Por algún motivo que desconozco, alguien decidió que el oscillococcinum no solamente existe sino que puede ser extraído de los órganos internos del pato almizclado (o pato de Berbería).

Como he dicho antes, la homeopatía implica altos grados de dilución. Tan altos, en realidad, que se usa una escala logarítmica. Una disolución de 3 CK no es tres veces más diluida que una de 1 CK. En realidad, es un millón de veces más diluida. La idea es la siguiente. Primero tomamos una gota de un suero contienendo los órganos internos del pato, que supuestamente tiene una buena proporción de principio activo. No es el 100%, pero vamos a suponer que sí. Partimos, repito, de una gota. No sé cuánto es una gota, pero digamos que contiene un mililitro.

A continuación, echamos dicha gota en un recipiente y le añadimos agua pura. Como resultado, obtenemos una dilución de aproximadamente un 1% de oscillococcinum y un 99% de agua. Eso es una dilución “1 CK”, también llamada dilución “1 CH”

Después, podemos hacer dos cosas. La más rigurosa sería tomar un mililitro de la disolución 1 CH y añadirle 99 mililitros de agua, lo que nos daría un preparado “2 CH,” con un grado de dilución cien veces menor al 1 CH. Sin embargo, un tal Korsakov decidió hace tiempo que eso era muy cansino, así que se limitó a coger la dilución de 1 CH, tirarla por el sumidero y luego llenar el recipiente de agua, en la creencia de que los residuos de la mezcla anterior serían suficientes. Es decir, se trata de una dilución a ojo de buen cubero, que se denomina 2 CK. Cuánto se ha diluido respecto a la anterior, vaya usted a saber, pero podemos, usando el ojímetro, suponer que es análoga a la anterior: una centésima.

Supongamos, por mor de simplicidad, que ambos métodos son equivalentes. En el siguiente paso, tomamos un mililitro de la disolución 2 CH, le añadimos 99 ml de agua y obtenemos una dilución 3 CH. Y así sucesivamente.

Tenemos aquí un problema como el del juego del ajedrez, pero al revés. Según una vieja leyenda, un rey indio, agradecido al sabio que le enseñó el juego del ajedrez, le concedió un grano de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta … sin darse cuenta de que la casilla 64 le costaría más trigo del que nunca ha sido cultivado en la Tierra.

En este caso, es al revés. Supongamos que nuestra gotita original, con un mililitro de higadillos de pato recién deconstruidos, estuviese formada completamente por oscillococcinum. No tengo ni idea de cuántas bacterias podría contener, pero vayamos al extremo y supongamos que fuesen simples moléculas; mejor aún, átomos de hidrógeno (una burrada, pero da igual, no afecta al resultado final). Tendríamos del orden de 10^24 bacterias del principio homeopático.

Con esa gotita, al diluirla, obtendríamos una disolución 1 CH (o 1 CK, no hagamos distinciones), con lo que un mililitro de dicha disolución tendría ahora unas 10^22 bacterias en principio. Si volvemos a diluir, obtendremos una disolución 2 CH con 10^20 bacterias. Es decir, la disolución “n CH” tendría un promedio de 10^(24-2n) bacterias por mililitro.

O, dicho con ejemplos para entendernos: – En una disolución 12 CH, habría una molécula de principio activo por cada mililitro de agua

– Una disolución 17 CH sería equivalente a disolver una sola molécula en una piscina olímpica – 29 CH es equivalente a disolver una molécula en todos los océanos de la Tierra – Si todo el Universo estuviese compuesto de agua, salvo por una sola molécula de principio activo, ello sería equivalente a una dilución 40 CH. Como puede verse, más allá de una dilución 10 CH, prácticamente no queda más que agua en la preparación homeopática.

¿Pero recuerdan a esos Laboratorios Boiron que mencioné anteriormente? Comercializan un preparado homeopático con una dilución de oscillococcinum igual a … 200 CH. Encontrar una sola partícula de principio activo tras un grado de dilución tan extrema es tan frecuente como ganar todos los premios de lotería primitiva de un año. Pues van esos señores y lo venden.

Este efecto “dilución a estilo Chuck Norris” (esto es, a lo bestia extremo) es uno de los muchos motivos por los que la homeopatía está desacreditada como principio farmacológico. Sin embargo, parece que también ellos saben dividir, así que venden muy bien la moto. Tras cada paso de dilución agitan diez veces el líquido, en un proceso que muy astutamente llaman “potenciación.” Se supone que con ello se consigue transferir parte de la “esencia espiritual de la sustancia” al agua. Y es que los homeópatas consideran que el origen de un mal no es físico sino espiritual (aunque ahora lo llaman “energético” para que suene algo más científico).

Antes de que podamos siquiera considerar la seriedad de una hipótesis así, imagínense las consecuencias. Se supone que incluso una sola molécula que se haya paseado por el agua ha dejado su esencia espiritual, su impronta por así decirlo. Más aún, esa especie de “esencia espiritual” se potencia más cuanto más diluida esté el potaje. ¿Se imagina usted todo lo que ha entrado en contacto con el agua que va a beberse cuando tenga sed? De aplicar el principio de homeopatía, el plomo de las tuberías por las que pasó ese agua en un pueblecito lejano podría envenenarle. Eso si no se le adelanta el cloro de la planta potabilizadora. Claro que antes habrán acabado con usted los rayos cósmicos que golpearon la nube hace seis meses, o el mercurio al que estuvo expuesta cuando pasó por el Mediterráneo, o la lluvia ácida que absorbió en Italia … y de los residuos fecales, humanos y animales, mejor no hablemos.

En ausencia de una teoría causa-efecto comprobable científicamente, o de experimentos realizados en condiciones controladas, a la homeopatía solamente le queda una vía para poder ser aceptada: los estudios epidemiológicos. La comunidad científica escéptica ha realizado multitud de experimentos, y la conclusión ha sido siempre la misma: la homeopatía no sirve. En los pocos casos donde parece dar frutos los resultados no son reproducibles y hay otras causas más probables capaces de explicar el resultado, como el efecto placebo.

Sin ánimo de discutir los orígenes no físicos de algunas enfermedades (psicosomáticas, por ejemplo), el hecho es que la homeopatía parte de unas bases tan endebles que poco se diferencian de la alquimia o la adivinación mirando las entrañas de un pollo. Ignora el método científico, se basa en principios axiomáticos (una manera elegante de decir “esto es así porque lo digo yo, y no hay más que hablar”), cree en un “dinamismo vital” cuasirreligioso, y es considerada como pseudociencia en la mayor parte del mundo occidental.

Lo que no quita para que la homeopatía siga vivita y coleando. Los seres humanos encontramos muchas razones para apostar por un remedio que nada remedia: a un amigo le sirvió, no me va a sentar mal, si tanta gente cree en ella algo tendrá, es un remedio ancestral. Las industrias del ramo, que evidentemente no le hacen ascos a clientes con billetes en la mano, venden mientras alguien quiera comprar. Y algunos gobiernos, temerosos de pisar callos de votante y sin ganas de meterse en líos, deja hacer y mira hacia otro lado, sin más preocupación que cobrar impuestos. Ayuda el hecho de que lo que venden como productos homeopáticos no tienen la consideración de medicamentos, así que resulta mucho más fácil sacarlos al mercado.

Hace unos meses asistimos a un, a mi parecer, vergonzoso espectáculo: la industria homeopática ha comprado el respeto académico a base de billetes. El año pasado Laboratorios Boiron (¿los recuerdan?), uno de los mayores vendedores mundiales de productos homeopáticos, firmó un acuerdo con la Universidad de Zaragoza, fruto del cual se creó allí una cátedra sobre homeopatía. La nota de prensa de la UniZar incluye perlas como “la homeopatía es un método terapéutico cada vez más conocido y utilizado por los profesionales del mundo sanitario gracias al perfil de seguridad y eficacia de los medicamentos homeopáticos.” Si no tuviese miedo a represalias legales, diría que una prestigiosa universidad ha vendido su ética y su integridad a cambio de un puñado de euros y la posibilidad de quedar como modernos, referentes, vanguardistas y esos palabros de moda; así que no voy a decirlo, y usted no ha leído esta frase. Prefiero contrarrestar sus argumentos con el clásico aforismo que viene al caso: coma mierda, un billón de moscas no pueden estar equivocadas.

Quizá envalentonados por sus éxitos, ahora los chicos Boiron se dedican a atacar a quienes cuestionan su modelo de negocio. Como les dije anteriormente, una disolución 200 CH es tan sumamente diluida que la probabilidad de encontrar una sola molécula de principio activo es infinitesimal. Un bloguero italiano llamado subzero tuvo la audacia de afirmar exactamente eso, criticando que el oscillococcinum que usan y venden es tan eficaz para la salud como un bacalao seco para apagar la sed. Pronto recibió la carta amenazadora de Boiron, estilo “o te callas o te callamos,” en la que le ordenan que elimine sus mensajes sobre el asunto, deje de hablar del tema y se haga vegetariano (bueno, quizá eso último no). Si les interesa leer el contenido de la carta, aquí tienen el original en italiano y una traducción al inglés. Por el momento, blogzero se niega a plegarse, y el famoso efecto Streisand está aireando los trapos sucios de la homeopatía con gran eficacia.

Pero, me temo, eso no será el fin de la homeopatía. Desde diciembre de 2009, la homeopatía esta aprobada por la Organización Médica Colegial de España como “acto médico,” supuestamente para regular su práctica y restringirla a personal médico cualificado; como si fuese tan difícil diluir una gota doscientas veces. Por qué no se limitaron a denunciar la práctica de la homeopatía como procedimiento inútil y engañoso puede deberse a un intento por no perder clientela, sea del tipo que sea. No en vano, la OMC tiene todo un departamento dedicado a estas pseudoprácticas: el Área para las Relaciones con las Terapias Médicas no Convencionales. Este verano, la Ministra de Sanidad anunció la próxima presentación de una ley para regular (que no prohibir) esas llamadas “terapias médicas no convencionales.”

Así las cosas, si el Gobierno consiente, las empresas se lucran y los usuarios anteriormente conocidos como pacientes están felices, ¿por qué deberíamos perder nuestro tiempo con el tema? Se me ocurre sobre la marcha un par de motivos:

– Inocuo o no, inocente o no, un timo es un timo. Lo llamen como lo llamen, vender agua con supuestas propiedades curativas no probadas científicamente es un timo. Aprovecharse de la buena fe de las personas para venderles placebo a precio de oro es un timo. Y a los timadores hay que denunciarlos públicamente.

– Es peligroso. Sí, lo han leído bien. Puede que ustedes piensen que beber agua, por cara que sea, no daña la salud de nadie. Pero consideren que las personas que toman remedios homeopáticos lo hacen para curarse de algo. Eso significa que los remedios médicos y farmacológicos tradicionales han sido dejados de lado. Un remedio homeopático es indudablemente mucho más benigno (en cuanto a efectos secundarios) que la quimioterapia, por dar un ejemplo. Pero es inútil. Cada tratamiento homeopático tiene detrás un tratamiento médico que no se está siguiendo.

– Es un golpe bajo a los vulnerables pacientes. Los remedios homeopáticos, junto con los adivinos, echadores de carta y demás charlatanes de La Sexta, juegan con las esperanzas de quien está enfermo. Constituyen un clavo ardiendo, al que se agarrarán personas enfermas con el ánimo quebrantado que piensan que la medicina tradicional no puede curar sus males (y, por desgracia, muchas enfermedades siguen sin poder curarse). Con el agravante de que el clavo nos lo venden a peso de oro.

– Es una engañifa camuflada de remedio serio. Nos hablan de bacterias con nombres latinos impresionantes, procesos holísticos, diluciones y potenciaciones, nos presentan preparados con etiquetas serias. Con todo eso intentan revestirse de una respetabilidad que no tienen por sí solos. Así que ya sabe: deje la homeopatía para los dummies. Acuda a su médico o farmacéutico, que ellos al menos tienen estudios.