A pesar del título, esta no es una continuación de mi alerta zombi. No, es tan sólo una traducción de dos divertidos episodios de xkcd.com, una web que os aconsejo guardéis en vuestros marcadores al toque de ya.

En esta ocasión, contamos con dos zombis invitados de excepción. Y no necesitan más cerebro.

Zombis cum laude: Richard Feynman

Zombis cum laude: Marie Curie
Zombis cum laude: Marie Curie

C14

Hace muchos años, un italiano llamado Raffaele Bendandi predijo (por decirlo de algún modo) un terremoto en Roma para el día 11 de mayo de 2011. Por supuesto, se equivocó. Sin embargo, nuestros compatriotas de Lorca retiran los escombros y entierran a sus seres querios mientras hablo, víctimas de un terremoto que sucedió ese mismo día. Todavía no se han alzado voces relacionando fenómenos, pero no os extrañe que lo hagan. Ya sucedió cuando la superluna de Japón hace un par de meses.

Las influencias de los planetas sobre la Tierra son un tema recurrente de películas. En la primera de Lara Croft, si mal no recuerdo, los protagonistas debían viajar a cierto lugar en cierto momento para presenciar cierto fenómeno fantástico originado por un “alineamiento planetario.” Seguro que hay más películas con la misma idea, pero ahora no las recuerdo (y además, suelen ser más malas que un dolor de muelas).

¿Hay de cierto en ello?

De las cuatro fuerzas fundamentales, la gravitatoria es la única que podría ejercer alguna influencia sobre nuestro planeta. En apariencia es una fuerza poderosa, ya que es generada por cuerpos muy grandes. Pero, como se encuentran a tanta distancia, al final no es para tanto. Resulta difícil de creer, ya que las sondas espaciales nos envían fotografías de los enormes mundos que giran en torno al Sol. Pero es verdad. Créanme.

O no me crean. Aquí, lo mejor es hacer números. Yo he hecho un pequeño experimento. Imaginemos que los Bendandis de este mundo tienen razón. Supongamos que una humilde placa de basalto o un material similar, del tamaño aproximado de una mano abierta y una masa de un kilogramo. Pongamos a diversos cuerpos del Sistema Solar a la distancia más cercana a la Tierra que alcanzan en su órbita, y veamos qué sucede. La Ley de Newton de Gravitación Universal nos ayudará.

Como escrito en Newtons salen cantidades muy pequeñas, permítanme que me invente una nueva unidad. ¿Recuerdan la película Atracción Fatal? Pues imaginemos la fuerza de atracción (gravitatoria, ojo) entre sus dos protagonistas, en el punto de máxima aproximación. Redondeando, sale del orden de una millonésima de Newton, cantidad que voy a denominar Dan. He aquí las fuerzas que se obtienen cuando nuestro pequeña placa de basalto es el objeto de deseo de los siguientes objetos:

Cuerpo                Fuerza (Danes) 
Sol                   5.900
Luna (perigeo)           38,6
Júpiter                   0,32
Otra placa de basalto     0,3
Venus                     0,19
Saturno                   0,023
Marte                     0,007
Mercurio                  0,0026
Urano                     0,00078
Neptuno                   0,00036
Una mosca                 0,00003
Plutón                    0,000000025

Y, para comparar, he aquí el peso aproximado (en Danes) de:

Una mosca              1000
Un mosquito             100
Un glóbulo rojo           0,001
Una bacteria              0,00001

Así que, si le intentan marear con historias de alineamientos planetarios, no se deje timar. Números cantan. Incluso si todos los planetas estuviesen perfectamente alineados, sumando sus fuerzas de atracción gravitatoria, seguirían representando una cantidad ridículamente pequeña. Eso suponiendo que hubiese realineamientos planetarios de verdad … que esa es otra.

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Uno de los problemas que en mi Departamento más nos tomamos en serio es el de la igualdad de género. El número de hombres sigue siendo mayor que el de mujeres, pero cada vez tenemos más chicas en los puestos inferiores: becarios, contratados Ramón y Cajal, etc. En los escalones más altos, la proporción es menor, lo que creo que se debe a una inercia histórica: hay menos catedráticas ahora porque hace algunos años había menos profesoras, y antes aún había menos becarias.

En general, creo que la cuestión de géneros es algo que vamos dejando atrás. La directora de mi departamento y la Secretaria de la Universidad son mujeres. Algunos añitos más, y nos importará tan poco el detalle del género que no le prestaremos la menor atención.

Me pregunto, pues, ¿por qué no sucede así en el cine?

Gracias a la escritora de ciencia Jennifer Ouellette, he descubierto una web donde me han introducido al Principio de la Pitufina. Es un concepto que introdujo Katha Pollit en un artículo en el New York Times allá por 1991. Básicamente, viene a describir una situación en la que una obra de ficción tiene una sola mujer entre un elenco casi en su totalidad masculino. En dicha obra, el protagonista y los demás elementos principales serán hombres. El nombre del principio viene, por supuesto, de los dibujos animados de Los Pitufos. Un grupo de pequeños seres azules viven en el bosque. Un día, aparece una chica pitufa. Al principio, nadie le hacía caso, pero unos pases mágicos de Papá Pitufo y, zas, se convierte en una atractiva pitufina de pelo rubio largo, pestañas seductoras, tacones altos y cara de pobrecita desvalida. Y ese es todo su cometido: hacer de pitufina Barbie.

El Principio de la Pitufina dicta que el papel del personaje femenino será, en el mejor de los casos, aislado y sin mayor relevancia; en el peor, una mera decoración y una especie de reposo del guerrero. El centro de su mundo tiene que ocupado por los hombres; bien hablando de ellos (las “conversaciones de chicas”), bien dejándose salvar por ellos, bien alabándolos por su valentía y arrojo. ¿Alguien recuerda qué hacía Olivia salvo dejarse secuestrar por Brutus y gritar “Popeye, sálvame”?

El hombre ha de ser la medida de todas las cosas. Esto cliché es, por desgracia, tan común, que nos habituamos a él y ni siquiera lo notamos. ¿Alguien recuerda cuántos caracteres femeninos había en Los Teleñecos? Solamente uno, Miss Piggy, y aun así su existencia solamente parecía centrarse en perseguir a su enamorado la rana Gustavo y a atizar trompazos cuando alguien le contradecía. Algo así como una sombra, que solamente existe cuando hay luz. Sin luz, no hay sombra. Sin machos, no hay mujer.

Un debate sobre el papel de la mujer en el cine sería muy interesante, pero podríamos pasarnos aquí meses y gastar anchos de banda monstruosos debatiendo el tema. Así que permítanme centrarme en la temática de este blog. ¿Hay pitufinas en la Física de Película? Entendamos aquí ese término para describir papeles de personajes femeninos, cuya existencia está solamente justificada en términos de sus compañeros masculinos, o cuyo sometimiento a un personaje masculino fuerte exceda ciertos límites. Me gustaría encontrar personajes de científicos en el cine, caracterizados por mujeres, y que vayan más allá del papel de sombra. Y, si es posible, que no tenga que pasarse la película recordándonos que son mujeres fuertes y de marcada personalidad (de algún modo, me hace recordar eso de “dime de qué presumes, y te diré de lo que careces”)

Se me ocurren algunos personajes, así a primera vista. Voy a centrarme en ciencias físicas, y que me perdonen biólogos, médicos, etc, pero no puedo abarcarlo todo. Vamos a comentarlos sin ningún orden en particular, y evaluaré su grado de “pitufinismo” aproximado en lo que respecta exclusivamente al personaje científico. Es decir, una película puede ser machista y políticamente incorrecta, o contar con pocas mujeres (no buscamos necesariamente la paridad), y a pesar de todo tener personajes científicos femeninos no pitufinos.

Hay algún que otro spoiler, quedáis avisados. Y ahora, sin más dilación, vamos con nuestras pitufinas (o no).

Sigourney Weaver, en Avatar (Grado de pitufinismo: nulo). Si hay una pitufina por excelencia en el cine de ciencia-ficción … Sigourney Weaver se ha situado en el polo opuesto. Las películas de la serie Alien en las que aparece así lo demuestran. Es el personaje principal. Nunca es la jefa, no dirige un escuadrón de soldados y no siempre le hacen caso, pero es la líder clara. No tiene a ningún hombre al lado para justificar su existencia, ni falta que le hace. Al contrario, en la serie Alien aparecen hombres y mujeres casi por igual, repartiéndose los papeles en todos los niveles. De hecho, el jefe de los malos es … la reina Alien. Pero tampoco eso lo convierte en una saga feminista, ni siquiera femenina. Hay hombres y mujeres igual que hay blancos y negros, altos y bajos.

En Avatar, Sigourney Weaver interpreta un papel secundario pero fuerte. Es la científica de la expedición a Pandora, la que sabe lo que pasa en el planeta, la que pone de gilipollas para arriba a los machitos burócratas y a los machotes de gatillo fácil; y a la que le importa un pepino que el administrador sea un idiota chupatintas o una idiota chupatintas. Contrasta con el resto del elenco, casi exclusivamente masculino. Los científicos a su mando aceptan su autoridad de modo natural, sin comentarios del tipo “para ser una mujer, lo hace muy bien.” Sencillamente, lo hace muy bien, punto.

Kate Reid, en La Amenaza de Andrómeda (Grado de pitufinismo: nulo). Basado en una historia de Michael Crichton, muestra los esfuerzos de un grupo de científicos, encerrados en un laboratorio de alta tecnología y luchando por controlar un virus extraterrestre. Uno de los personajes femeninos es la doctora Ruth Leavitt. Se trata de una persona poco atractiva físicamente, que no se queda embobada por ninguno de sus homólogos masculinos. Además de ello, es eficiente en su campo, cascarrabias, retraída y tiene que ocultar una epilepsia latente. No deja de ridiculizar al jefe, y no se corta un pelo en espetarle a cualquiera lo que piensa de él. En este punto, el espectador deja de olvidarse de que es una mujer, y tiende sencillamente a etiquetarla como el personaje huraño del grupo, del mismo modo que tenemos un líder, un simpático y un pensativo. Esta película muestra muy bien el modo de trabajo habitual de los científicos (salvo por lo del dispositivo nuclear de autodestrucción), y el detalle de que no muestre a científicas florero le da puntos extra. Y todo eso en un film de 1971. Bravo.

– Sharon Stone, en Esfera (Grado de pitufinismo: bajo): Érase una vez un objeto extraño sumergido bajo el mar. Para investigarlo, reclutan a un equipo de científicos: un psicólogo, un matemático, un astrofísico y un biólogo. Salvo que no es biólogo, sino bióloga: la doctora Elizabeth Halperin, interpetada por la bella Sharon Stone (quien, si es cierto lo que he leído, tiene un cociente intelectual de superdotada total). Cada uno de ellos, experto en su campo, tienen que lidiar con lo que parece ser una inteligencia extraterrestre.

En principio, parece que el personaje de Stone tiene cierto nivel de pitufina, pero sólo en apariencia. El guión incluye una especie de tensión sexual no resuelta entre ella y el psicólogo (Norman Goodman, interpretado por Dustin Hoffman), resultado de un anterior encuentro entre ellos. Se trata de un asunto entre profesor y alumna, pero no parece que tenga relación con las habilidades científicas de la bióloga. Ciertamente, se podría hablar de un papel subordinado de Stone, pero también se podría decir lo mismo del papel de Hoffman. Se trata más bien de un aspecto de las relaciones entre los protagonistas, como el “pique” entre el matemático y el astrofísico por ver quién es el más listo, o la tensión existente entre los científicos y el militar.

En general, creo que, desde el punto de vista científico, la actuación de la doctora Halperin no es mucho más diferente que el de los demás miembros de la expedición. Cada uno de ellos presenta sus hipótesis, plantea alternativas, muestra sus creencias. La científica tiene sus traumas, sus problemas personales, ¿y quién no? En general, me parece un personaje bastante creíble, sin llegar a la exageración.

Kim Hunter, en El Planeta de los Simios (Grado de pitufinismo: bajo). ¿Quién no recuerda a la entrañable doctora Zira? Una simia capaz de arrancarle un beso al propio Charlton Heston es un personaje excepcional por derecho propio. Junto con su esposo, forma un matrimonio que se enfrenta al orden imperante, dando la cara para proteger al humano y buscando la dolorosa verdad en una expedición arqueológica. Posteriormente viajan al mundo humano, donde forman parte fundamental en el origen de los simios inteligentes. Aunque no tengo las pelis a mano, creo recordar que resultaba, digamos, poco dúctil. Incluso su propio marido tenía dificultades para convencerla de algo. Me recuerdan, salvando las distancias, al matrimonio Curie. Lástima que el resto de la asamblea de simios sea tan machistamente antipitufínico, pero tampoco Heston es un metrosexual que digamos.

Anne Heche, en Volcano (Grado de pitufinismo: bajo). Tommy Lee Jones es Mike Roark, el machote que intenta salvar a la ciudad de Los Ángeles de un volcán, va de machito por la vida. Pero no tiene reparos en pedir ayuda cuando necesita un científico (ver el post ¡Llamen a un científico!). A su llamada responde la doctora Amy Barnes, vulcanóloga. Roark es algo ambivamente sobre la joven y rubia científica. Al principio acepta los consejos técnicos de sus expertas (la doctora Barnes tiene una ayudante, también chica) pero haciéndose el machito: les prohíbe bajar a las alcantarillas a buscar datos. Las propias chicas se burlan de él (a sus espaldas, claro) y escenifican un “momento pitufina:”

Ayudante: ¿Qué te ha dicho?

Barnes: “Oh, es peligroso, esto es un trabajo para hombres y vosotras sois unas niñitas”

Ayudante: Le gustas, se nota

Barnes: ¿Tú crees?

Por supuesto, al final ambas chicas se meten en las alcantarillas, descubren lo que sucede y van cobrando protagonismo. En un momento dado, Barnes imparte órdenes directamente a los bomberos, y acaba dándole instrucciones a Roach, quien la obedece a pies juntillas. Al final, el hombre de acción se reconoce deudor ante la científica:

Barnes: Bueno, yo habría evacuado a toda la zona Oeste … pero me habría equivocado

Roach: Con usted al mando, hubiéramos sabido esto 24 horas antes. Ha salvado muchas vidas

En general, Volcano tiene su buena dosis de pitufinismo, ya que la mayoría de los personajes son masculinos y mandones. Pero tanto la doctora Barnes como la doctora Calder (una cirujana que se pasa media película curando gente) actúan de modo autónomo. En ambos casos, los (¿las?) personajes comienzan en un estado de subordinación a sus contrapartes hombres, pero acaban saliendo de sus sombras y acaban como caracteres independientes, fuera de sombras masculinas. En mi opinión, este proceso es una evolución deliberada, y es uno de los elementos que hacen de Volcano una excelente película en muchos aspectos. Sí, lo sé, la Física es mala (por no hablar de la geología), pero la perfección cuesta. Casi lo prefiero a Dante´s Peak, donde el vulcanólogo es un guaperas resabidillo y la chica no hace más que seguirle ciegamente a la espera de una cita a solas, ¡y eso que es la alcaldesa!

Nichelle Nichols, en Star Trek (Grado de pitufinismo: variable) La oficial de comunicaciones Uhura, de la Nave Estelar Enterprise, no es precisamente una científica (el señor Spock se pide ese papel), pero en una serie tan friki como esa (y en un blog tan friki como este), no podíamos dejarla al margen. En los años 60, su papel era toda un desafío al estatus quo, introduciendo a una mujer en el puente de mando, en un puesto de responsabilidad. Más aún, ¡era negra! Ahora lo llaman afroamericano, pero seguía siendo una revolución en su momento. Se cuenta que el propio Martin Luther King la animó a permanecer en la serie como modelo positivo para las chicas de color de su época.

En general, su papel es bastante subordinado al de los hombres, quienes se llevan todo el mérito. De hecho, aparte de ella, solamente salía una mujer más o menos destacada: la ayudante del doctor McCoy (en un papel tan subordinado que hace saltar la escala de pitufinismo). El resto de la tripulación parecía ser más o menos paritaria, pero las mujeres hacían poco más que pasear por los pasillos con minifaldas que dejaban muy poco a la imaginación.

En este panorama, la teniente Uhura cumplía bien su papel. Se trataba de un personaje subordinado al macho alfa Kirk (y al vulcaniano alfa Spock), cierto; pero no resultaba más subordinado que el de Chejov, Sulu o el ingeniero Scott. De hecho, me parecen más creíbles las escenas de Uhura abriendo canales de comunicación que el de Scott perorando sobre los cristales de dilitio o quejándose de que él es ingeniero, no mago. Uhura era discreta, eficiente y no salivaba cuando aparecía el hombre de sus sueños.

Teniendo en cuenta los valores imperantes en aquella época, Uhura era un personaje con pitufinismo bajo. Al hacer el “reseteo” de la serie de películas con la última Star Trek XI (2009), deberíamos esperar que Uhura y otras mujeres adquirieran papeles mejores, con facetas renovadas. Por desgracia, parece que la Uhura del siglo XXI es más pitufínica aún que la de medio siglo antes. Han intentado darle un aspecto de mujer dura, pero sigue siendo tan ignorada como antes, perdida en un mundo de hombres. Para eso, me quedo ahora y siempre con la Uhura tradicional.

Elizabeth Sue, en El Hombre sin Sombra (Grado de pitufinismo: alto). Linda McKay es una científica que ayuda a Sebastian Cane (Kevin Bacon) a conseguir un suero de invisibilidad. Bacon es aquí el verdadero macho alfa. Controla el proyecto en todos sus aspectos, decide cuándo y cómo se dará publicidad a los resultados, y cuando consigue su objetivo no duda en hacer de todo por mantener el control. Más aún, aprovecha su invisibilidad para violar a su vecina, acosar sexualmente a Sue e incluso inducirle sueños eróticos. Al final, ella acaba con la vida de él, en un acto que parece la afirmación de una mujer fuerte pero que, en el fondo, no es más que una justificación de su propia existencia.

Denise Richards, en El Mundo Nunca es Suficiente (Grado de pitufinismo: muy alto). Vale, estamos en una película de James Bond, y no podemos esperar gran cosa. En ese sentido, la doctora Christmas Jones no defrauda. La primera visión que tiene Bond de ella no puede ser más sugestiva: Jones se quita el traje antirradiación y muestra una figura femenina enbutida en un top ajustado y unos pantalones muy cortos. Se le acerca con pasos de modelo en pasarela y saca las uñas. A partir de ahí, sigue a Bond dondequiera que vaya sin apenas chistar, se autoinvita a cualquier tiroteo, se deja capturar por los malos, y en general cumple todos los tópicos de la chica florero.

En el aspecto meramente científico, se supone que es física nuclear o algo así, pero lo único científico que hace es llevar al cinto una PDA, que al parecer es la versión moderna de la calculadora en el bolsillo de la chaqueta. Conecta dos cables de un generador, sabe aflojar tornillos y pronunciar la palabra tritio. Y poco más.

Es que ni siquiera hay un poco de solidaridad de género. En un momento dado, Jones y Bond se suben a un cachivache para desactivar un arma nuclear. Se supone que Jones, la chica, es la experta en desactivar chismes de esos. Pues la jefa de bond (¡jefa!) lo sigue todo a distancia, y murmura: “si hay una oportunidad, por pequeña que sea, Bond lo conseguirá, es nuestro mejor hombre.” No me extraña que la pobre Christmas Jones esté siempre a la defensiva.

Rachel Welch, en Un Viaje Alucinante (Grado de pitufinismo: muy alto). Basada en una novela homónima de Isaac Asimov, esta película narra la aventura de un grupo de personas que son introducidos en un submarino, reducidos de tamaño e inyectados en el cuerpo de un científico clave para la supervivencia del mundo libre, el estilo de vida occidental y todo eso. La espectacular y megacurvilínea Cora Peterson (Rachel Welch) da vida a la ayudante del doctor Duval, el cirujano que operará al científico desde el interior.

Creo que no hay que esforzarse mucho por mostrar lo obvio. La chica es, sencillamente, la ayudante subordinada al doctor, y suspira por su atención. El general al mando no la quiere porque “no hay puesto para una mujer en este servicio.” El guaperas intenta ligar con comentarios tan ingeniosos como “está hecha una perfecta ama de casa, ¿también cocina?” En un momento dado, toda la tripulación (masculina) la manosea a base de bien, con la excusa de que está cubierta de anticuerpos. Finalmente, se trata de Rachel Welch, belleza neumática de la época, que muestra escote más veces que Pamela Anderson. En defensa del Buen Doctor, hemos de decir que la novela algo menos machista.

Kelly McGillis, en Top Gun (Grado de pitufismo: extremo). El medidor de pitufismo roza el límite de la escala. Es difícil encontrar una película más machista que Top Gun. La rubia de turno sirve como pitufina total al macho alfa: le ríe las gracias, le toma el pelo, cae rendida a sus brazos y no parece tener vida propia cuando Tom Cruise no se pasa por su casa. Lo más divertido es que, al presentarla como experta en táctica, el espectador se entera casi de pasada de que tiene ¡un doctorado en Astrofísica! Vale, y seguro que el portero de mi comunidad hace doblete los fines de semana como jugador de la NBA.

Y hagamos un pequeño descanso aquí. Otro día seguimos, que todavía tengo pitufinas en el tintero.

Este humilde blog que tantos buenos ratos me está dando es una continuación natural de un Proyecto de Innovación Docente que, como profesor, coordino en la Universidad de Granada. Básicamente, se trata de coger pequeños fragmentos de películas y usarlos en clase como ayuda a la docencia. Este año creo que mis alumnos se lo han pasado en grande.

Ahora toca dar la cara en público. De aquí a un par de semanas, la Universidad de Granada celebra las IV Jornadas de Innovación Docente, donde los profesores molones chachipirulis innovadores presentaremos los resultados de un año de trabajo.

Si queréis verme en acción, ponerme verde, asediarme a preguntas o cualquiera de las anteriores, esta es la cita:

Lugar: Sala de Conferencias del Complejo Administrativo Triunfo (frente al Hospital Real), Granada

Fecha: Martes 17 de mayo de 2011, a las 8:45 horas. Y, si luego cae un buen desayuno sin diamantes, pues caerá.

Por cierto, que no soy el único profe de película en la Universidad de Granada. Entre las ponencias de las IV Jornadas, hay dos relacionadas con el cine:

La historia moderna, Contemporánea y de América a través de la música, el cine y la imagen (de Inés Gómez González). Martes 17, 13:45 horas.

La enseñanza de la toxicología a través del cine, la literatura y el arte (de Fernando Gil Hernández)

¡Ah! Para más información sobre mi Proyecto, ahí va una copia (pdf)

Interferencia

Si lo que cuenta la prensa en estos momentos es cierto, Osama bin Laden ha muerto. Un equipo de comandos ha entrado en su casa, equipados (imagino) con lo último en inteligencia electrónica, mientras alguien capta la escena desde un satélite. No habrá sido muy similar a lo que imaginan los cineastas. Durante los últimos años, cualquier película que se precie cuenta con imágenes por satélite que ayudan a tener controlado el campamento de los malos, facilitando así la tarea del inevitable equipo de asalto.

Una de esas películas, Estado de Sitio, me produce escalofríos cada vez que la veo por su carácter profético. Filmada en 1998, narra un escenario muy similar al de Septiembre de 2001. Un jeque, sospechosamente parecido a bin Laden, es secuestrado en las arenas del desierto. Como respuesta, un grupo terrorista tras otro desencadena atentados terroristas en Nueva York. El Gobierno de Estados Unidos, desbordado, no tiene mejor idea que poner al ejército al mando, y el general de aspecto duro y mirada implacable (Bruce Willis) se lanza a la captura del enemigo como un elefante en una cacharrería: torturas, espionaje, detenciones masivas, un Guantánamo improvisado en un estadio. El agente del FBI (Denzel Washington) intenta desesperadamente detener tanto a los terroristas como los desmanes del ejército. En una de las escenas cumbre, en una sala de interrogatorios, usa estas proféticas palabras:

¿Y si ni siquiera quieren al jeque? ¿Se le ha ocurrido eso? ¿Y si lo que en realidad quieren es vernos hacinar a críos en estadios, tal como lo hacemos, y poner soldados en las calles, y que los americanos se miren con recelo; amañar la ley, reducir la Constitución en pedazitos? Porque si le torturamos, general, si hacemos eso, todo por lo que hemos sangrado, y peleado, y muerto, se habrá acabado. De hecho, ya han ganado

Proféticas palabras, en efecto. Por desgracia, la realidad no es como en las películas: ni los malos son capturados en pocos días, ni el general malvado paga por sus acciones, ni aquí hay paz y después gloria.

Pero vamos a lo nuestro. Al comienzo de Estado de Sitio, aparecen las inevitables imágenes aéreas supuestamente captadas por un satélite. Pueden verse la carretera y el vehículo del jeque, aunque con poco detalle. En la película Enemigo Público, también de 1998, se ve con mucho mayor detalle a Gene Hackman, que es el bueno de la película. Aunque su figura es borrosa, pueden apreciarse la cabeza con sus entradas (abonos de temporada, que diría mi hermano), las orejas, la pistola que tiene en la mano. Posteriormente siguen su coche, y de nuevo la imagen se degrada, impidiendo obtener detalles claros.

¿Por qué sucede así? ¿Acaso en pleno siglo XXI, con satélites de última generación y lo último en realce digital, no pueden hacer nada mejor? Sorprendentemente, no, no pueden. Y no se trata de un problema técnico. En este punto, nos topamos con los límites de la naturaleza ondulatoria de la luz.

Desde tiempos de Newton, hay dos teorías para explicar la naturaleza de la luz. La corpuscular afirma que la luz son partículas, que se mueven por medios materiales como si fuesen pequeñas bolitas. La ondulatoria, por su parte, dice que la luz es una onda, y que tiene las características de ésta: interferencia, difracción, polarización. ¿Cuál de las dos teorías es la correcta? En realidad, ambas y ninguna. La luz puede manifestarse como onda o como partícula, según sea el experimento que estemos diseñando.

Normalmente, cuando diseñamos sistemas ópticos como lupas o telescopios, usamos la teoría corpuscular. Es clara, sencilla, y da buenos resultados. Pero para que funcione bien, hay que partir de un conjunto de hipótesis. Una de ellas es que la longitud de onda de la luz que usemos sea mucho menor que el tamaño de los obstáculos o rendijas que la luz se encuentre en su camino. De ese modo, las interferencias que produce al pasar por esas rendijas u obstáculos serán pequeñas, y la imagen no sufrirá apenas deformación. La luz tiene longitudes de onda en el entorno de la milésima de milímetro, así que en la mayoría de los casos todo va bien.

El problema lo tenemos cuando forzamos las cosas. Tomemos una imagen del típico satélite espía. La imagen parece muy nítida. Conforme vayamos aumentando el tamaño de la imagen, comenzaremos a tener problemas: nubes, capas de polvo, la propia atmósfera, irán degradando la imagen. Supongamos que no hubiese atmósfera (o que tengamos un buen software de corrección de imágenes). Incluso así, llegará un aumento por encima del cual no podremos ver más detalles. Si aumentamos más, solamente veremos borrones más gordos, como una imagen de periódico.

Eso se debe a que, a fin de cuentas, la luz es una onda, y produce fenómenos de difracción dentro de la abertura de la cámara o telescopio. La imagen de un objeto puntual es, en realidad, una sucesión de anillos claros y oscuros, algo así:

Eso afecta a la resolución, es decir, a la capacidad para distinguir detalles. Si hay dos objetos puntuales muy cercanos, observaremos algo así:

Esos dos objetos se encuentran en el límite de resolución. Un pelín más cerca, y la imagen se parecería demasiado a la de un solo objeto. Y ahí no nos sirve el Photoshop, ni todos esos truquitos informaticos de esos tramposos del CSI. Este límite está impuesto por el hecho de que la luz es una onda electromagnética. De hecho, es un problema común a cualquier tipo de onda electromagnética.

Eso nos deja la pregunta siguiente. Si no puedo obtener una resolución infinitamente buena, ¿hasta dónde podemos llegar? John Rayleigh propuso un criterio, ampliamente usado en la actualidad, según el cual, podremos suponer que dos imágenes han sido “resueltas” (separadas en dos) cuando el anillo brillante de una de ellas coincide con el anillo oscuro de la otra. O, dicho en términos gráficos:

A la izquierda, tenemos dos imágenes bien resueltas, es decir, se ve claramente que son dos puntos diferentes. A la derecha, una imagen individual, o bien dos imágenes tan cercanas que no pueden distinguirse. Y en el centro, dos imágenes que apenas comienzan a distinguirse como tales. Se encuentran cumpliendo el llamado criterio de Rayleigh. Es una regla nos dice que dos imágenes podrán ser distinguidas (separadas e identificadas como imágenes individuales) si se cumple esta condición:

sen(theta) = 1.22 L/D

donde theta es el ángulo que subtienden las imágenes (es decir, la separación angular vista por el observador), L es la longitud de onda y D es el diámetro de la abertura.

Como lo que queremos es detectar a los malos por satélite, podemos transformar levemente esa ecuación para hacerla más cómoda. Otra imagen para aclararnos:

Tenemos nuestro satélite (con una cámara de abertura D) observando desde una distancia R. El menor detalle x capaz de apreciarse viene dado por:

x = 1,22LR/D

De ese modo, para captar detalles (x) lo más pequeños posibles hemos de usar una longitud de onda L pequeña, acercarnos una distancia R todo lo posible, y usar una cámara con una abertura D lo más grande posible.

¿Hacemos números? Esa imagen es la entrada a la Faculta de Ciencias de mi Universidad, captada por Google (copyright, todos los derechos reservados, bla, bla, bla). La uso precisamente para explicar el criterio de Rayleigh a mis alumnos. No sabía (ni sé ahora) los parámetros del satélite, pero hice lo mismo que George Clooney: un “reasonable guess.” Un satélite a unos 100 km de distancia (no puede ser menos sin que la atmósfera frene tu órbita), con una cámara del orden de 1 metro de diámetro, y observando en el visible (longitud de onda de unos 600 nm) da una resolución de unos 7 cm. Es decir, no podemos distinguir detalles menores que esa cantidad. Bien, pues si ustedes toman esa imagen en Google Maps y la aumentan al máximo, podrán comprobar que la imagen se convierte en cuadritos (los píxeles). Hice cuentas, y cada píxel tenía una longitud de … 7,5 centímetros. ¡En toda la boca! Parafraseando al coronel Smith, me encanta que los números salgan bien.

Eso significa que la pistola que esgrimía Gene Hackman en Enemigo Público no podría apenas verse, ya que su grosor es menor que eso. Tampoco podríamos ver sus orejas. Y eso, les recuerdo, suponiendo condiciones atmosféricas perfectas. Si queremos leer el periódico desde el espacio, habrá que hacerlo mejor que eso.

El criterio de Rayleigh molesta no sólo a los espías de la NSA (sí, ya lo sé, en realidad son de otra agencia), sino a los astrofísicos. Uno de los motivos de construir telescopios de gran diámetro es el de poder recoger luz de fuentes muy débiles, pero el criterio de Rayleigh también juega un papel importante. Por lo general, a menor longitud de onda y mayor diámetro del aparato, mayor resolución.

Los radioastrónomos tenían en su contra lo de la longitud de onda. Las ondas de radio son millones de veces más largas que las de luz, así que el criterio de Rayleigh imponía una resolución horriblemente mala a los mapas radio. Lo primero que se les ocurrió fue, por supuesto, construir radiotelescopios grandes. ¿Recuerdan esa gigantesca antena que servía de refugio (y tumba) del malo en la película de 007 Goldeneye? Pues es el radiotelescopio de Arecibo, un plato con un diámetro de 300 metros.

Esto sigue siendo insuficiente para poder “ver” con de detalle el Universo en longitudes de onda de radio. Pero a alguien se le ocurrió un truco interesante. Si ponemos dos radiotelescopios a cierta distancia, y conseguimos combinar sus señales con precisión, la resolución será igual a la de un solo aparato con un diámetro igual a la distancia entre los dos radiotelescopios. Ahora D será igual a la distancia entre los dos instrumentos. Es lo que se denomina “línea base” (baseline). Y la podemos hacer muuuuy grande.

En la película Contact, podemos ver a la doctora Arroway frente a una cadena de radiotelescopios, el llamado VLA (Very Large Array) de Nuevo México. Es una cadena de 27 radiotelescopios, dispuestos en tres brazos con forma de Y. Cada brazo tiene hasta 21 kilómetros de longitud. Eso nos da una resolución 21.000/300 = setenta veces mejor que la de Arecibo. Por cierto, que el VLA sale también en la película 2010, Odisea Dos (no se la recomiendo, pero ustedes mismos).

Y después alguien pensó: ¿por qué conformarse con unos pocos kilómetros? ¿Y si pudiésemos combinar las señales de radiotelescopios separados por miles de kilómetros? Imagínenselo. Un plato en California y otro en España nos daría un instrumento de medida con una D de más de 10.000 kilómetros. Eso es un millón de veces el diámetro del mayor telescopio óptico. Sería grandioso, ¿no? ¡Pues funciona! Se trata de un concepto llamado Interferometría de Línea Base muy Larga (VLBI). Es un sistema con una resolución tan enorme, que incluso se usa para medir la separación entre las placas tectónicas. Y, como dicen los norteamericanos, “el cielo es el límite.” Un satélite japonés llamado HALCA contiene un radiotelescopio que se ha usado para VLBI. Su órbita es de hasta 21.000 kilómetros. Imaginen lo que podrían hacer con radiotelescopios orbitales situados a millones de kilómetros.

De repente, la radioastronomía puede escrutar el cielo con mayor resolución que sus primos los astrónomos “visibles.” Por supuesto, también ellos pueden usar la interferometría. El sistema de telescopios dobles Keck, en Mauna Kea, puede combinar las señales captadas por sus dos objetivos (espejos de 10 metros cada uno), creando una línea base de 85 metros.

A lo mejor es lo que hacen ahora los satélites espía. En lugar de un solo satélite, utilizarán dos para aumentar la línea base, y por tanto, la resolución. Sería un proyecto con una complejidad técnica formidable, pero con presupuestos sin fondos y los mejores técnicos, probablemente lo hayan hecho ya. Por si acaso, tenga cuidado, señor Hackman, y siga sin mirar hacia arriba.

Hace algún tiempo, escribí un artículo sobre los elementos químicos, en los que dejé a Tony Stark descubriendo elementos nuevos. Si hubiera sido algo menos vago, habría hablado sobre la tontería de creer que un solo hombre, trabajando en su casa, pudiera construir él solo un acelerador de partículas.

¡Tonto de mí! Resulta que construir un colisionador de hadrones es tan sencillo, que podemos incluso comprar las piezas en IKEA:

Voy corriendo al IKEA más próximo, a comprarles uno a mis hijos. Están deseando descubrir el Quirantio.
[Imagen original procedente de esta web]

Ben KenobiLa Fuerza es, en las películas de Star Wars, el equivalente de la magia potagia. Cuando hace falta que algún personaje tenga poderes sobrenaturales, se acude a eso de la Fuerza. Por supuesto, cualquier profesor de ciencias sabe que la fuerza, según el gran Jedi Newton, es una cosa muy distinta.

¿O no? Vamos a jugar un poco con los conceptos. La Segunda Ley de Newton suele expresarse como F=ma.

F es la fuerza que, aplicada a una masa m, le produce una aceleración (variación de la velocidad ) a. Es decir, es el agente causante de que un objeto con masa cambie de velocidad. Es lo que hasta los niños aprenden en la escuela. Por lo general, suele admitirse como definición de la fuerza, aunque no está tan claro como parece. Algunos científicos conjeturan con que, más bien, es una definición de la masa inercial. En cualquier caso, son puntos metafísicos que dejaremos por alto. Por ahora.

Hace Mucho Tiempo, en una Galaxia Lejana, el Maestro Kenobi nos data esta descripción de la Fuerza:

La Fuerza es lo que le da al Jedi su poder. Es un campo de energía creado por todas las cosas vivientes. Nos rodea, penetra en nosotros y mantiene unida la Galaxia.

Hasta cierto punto, se asemeja a la fuerza newtoniana. En primer lugar, por lo del campo de energía. El concepto de “campo” es un invento de los científicos para explicar la llamada acción a distancia. El propio Newton, al desarrollar su teoría de la gravitación, no entendía en virtud de qué mecanismo dos cuerpos como la Tierra y la Luna pueden atraerse mutuamente sin que hubiera ningún tipo de contacto material. En una famosa carta al Doctor Bentley, confiesa su frustración:

El que la gravedad sea innata, inherente y esencial a la materia, de forma que un cuerpo pueda actuar sobre otro a distancia a través del vacío, sin la mediación de ninguna otra cosa por y a través de la cual pueda transmitirse de uno a otro la acción o fuerza de ellos, es para mí un absurdo tan grande que no creo que pueda caer nunca en él ninguna persona que tenga alguna competencia para pensar en materias filosóficas. La gravedad tiene que ser causada por un agente que actúe constantemente según ciertas leyes, pero si ese agente es material o inmaterial es una cuestión que he dejado a la consideración de mis lectores.

Incluso en nuestros días, eso de mover algo sin contacto material resulta extraño. Lo que hicieron los físicos para salvar los muebles fue inventarse un concepto llamado campo. Estrictamente hablando, un campo es una región del espacio donde está definida una propiedad. Si en cada punto de mi habitación puedo definir una temperatura, podemos hablar de un campo de temperaturas. Así, la idea es que la Tierra crea un campo gravitatorio, que se extiende hasta el infinito y es el que interactúa con el campo gravitatorio de la Luna. Hay quienes llegan a considerar el campo como un objeto físico concreto, y hablan de que “el campo ha perdido energía” como si fuese un objeto material con masa. No debemos confundirlo con los típicos “campos de fuerza” deflectores que protegen las naves espaciales en las películas de ciencia ficción, aunque otro día hablaremos de ello.

Sea como sea, entelequia matemática o realidad física, el concepto de campo resulta una herramienta útil para describir la interacción a distancia. Cuando una manzana cae al suelo, podemos decir que el campo gravitatorio de la Tierra hace un trabajo sobre la manzana. Así, la explicación Kenobiana de la Fuerza como “un campo de energía” es parcialmente cierta. Estrictamente hablando, sería un campo de fuerzas donde se puede definir una energía (potencial) en cualquier punto; dicha energía permitiría la realización de un trabajo, como mover objetos por el espacio o estrangular almirantes incompetentes a distancia.

Un obstáculo a esta concepción newtoniana de Star Wars consiste en la existencia de la Fuerza, en singular. La Tercera Ley de Newton nos dice que las fuerzas van siempre a pares: si yo te empujo a tí, automáticamente también tú me empujas a mí. Cuando la Tierra atrae la manzana, también es atraída por ella. Sin embargo, cuando estudiamos el movimiento de la manzana, ignoramos el de la Tierra. ¿Por qué? Por dos motivos. El primero es que lo que le pase a la Tierra nos importa un bledo. Y el segundo es que una fuerza actuando sobre una masa tan enorme apenas variaría su posición. Aunque quisiéramos, no podríamos medir la aceleración de la Tierra cuando ésta es atraída por la manzana.

Según esa idea, si Darth Vader lanza a Luke a un extremo de la habitación, éste será despedido hacia el otro extremo. Nada de quedarse quieto mientras los objetos vuelan por la habitación. Lo único que se me ocurre es que, simultáneamente, Vader ejerciese una fuerza sobre otro objeto, cuya reacción equilibrase la reacción producida por Luke. Para entendernos con un ejemplo, si Luke está en un estanque helado y empuja a Leia, Luke saldré disparado hacia atrás, a menos que esté apoyado contra una pared. En ese caso, al moverse hacia atrás, Luke empujará la pared, y ella a él. El resultado son dos fuerzas aplicadas contra Luke (debidas a Leia y a la pared), que suman cero. Cualquier aprendiz de Jedi tendrá que aprender a ejercer dos fuerzas: una para obtener el movimiento de objetos, y otra para “anclarse” y evitar salir volando en sentido opuesto. No es de extrañar que resulte tan difícil aprender los caminos de la Fuerza.

Por supuesto, el campo gravitatorio no es creado por todas las cosas vivas, sino por todos los objetos con masa. En eso, la fuerza newtoniana es distinta a la kenobiana. Si alguien quiere una “explicación,” tendrá que acudir a la Amenaza Fantasma, donde nos cuentan eso de los midiclorianos. Pero dejemos eso para los Biólogos de Película.

En cualquier caso, sí es cierto que el campo gravitatorio nos rodea y penetra en nosotros. Y, por supuesto, mantiene unida la Galaxia. Sin la gravedad, cada estrella iría por libre. De hecho, ni las estrellas ni los planetas existirían. Menos mal que existe la Fuerza.

De hecho, lo dicho también es aplicable al campo electromagnético. Allí, además, tenemos cargas eléctricas positivas y negativas. Dos mundos, como los de los Jedi y los Sith. Vaya, vaya, a lo mejor Lucas es más físico de lo que pensábamos. Sigamos jugando. Cuando Luke escapa en el Halcón Milenario, Kenobi le intenta enseñar los caminos de la fuerza. Han Solo, eterno superviviente e incrédulo hasta la médula, se muestra escéptico ante la posible existencia de la Fuerza:

He recorrido la Galaxia de un extremo a otro. He visto cosas muy raras. Pero nunca vi nada que me impulsara a creer que haya una única fuerza poderosa que lo controla todo.

Resulta curioso, porque “una única fuerza poderosa” es, precisamente, lo que los físicos teóricos están buscando ahora mismo. Cuando nos preguntamos qué tipos de fuerzas existen en el Universo, resulta que aparecen cuatro. Dos de ellas (electromagnetismo y gravitación) actúan a grandes distancias, en tanto que las otras dos (fuerza nuclear fuerte y fuerza nuclear débil) tienen un radio de acción muy pequeño. En los años 60, la llamada teoría electrodébil consiguió unificar las fuerzas electromagnética y nuclear débil. Eso dio motivos para pensar que las cuatro (o tres) fuerzas fundamentales serían manifestaciones, a bajas energías, de una única fuerza. Estrictamente hablando, Han Solo se está mostrando como un escéptico de esta posibilidad. Vale, él lo dice porque prefiere una buena pistola láser, pero en cierto modo está recordándonos las dificultades que tenemos en encontrar la llamada “gran teoría unificada” que nos permita explicar todas las fuerzas del Universo.

No es de sorprender que Darth Vader se muestre tan entusiasmado por dominar la Fuerza. Si pudiésemos entender ésta como la fuerza unificada que explica todos los fenómenos naturales, las posibilidades serían casi infinitas. Cuando un almirante se jacta del poder de la Estrella de la Muerte, Vader le baja prontamente los humos:

No se ofusque con este terror tecnológico que ha construido. La posibilidad de destruir un planeta es algo insignificante comparado con el poder de la Fuerza.

En mi opinión, destruir un planeta no es algo insignificante. Si podemos usar la Fuerza para lanzar objetos, ofuscar la mente de nuestros enemigos, asfixiarles y detener disparos láser, es algo muy a tener en cuenta. Por no hablar de poder comunicarse con Maestros Jedi muertos. Pero seamos serios: si lo mejor que podemos hacer con la Fuerza es levantar un Caza X del fango, puede que las habilidades Jedi estén sobrevaloradas. Si Darth Vader puede hacerlo mejor que la Estrella de la Muerte, ya tarda en mostrarnos sus habilidades. Al menos, eso creo yo. Aunque puede que mi carencia de fe resulte molesta.

licencias-creative-commons

La industria audiovisual se queja de la piratería, y llora muy fuerte. Pero no son los únicos que tienen derechos de propiedad intelectual, como tampoco sus métodos son los mejores o los más lógicos. Este que escribe tiene un litigio con una empresa editorial por plagio. Alguien me ha pedido que comente al respecto, así que aquí voy. Este artículo está centrado en el asunto de las licencias Creative Commons. Si no sabes lo que es, wikipédiate, porque es un concepto interesante.

Y ahora, el artículo. Es algo largo, pero creo que va a resultar valioso a más de uno. Luces, cámara, acción.

Siempre he sido de esos que piensa que, cuando un autor escribe algo, debe decidir cómo se usa su obra. Asimismo, nunca he creído en los “todos los derechos reservados,” porque hay veces que el cuerpo te pide regalar algo, o sencillamente regular cómo se puede usar tu creación. Por dicho motivo, desde hace más de diez años permito que los escritos que hago público se puedan usar para fines no comerciales. Cuando me enteré de la existencia de las licencias Creative Commons, la adopté en su modalidad Reconocimiento – NoComercial – Compartirigual. Pueden verlo aquí, en mi web sobre criptografía: http://www.cripto.es/cc.htm.

El caso es que, hace algún tiempo, descubro que una empresa llamada ESINE se ha dedicado a (presuntamente) tomar materiales sobre asuntos de criptografía y seguridad informática, escritos por mí y a (presuntamente) incorporarlos a un curso a distancia sobre Internet y Comercio Electrónico, de esos que se venden a más de mil euros la pieza. No sólo se “inspiraron” en mí, sino que también he localizado en esa obra materiales de un abogado y de un libro publicado por Microsoft Press. Centrándome en la parte que me toca, puse a trabajar a mi abogado, reuní pruebas, peritos por aquí, notarios por allá. Contacté con los (presuntos) plagiadores, y como se hicieron los suecos, finalmente interpuse una querella en abril de 2010 ante el juzgado de Instrucción número X de Madrid. Me llaman a declarar casi de inmediato, y me quedo a la espera de lo que se decida.

En septiembre de 2010, me llega la contestación del juzgado, en el que desestima la admisión a trámite de mi querella. Entre otras razones, alega la siguiente:

La obra intelectual no está sometida a previo control o registro público, lo que impide su identificación. La Licencia Creative Commons que se invoca, a estos efectos, resulta inoperante en territorio nacional.”

La primera parte se refería a que mi obra no estaba depositada en el Registro de la Propiedad Intelectual. Debo añadir en este punto que, cuando se efectuó el (presunto) plagio, ni siquiera existía forma de registrar una página web. Pero fue la segunda parte la que me resultó más extraña. ¿Qué las licencias Creative Commons son inoperantes en España? No estaba de acuerdo con esa afirmación, ni tampoco con las demás que mencionaban el juez y el ministerio fiscal, así que entre mi abogado y yo nos pusimos a trabajar. El resultado fue un Recurso de Reforma y Subsidiario de Apelación, fechado el 5 de octubre, con diversas alegaciones. Extraigo la parte correspondiente a las licencias Creative Commons:

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– CON RELACIÓN A LAS LICENCIAS CREATIVE COMMONS

“B … La licencia Creative Commons que se invoca, a estos efectos, resulta inoperante en territorio nacional”

La Ley de Propiedad Intelectual, en su Artículo 14, establece que

“Corresponden al autor los siguientes derechos irrenunciables e inalienables:

1.º Decidir si su obra ha de ser divulgada y en qué forma.

2º Determinar si tal divulgación ha de hacerse con su nombre, bajo seudónimo o signo, o anónimamente.

3º Exigir el reconocimiento de su condición de autor de la obra.

4º Exigir el respeto a la integridad de la obra e impedir cualquier deformación, modificación, alteración o atentado contra ella que suponga perjuicio a sus legítimos intereses o menoscabo a su reputación”

Y, en su Artículo 17, que

“Corresponde al autor el ejercicio exclusivo de los derechos de explotación de su obra en cualquier forma y, en especial, los derechos de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación, que no podrán ser realizadas sin su autorización, salvo en los casos previstos en la presente Ley.”

Las Licencias Creative Commons (CC) fueron creadas como un conjunto de concesiones de licencia, con el objeto de que el autor pudiese fijar las condiciones bajo las cuales sus obras serían objeto de reproducción y explotación, según indica el Art. 17 de la LPI. De hecho, constituye un sistema de licencias altamente flexible, toda vez que el autor puede escoger entre la forma en que su obra puede ser copiada; si permite modificaciones y/o usos comerciales de ésta; si tales copias o modificaciones han de llevar o no reconocimiento del autor original; y si admite o no que las obras derivadas a partir de la suya han de compartir la misma licencia o no. Esto es, permiten al autor ejercer sus derechos expresados en la Ley de Propiedad Intelectual, de forma más flexible y ajustable que el “todo o nada” habitualmente expresado en los avisos de “todos los derechos reservados.”

Por poner un ejemplo, el diario 20 minutos se distribuye según Licencia Creative Commons

(http://www.20minutos.es/licencia_20_minutos/). A fecha 22 mayo 2010, España era el segundo país del mundo con más obras acogidas a licencias CC, un total de 9.224.224, solamente por detrás de Estados Unidos. A la vista de estas cifras, resulta difícil no admitir una Licencia CC como expresión del ejercicio de los derechos de explotación por parte de la obra de un autor.

Los tribunales españoles, por su parte, se han pronunciado a favor de la validez de las licencias CC. En Sentencia del Juzgado de Primera Instancia nº 4 de Salamanca, de fecha 11 Abril 2007, se describe el uso de las Licencias CC y su validez de la siguiente forma:

“b) Un modelo que proporciona acceso libre “on line” a los contenidos, permitiéndose en ocasiones el uso personal de los mismos (modelos de licencia implícita) y, en otros supuestos, la difusión libre de la obra, su transformación e incluso su explotación económica, con la única condición de citar la fuente. Se trata de los modelos de dominio público y de licencias generales (General Public License), como son, por ejemplo, las licencias “creative commons”, algunas de las cuales incluyen la cláusula “copyleft”.

Con la cláusula “copyleft” el titular permite, por medio de una licencia pública general, la transformación o modificación de su obra, obligando al responsable de la obra modificada a poner la misma a disposición del público con las mismas condiciones, esto es, permitiendo el libre acceso y su transformación. Con las licencias creative commons, el titular del derecho se reserva la explotación económica y puede impedir transformaciones de la misma. Por tanto, debe distinguirse las licencias creative commons de la cláusula “copyleft”. En ocasiones habrá licencias creative commons que incluyan la cláusula “copyleft”.

En todo caso, este modelo parte de la idea común de pretender colocar las obras en la Red para su acceso libre y gratuito por parte del público. Sus partidarios lo proponen como alternativa a las restricciones de derechos para hacer y redistribuir copias de una obra determinada, restricciones que dicen derivadas de las normas planteadas en los derechos de autor o propiedad intelectual. Se pretende garantizar así una mayor libertad, permitiendo que cada persona receptora de una copia o una versión derivada de un trabajo pueda, a su vez, usar, modificar y redistribuir tanto el propio trabajo como las versiones derivadas del mismo. Se trata, sostienen los partidarios de este modelo, de otorgar al autor el control absoluto sobre sus obras, y surge como respuesta frente al tradicional modelo del copyright, controlado por la industria mediática.”

El tribunal admitió el uso de las licencias Creative Commons por parte de los acusados y desestimó la demanda efectuada contra ellos, por incumplimiento de contrato, llevada a cabo por la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE).

De forma similar se expresó el Juzgado de Primera Instancia nº 6 de Badajoz, en sentencia de 17 Febrero 2006, al desestimar una demanda de la SGAE contra el Disco Bar Metropol. Al tiempo que reconoce al autor los derechos morales y económicos sobre su creación, pudiendo hacer la gestión que estime oportuna (incluida la cesión para su libre uso) afirma que:

“[Las Licencias Creative Commons] son distintas clases de autorizaciones que da el titular de su obra para un uso más o menos libre o gratuito de la misma. Existen, tal y como aportaron ambas partes, distintas clases de licencias de este tipo, que permiten a terceros poderla usar libre y gratuitamente con mayor o menor extensión; y en algunas de dichas licencias determinados usos exigen el pago de derechos de autor.

El Juzgado de Primera Instancia nº 4 de Burgos, en sentencia de 14 Febrero 2008, se pronunció en términos similares. Las Licencias Creative Commons se recogen asimismo en sentencias del Juzgado de lo Mercantil nº 3 de Valencia (25 Mayo 2010); del Juzgado de lo Mercantil nº 1 de Alicante (10 Julio 2006); y -hasta la fecha- veintiocho sentencias judiciales de las Audiencias Provinciales de A Coruña (Sección 4ª: 11/12/2008, 06/10/2009, 17/03/2010), Alicante (Sección 8ª: 16/01/2007, 21/03/2007), Asturias (Sección 1ª: 04/06/2007, 06/05/2010), Badajoz (Sección 3ª: 07/09/2007), Burgos (Sección 3ª: 31/10/2008), Cáceres (Sección 1ª: 28/04/2008, 05/02/2010), Granada (Sección 3ª: 10/10/2008), León (Sección 1ª: 22/07/2009, 26/11/2009), Madrid (Sección 28ª: 05/07/2007, 21/02/2008, 08/05/2008, 13/03/2009, 30/03/2009, 22/03/2010, 18/06/2010), Pontevedra (Sección 1ª: 29/11/2005, 25/02/2008, 31/07/2008, 18/12/2008, 09/07/2009), Tarragona (Sección 1ª: 19/11/2009) y Zaragoza (Sección 5ª: 10/04/2008). Todas ellas reconocen y aceptan la validez de las Licencias Creative Commons.

En tales circunstancias, no resulta afortunada la afirmación del Auto de Archivo, según al cual la Licencia Creative Commons resulta inoperante en España.

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En un mundo regido por la lógica, creo que el juez debería haber aceptado que las licencias Creative Commons, como mínimo, son una forma aceptable de regular los derechos de una obra. Como podrán ustedes adivinar, el juez rechazó mis argumentos. Y lo hizo de esta forma, en diligencia de 19 de febrero de 2011 (parte sobre CC):

“…Respecto de las licencias ‘Creative Commons’ que se invocan, la inoperatividad argumentada en territorio nacional en la reclamación formulada no resulta desvirtuada por las citas de otros pronunciamientos judiciales, de supuestos distintos no trasladables [al] presente caso.

Tales licencias el recurrente las entiende configuradas como, conforme al artículo 14 de la Ley de Propiedad Intelectual, la formula adecuada de exteriorizar los derechos irrenunciables e inalienables que corresponden al autor, pero, sin embargo ha omitido acreditar que se encuentran en este escalón generador de tales derechos.

No sé a ustedes, pero como no soy de letras me sonó algo así como “sí, vale, pero no es lo mismo.” Nueva consulta al abogado, nueva búsqueda de datos, y respuesta, de fecha 26 enero 2011, contra la decisión judicial. A estas alturas estaba pasmado por cómo me habían “contestado” las alegaciones hechas, pero me tocaba las narices especialmente la parte de las licencias Creative Commons. Extraigo este fragmento: ==============================================================

CON RELACIÓN A LA SUPUESTA INOPERATIVIDAD DE LAS LICENCIAS “CREATIVE COMMONS”

El querellante expresó en su momento los motivos por los que decidió proteger su obra intelectual mediante licencias Creative Commons (CC), que permiten decidir al autor qué derechos permite y qué derechos se guarda para sí; una especie de “algunos derechos reservados.” Tales motivos fueron incluidos en el Recurso de Reforma y Subsidiario de Apelación, y no serán repetidos aquí.

A pesar de ello, el juez afirma en su Escrito de Desestimación de 19 enero 2011 que los pronunciamientos judiciales incluidos en dicho Recurso de Reforma no son trasladables al presente caso, sin indicar por qué motivo; para posteriormente afirmar que el recurrente las entiende conformes al artículo 14 de la Ley de Propiedad Intelectual, “pero, sin embargo ha omitido acreditar que se encuentran en este escalón generador de tales derechos”

El querellado creyó entender, y haber manifestado, que las licencias Creative Commons se encuentran, en efecto, en el estadio de generación de derechos de propiedad intelectual. Diversas publicaciones de todo tipo la utilizan; sirva como ejemplo el diario gratuito en papel 20 minutos, que tiene una tirada media de casi 800.000 ejemplares.

Más de treinta sentencias de tribunales españoles recogen no sólo su existencia, sino su viabilidad para defender derechos de propiedad intelectual, lo que implícitamente reconoce la validez de dichas licencias. El querellante incorporó información sobre algunas de tales sentencias en su Recurso de Reforma y Subsidiario de Apelación, y no las repetirá en el presente Escrito a fin de no resultar reiterativos.

En adición a los tribunales, las Administraciones Públicas reconocen asimismo la validez de las licencias Creative Commons para generar y proteger derechos de propiedad intelectual. Diversos Convenios suscritos entre el Ministerio de Educación y varias Comunidades Autónomas, y publicados en el Boletín Oficial del Estado, incorporan tales licencias. Como ejemplo, la firmada con la Comunidad de Madrid (Resolución de 15 de noviembre de 2005, BOE 24/11/2005) indica que: “Los materiales y obras que se desarrollen bajo el amparo del presente convenio de colaboración con financiación del Ministerio de Educación y Ciencia y la Comunidad Autónoma se encontrarán sujetas al modelo de gestión y explotación de sus derechos de autor y de la propiedad intelectual expresado en licencias públicas de CREATIVE COMMONS (NoComercial) en todo aquello en lo que no contravenga el ordenamiento jurídico vigente, especialmente el Real Decreto Legislativo 1/1996, de 12 de abril, por el que se aprueba el Texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual” .

En recientes concursos de acceso a plazas de cuerpos docentes universitarios, se considera como criterio de calidad el tener publicaciones en licencia Creative Commons: c) Calidad de la transferencia de los resultados – Patentes y productos con registro de propiedad intelectual, productos de calidad con licencia creative commons y similares (Resolución de 25 de noviembre de 2010, de la Universidad del País Vasco, por la que se convoca concurso de acceso a plazas de cuerpos docentes universitarios, BOE 22/12/2010). Es de suponer que, si Universidades, Comunidades y el Ministerio de Educación consideran adecuadas las licencias Creative Commons como generadoras de derechos de propiedad intelectual, dicha generación de derechos sea asimismo de aplicación a otros ámbitos de la sociedad.

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Ante tamaña muestra de erudición desplegada (sarcasmo), el juez hizo lo más lógico: nada. El día siguiente envía una diligencia dando mi recurso por entregado, y punto. Mi escrito se econsidera entregado, y se incluye al procedimiento, el cual pasa a la fase de apelación. En este momento se encuentra en la Audiencia Provincial de Madrid, Sección Y, donde se ha nombrado magistrado al Sr/Sra Z. Y de momento, en eso estamos.

CC (Reconocimiento – NoComercial – Compartirigual) Arturo Quirantes Sierra 2011. Puede distribuirse y usarse libremente, a condición de citar autor y procedencia.

Profesor chiflado Wert

Como todos bien sabemos, los catalanes son unos tacaños, los gallegos unos indecisos, los madrileños unos centralistas, y los andaluces unos salaos. Y con eso, y el españolito vestido de torero, podemos inaugurar la sección de topicazos. En las películas en las que salen científicos, y salvo excepciones, éstos aparecen haciendo y diciendo cosas que no suelen corresponder con el mundo real. Se trata de tópicos como el del policía devorador de donuts, el general con cara de perro, el hacker revientaclaves o el político besaniños.

Vamos, si os parece, a revisar algunos tópicos que Hollywood ha creado en relación a la gente de ciencia. Bienvenidos a los cientifitópicos.

1) No nos llamamos doctor unos a otros. Contrariamente a lo que pueda parecer, los científicos no van llamándose por el título. El motivo es que los científicos, o tienen el título de doctor, o están trabajando en ello, así que decir “doctor” o “profesor” en una reunión de científicos es como decir “agente” en una reunión de policías. Por lo general, nos llamamos por el nombre de pila, si hay confianza. En caso de duda, el tratamiento de usted resulta más educado, sobre todo cuando se trata de alguna personalidad científica reconocida. En algunos países son más protocolarios, y pueden mirarte con malos ojos si no llamas Herr Professor Doktor a quien lo merece, pero en general no somos tan estirados.

2) No llevamos uniforme. Cuando 007 se disfraza de científico en Diamantes para la Eternidad, se limita a ponerse una bata blanca. Ni que decir tiene que la bata es útil en ambientes de laboratorio, pero no siempre se viste, y por supuesto resulta inútil cuando uno está emborronando folios en el despacho. Y cuando estamos en el laboratorio. Imagino que en algunos casos hará falta llevar trajes especiales, como los de peligro biológico, pero eso en casos muy concretos.

3) No tenemos pinta de profesor chiflado. Vale, conozco colegas que me dejarían por embustero. Pero, por lo general, no somos más raros en el vestir que los demás. El cabello, las gafas, la higiene personal, el aspecto en general suele ser el habitual para una persona. Hay de todo en cuestiones de cabello, vestuario y calzado, pero te resultaría difícil reconocer a un científico por la calle. Mi hermano dijo una vez que, individualmente, los físicos son de lo más normalito, pero cuando se nos pone a todos juntos se nota la chifladura. Va a ser eso. En mi último congreso, uno de los asistentes presentó su charla en chanclas y pantalones piratas.

4) No vamos de punta en blanco. Pasó la época en la que los científicos tenían que ir trajeados, o con camisa blanca y cortaba negra (a estilo de controlador de la NASA). Incluso en congresos, tendemos a ir más o menos informales. En mi primer congreso, constaté que era el único que se había llevado traje. Afortunadamente, no lo había sacado de su funda. Ropa cómoda e informal, sin pasarse. La gente con mayor rango (decanos, directores y similares) sí suelen ir trajeados. Peor para ellos.

5) No vamos por ahí con cachivaches. Coger un cartapacio y pasearse por la sala con cara de apuntar datos importantes era todo lo que 007 hacía para simular ser un científico ocupado. Lo siento por él, porque va a ser desenmascarado de inmediato: el científico medio no necesita ir con cartapacios, o con iPads. No nos paramos frente a una máquina con muchos botones y lucecitas para ver qué hace. Tampoco llevamos calculadoras y media docena de bolígrafos en el bolsillo de la chaqueta, ni coderas en la chaqueta de lana.

6) No hacemos tonterías en el laboratorio. Según los típicos tópicos de Hollywood, los laboratorios científicos han de estar repletos de matraces y probetas, conteniendo líquidos de colores, y derramando un extraño humo blanco. El hombre de ciencia se dedica a mezclar esos líquidos de colores, mirar por un microscopio o atender a una pantalla de ordenador donde aparecen gráficas extrañas. Bueno, eso último lo hago yo muchas veces. Pero también nos pasamos un montón de tiempo leyendo, examinando artículos (o escribiéndolos), contestando correos, examinando datos, pensando en general, rellenando papeles de subvenciones, !y hasta tomamos café de vez en cuando!

7) No hacemos modelos informáticos en un pispás. Cuando el científico del cine no entiende algo se va a su despacho, monta una simulación informática y obtiene los resultados en 30 minutos. Lo siento, eso no funciona así. Un modelo informático es complejo y engorroso, y suele llevar meses, si no años, de modificaciones, depuraciones, cambios y más cambios. Cada vez aprendes más, refinas el modelo, o lo cambias por otro mejor. Yo estoy modelando el polvo de la erupción volcánica del año pasado; y me saldrá mediocre, porque mi simulación deja de lado muchos detalles. No hay más remedio, si quieres una respuesta en un intervalo de tiempo no infinito.

8) No tenemos un arma nuclear en el garaje. ¿Dónde aparcaríamos el coche, si no? Los experimentos se hacen en el laboratorio. En casa, se descansa. Si acaso, uno puede tener un pequeño despacho, pero no hay muchos Doc Brown inventando trastos en su casa. Imagínense que el experimento sale mal y vuela toda la manzana. A ver con qué cara te presentas luego en la reunión de vecinos.

9) No queremos conquistar el mundo. ¿Para qué querríamos hacer eso? !Si está hecho un desastre! Además, somos por naturaleza gente modesta y amable. Con que no nos recorten el sueldo, ya nos matamos. Así nos va.

10) Nuestra vida personal no es un desastre. Los científicos de cine son tan abnegados, despistados, abstraídos y centrados en su trabajo que se olvidan de besar a su esposa, ir a los partidos del hijo o vestirse bien para su propia boda. !Pobre de mí si lo hago! Este sábado tengo bautizo, y más me vale ir como para una boda real. Tenemos problemas, divorcios, juicios con Hacienda, peleas con el director del colegio, broncas con los hijos o la suegra. En eso los hombre (y mujeres) de ciencia son iguales que cualquier otra persona.

11) No somos varones y blancos. Afortunadamente, pasó el tiempo en que el cine mostraba científicos blancos, hombres, de mediana (o muy avanzada) edad. Si salía alguna mujer, era para mostrar sus estupendas curvas enfundadas en reluciente bata blanca. La realidad es que hay hombres y mujeres, blancos y negros, nacionales y extranjeros, jóvenes y viejos. En eso, el cine ha evolucionado a la par que la sociedad.

12) No hablamos raro. Lo que sucede es que tenemos un lenguaje muy particular. Si me oyera hablar con un colega de dispersión Raman, parámetros de depolarización, inversión en capas y modelos de Nakajima, no se enteraría usted de la misa la media. Pero lo mismo sucede en una conversación entre abogados o entre ingenieros. Otra cosa es que un científico intente explicarte lo que hace. Si no es un buen docente, no te enterarás. Es una lástima que un científico eminente sea a veces un zote explicando cosas al público. No somos perfectos. Casi.

Y ahora, por cortesía de Pedro Rascado, y en exclusiva para mis Lectores de Película, una rápida lista de meditópicos:

– La carrera no es tan difícil

– No pasamos los años de universidad encerrados entre cuatro paredes diseccionando ratas (nunca diseccioné una rata)

– No estamos continuamente rodeados de sangre. Hay médicos que pueden acabar su vida profesional sin ver más sangre que un empleado de Carrefour. Hay que desechar la frase “no puede ser médico, le marea la sangre”

– Los quirófanos no son sitios oscuros cargados de tensión. Habitualmente hay relajación y se habla de cualquier tema. Todo el mundo sabe lo que hay que hacer y lo hace. Como en cualquier trabajo.

– No tenemos mala letra. Hay médicos con mala y con buena letra, como en todas partes.

– En los hospitales no se montan orgías entre médicos y enfermeras. Yo no he visto ninguna.

– No todos somos ricos ni tenemos barco

– Sólo los cirujanos saben operar.

– La mayoría de la gente se muere con una “analítica rutinaria” normal. Significa que se puede tener una enfermedad gravísima y que no se detecte en la analítica que se hizo en el Centro de Salud la semana anterior.

– Cuando alguien sufre una parada cardíaca nunca despierta durante el masaje y se pone inmediatamente a hablar

– Los enfermos en coma están intubados y no hablan

– No existe “anestesia de vomitar” y “anestesia de orinar”

– Todo el mundo despierta de la anestesia. Es posible morirse de complicaciones quirúrgicas o anestésicas pero no la chorrada de “no despertó de la anestesia”. No existe ese efecto secundario de la anestesia que te deja dormido para siempre

– Las enfermedades están todas inventadas. No descubrimos cada día una nueva enfermedad como parece hacer House.

– Nadie enferma porque “le coja el frío”. Las infecciones las producen las bacterias, los virus, los hongos.

– El frío no produce enfermedades. ¡Qué sería si no de los esquimales!.

– No se puede tener un “principio de neumonía” . Existe la neumonía, la bronquitis, el catarro,… Las enfermedades o se tienen o no se tienen, pero nunca se puede padecer “un principio de…”

– El amago de infarto no existe. Hay angina, angina inestable, infarto, pero ¿amago de infarto?, nada, no hay.

– Cuando un paciente fallece nadie dice en alto: “hora de la muerte 17:45”

– Los médicos de los servicios de emergencias extrahospitalarias no entran en los hospitales gritando las constantes del paciente. Además nunca preguntamos por las “constantes vitales”. Hablamos de tensión arterial, frecuencia cardíaca, diuresis o incluso estabilidad hemodimámica, pero nunca de “constantes vitales”

– Si un enfermo está en la UCI no está “fuera de peligro”.

– Entre nosotros no nos llamamos doctor tal o doctor cual ni nos tratamos de usted.