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Ingrid Bergman, Shakespeare, Luis XIV de Francia, Gary Cooper. ¿Qué tuvieron en común? Los cuatro fallecieron el día de su cumpleaños.

Puede que morir el mismo día en que uno nació pueda parecer extraño, pero no lo es. A fin de cuentas, moriremos en uno de los 365 días del año (permítanme dejar de lado el 29 de febrero para simplificar). Estadísticamente hablando, la probabilidad de que ese día sea el mismo que el del nacimiento es de uno entre 365, aproximadamente el 0,27%. Eso significa que eso les pasará a unas 130.000 personas tan sólo en España. No es tan raro.

Estrictamente hablando, no es realmente cierto que una persona muera el día de su cumpleaños con una probabilidad de uno entre 365. En ocasiones una persona se aferra a la vida, aguantando como puede hasta que suceda algo como el nacimiento de su nieto o su propio cumpleaños. Un estudio de 2012 en la revista Annals of Epimediology sobre 2,3 millones de personas fallecidas en Suiza en el intervalo 1969-2008 muestra que la probabilidad de fallecer el día del propio nacimiento es un 14% más alta que en cualquier otro día. En algunos casos las causas de la muerte pueden contribuir a ese pico (por ejemplo, en el caso de suicidios) pero también se vio en muertes por cáncer. De algún modo, los moribundos se aferran a la vida y al llegar al cumpleaños se dejan llevar por la muerte, pero si los datos suizos son extrapolables al resto del mundo, no es un efecto muy elevado en términos estadísticos.

Hay muchas coincidencias extrañas sobre fechas de nacimiento y muerte. Por ejemplo, el 23 de abril se celebra el día del libro para conmemorar la muerte de Cervantes y Shakespeare. ¿No es raro que los mayores exponentes de la literatura en español e inglés falleciesen el mismo día del mismo año? Es un titular digno de una reportaje de Cuarto Milenio. Ahora bien, si tenemos en cuenta que Cervantes falleció el 22 y no el 23, la cosa es algo menos extraña. Y si recordamos que en aquellos tiempos Inglaterra seguía en el calendario juliano mientras España había adoptado el gregoriano, resulta que ambos genios de la literatura fallecieron con once días de diferencia y la increíble coincidencia se desvanece.

Podemos seguir ikerjimeneando con el asombroso caso de Edwin y Edwar Bryant, dos gemelos de Chicago que nacieron y murieron el mismo día. ¿Asombrosa coincidencia? En Estados Unidos, el porcentaje de gemelos es del 3,2%, así que la probabilidad de que ambos fallezcan es bastante baja. Habría que multiplicar la probabilidad de ser gemelos (3,2%) con la probabilidad de que uno muriese el día de su cumpleaños (0,27%) y por la probabilidad de que también falleciese el otro (0,27%). Es una probabilidad de uno entre cuatro millones, lo bastante baja para que sea noticia aunque no tanto que no vaya a suceder en nuestra vida.

Pero por raro que nos resulte, incluso casualidades poco probables acaban sucediendo. Todos conocemos la película Salvar al Soldado Ryan, donde una madre ha de recibir la noticia de que tres de sus cuatro hijos habían muerto en combate durante la Segunda Guerra Mundial con pocos días de diferencia. La película está basada en la historia de los cuatro Hermanos Niland, de los que tres fallecieron durante la guerra; bueno, en realidad fueron dos (el tercero estaba en un campo de prisioneros japonés). Algo similar sucedió con los hermanos Bixby durante la Guerra Civil Americana. En ocasiones los sucesos de baja probabilidad aparecen como raros y se busca una explicación sobrenatural; en otros, nos limitamos a ignorarlos.

Un ejemplo de lo segundo es cuando jugamos a la primitiva. La probabilidad de sacar el premio gordo es de uno entre catorce millones, una cantidad muy baja, pero ¿dejamos de jugar por eso? No. Millones de personas rellenan el boleto con su número de la suerte, firmemente convencidas de que van a ser ellos, y no los demás, los agraciados con la suerte. Pero si hay algo que no podemos asimilar, como una muerte en la familia o una enfermedad grave, nos desesperamos y gritamos “¿por qué me ha tenido que tocar a mí?”

Es en ese momento cuando somos más vulnerables a los aprovechados que nos ponen en bandeja una falsa explicación. No es culpa tuya, dicen. El cáncer de tu hermano lo ha causado la wifi del colegio. El autismo de tu hijo ha sido producido por las vacunas. Tu aneurisma se debió al estilo de vida sedentaria y obesa a que nos obliga la sociedad. El accidente de coche nunca es culpa tuya, siempre han chocado los otros contigo. ¿Le suena familiar, amigo lector? Toda desgracia ha de tener una causa clara, un culpable a quien señalar con el dedo. Todo antes de reconocer que las probabilidades no hacen distinciones y que, sencillamente, shit happens.

Hace poco vimos un ejemplo de baja probabilidad, de esos que nos hace pensar en conexiones cósmicas. El 11 de octubre de 2016 el inglés Jimmy Newell falleció tras cumplir 103 años. A lo notorio de su larga edad se unió el hecho de que, según su hijo, falleció exactamente al cumplir exactamente 103 años, segundo por segundo. Según Jimmy contó a sus familiares en numerosas ocasiones, él llegó al mundo mientras repicaban las campanas del ayuntamiento de Leeds, justo al mediodía. La prensa de todo el mundo se hizo eco de tamaña coincidencia, entre ellas la española (El Mundo, La Información, La Vanguardia, por poner tres ejemplos).

¿Es algo tan raro? Hagamos números. La probabilidad de que alguien muera el mismo día y hora de su cumpleaños, al segundo, sería igual a uno dividido entre el número de segundos de un año. A 86.400 segundos por día y 365 días por año, esa probabilidad es de una entre 31.500.000 (redondeando un poco). Incluso acertar el gordo de la primitiva es más probable, así que sí, realmente es algo raro. Según estadísticas oficiales, en 2013 fallecieron 390.419 personas en España, así que cabría esperar un Jimmy Newell cada ochenta años. Vale, sí que es algo raro.

¿O no lo es? El caso Newell (que el Daily Mail califica de milagroso) aparece en los diarios de la prensa de habla inglesa con el mismo texto, palabra por palabra, lo que hace pensar que todos se copiaron de una sola fuente. Eso no es malo, pero hace que todas esas informaciones en realidad sean una sola, de forma que no tenemos más información. Me gustaría saber, por ejemplo, cómo supo Jimmy Newell que había nacido exactamente a mediodía. Puede que se lo contasen sus padres, lo que significa que no podemos verificarlo de forma independiente. Digamos que sea verdad. Aun así, lo que dice la noticia es que nació “con el sonido de las campanas del ayuntamiento a mediodía.” ¿Han tomado ustedes las uvas alguna vez? Entonces sabrán que las campanas suenan durante casi un minuto, lo que hace difícil saber exactamente cuándo es mediodía; eso suponiendo que el ayuntamiento de Leeds tuviese su reloj en hora con una precisión de un segundo en el año 1913.

También es dudoso que muriese justo al mediodía. Según la declaración de su hijo, éste le tomaba la mano a su padre mientras hablaba por teléfono con su propio hijo. En el momento de su muerte, el hijo y el nieto miraron los relojes y eran “noon to the minute,” mediodía ajustado al minuto. Incluso si fuese al segundo, ¿tenemos la certeza de que sus relojes estaban en hora con una precisión de un segundo? Mi reloj de muñeca no. Lo puse en hora, pero no me fijé en el segundero. Además de ello, no creo que el hijo pudiese notar el instante exacto de la muerte del padre y mirar el reloj, todo en un segundo.

Le pido disculpas si sueno un poco aguafiestas, pero en ciencia hay que tener siempre en cuenta la precisión de las medidas, la sensibilidad de los instrumentos, la sincronización de los relojes y todo eso. Digamos, por ir a lo seguro, que Nevell nació y murió el mismo día, a la misma hora con un error de un minuto arriba o abajo. De ser ese el caso, la probabilidad de que eso sucediese sería igual a uno entre medio millón aproximadamente; para ser exactos uno entre 525.600, que es el número de minutos en un año. Puede que le parezca poco probable, y sí, es posible que nos pasemos la vida sin conocer alguien a quien le pase, pero sigue siendo casi 27 veces más probable que acertar el gordo de la primitiva. No se dejen impresionar.

Por cierto, tenemos un pequeño efecto Shakespeare aquí, y no creo que mucha gente lo haya notado. La (casi) coincidencia en las muertes de Shakespeare y Cervantes se deben al uso de dos calendarios distintos, como he dicho antes. Bien, pues resulta que el 11 de octubre de 2016 regía en Inglaterra el horario de verano, cosa que no existía en 1913. Eso significa que el señor Jimmy Newell falleció (minuto arriba, minuto abajo) a la avanzada edad de ciento tres años… y una hora.

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En efecto, los Vengadores han librado y perdido su última batalla. El enemigo se llama energía cinética.

El supervillano Ultrón planea acabar con la raza humana. Su plan consiste en levantar la ciudad de Sokovia por medio de un conjunto de grandes motores y dejarla caer desde gran altura. El impacto de la ciudad y su subsuelo al caer desde varios kilómetros de altura provocará un impacto similar al que acabó con los dinosaurios, incinerando regiones enteras y cubriendo la Tierra con una gruesa capa de polvo que bloqueará la luz solar. Ese es el plan maestro de Ultrón y esa es la amenaza que deben conjurar los Vengadores en una película que no por casualidad se llama Los Vengadores y la era de Ultrón (2015).

Dejando aparte las dificultades técnicas, ¿dejaría un impacto así fuera de combate a la Humanidad? La base de datos IMDB.com introduce algunas dudas. En su sección de fallos (“goofs”) afirma que Sokovia caería a una velocidad de unos 500 metros por segundo, en contraste con los 17 km/s que puede alcanzar un meteorito al caer a la Tierra. Eso le daría a Sokovia una energía de impacto 1.100 veces menor que el meteoro.

Hagamos cuentas para comprobarlo. La energía que nos amenaza es de tipo cinético, y esa energía es proporcional a la velocidad al cuadrado. Eso significa que, a igualdad de masas, la razón entre la energía cinética del meteorito y de la ciudad sería de (17/0,5)^2 = 1.156 veces, bastante aproximado.

En segundo lugar, ¿es posible que algo caiga de gran altura a una velocidad de 500 metros por segundo? También es fácil de calcular. Despreciando rozamientos y suponiendo gravedad constante, la velocidad de un cuerpo que cae desde una altura h es v=(2*g*h)^0,5. Despejando tendríamos h =v^2 /2g, lo que nos da una altura mínima de unos 12.800 metros. Veo esa cantidad algo elevada, porque en la película hay gente en la ciudad, y no les veo problemas para respirar a una altura superior a la del Everest. Si reducimos la altura a 5.000 metros tendríamos una velocidad de caída de unos 310 metros por segundo, unas 54 veces menor que el meteorito. Eso reduce la energía del impacto a 1/3.000 respecto a un meteorito de masa similar.

Por supuesto, nada me asegura que la masa del meteoro asesino de dinosaurios y la de la ciudad sean siquiera comparables, pero resulta que al menos son similares en orden de magnitud. Permítame echar mano del ojo de buen cubero. Podemos suponer que el diámetro de la ciudad de Sokovia es de unos veinte kilómetros, y que al ser levantada arrastra una capa de subsuelo de unos tres kilómetros de grosor. Eso nos daría un volumen de unos 1.000 kilómetros cúbicos. Si suponemos que el meteorito de Chicxulub (el que dejó a los dinosaurios listos de papeles) es esférico y con un diámetro de unos 10 kilómetros, eso nos daría un volumen de casi 4.000 kilómetros cúbicos.

Es decir, Sokovia tendría un volumen (y, suponiendo densidad constante, una masa) cuatro veces inferior y una velocidad 54 veces menor, lo que significa que el impacto del “evento Ultron” sería unas 12.000 veces menor que el del meteoro que se cargó a los dinosaurios. No parece tanto en términos relativos. Pero quizá sí lo sea en términos absolutos. El impacto de Chicxulub fue gordo hasta decir basta, e incluso una fracción de su poder resulta aterrador.

Sigamos con las cuentas. Recordemos que Sokovia tenía un volumen de unos mil kilómetros cúbicos. Digamos que la densidad media de la ciudad y su subsuelo sea el doble que la del agua. Eso nos da una masa de aproximadamente tres mil billones de kilogramos. Multiplicando por el cuadrado de la velocidad obtenemos la energía cinética durante el impacto, y sale una cantidad de: 3*10^20 julios, o trescientos trillones de julios, si lo prefiere así.

Eso suena mucho, tanto que necesitamos otras unidades para hacernos una idea. El rendimiento de las armas nucleares se suele medir en megatones, y un MT es aproximadamente igual a 4,2*10^15 julios. Eso nos da una energía cercana a los 70.000 megatones. Para que se haga una idea, esa energía es aproximadamente igual a:

– 350 veces la erupción del Kratatoa de 1883 (de 200 MT)

– 700 veces la mayor explosión termonuclear de la historia (de 100 MT)

– 5.000.000 de veces la explosión atómica de Hiroshima

Mucho, ¿verdad? Menos mal que están nuestros amigos los Vengadores para detener a Ultrón. Mientras Iron Man sabotea el generador de los motores que levantan Sokovia, sus compañeros evacúan la ciudad y hacen otras cosas que no les voy a contar por eso de los spoilers. La idea es que, una vez la ciudad explote en mil pedazos, ya no será un riesgo para la Humanidad porque los fragmentos se frenarán con el aire y luego caerán a un lago.

Sabemos que el agua necesita cierta cantidad para elevar su temperatura un grado, y luego otra cantidad para pasar de líquido a vapor. De nuevo hay que calcular, pero como ha sido usted bueno voy a obviar los detalles. Si esos 3*10^20 julios se transmitieran por completo al agua, provocarían la ebullición de más de cien mil hectómetros cúbicos de agua. Eso es el doble de toda la capacidad teórica de los embalses de España, así que vVamos a necesitar un lago muy grande para absorber todo eso.

No hay problema. Hay lagos muy grandes, así que si Sokovia se encontraba junto al equivalente del Lago Michigan apenas si notaremos un pequeño aumento de temperatura en la superficie ¿verdad? Lo siento, pero no funciona así. No se trata de un huevo hervido que depositamos suavemente en una cazuela. El impacto de una masa tan grande provocaría la ebullición explosiva de enormes cantidades de agua, y ese “explosiva” no es broma.

¿Qué me olvido del rozamiento con el aire, dice usted? Vaya, pues es verdad, vaya cabeza tengo hoy. No, la verdad es que no me he olvidado. En efecto, la fricción con el aire reduciría la velocidad de caída y, en consecuencia, la energía del impacto… pero la energía tiene que ir a alguna parte, y lo que hará es pasar al aire, calentarlo y provocar una onda de choque brutal a la que seguirá una tormenta de fuego devastadora. Luego vendrá una inmensa capa de polvo que se extenderá por el planeta y que provocará un episodio masivo de invierno nuclear.

El problema es que, lo hagamos como lo hagamos, estamos fritos. La enorme cantidad de energía cinética puesta en juego durante la caída se repartirá entre tierra, agua y aire. Las consecuencias locales sería terribles, de modo que ya puede Google Maps ir borrando el país donde estaba Sokovia. A efecto global lo tendríamos algo mejor que los dinosaurios pero no por mucho margen. Creo que Tony Stark y sus amigos hubieran hecho bien impidiendo el despegue de la ciudad, porque una vez en el aire estamos condenados; y eso incluye a su grupito, porque sin gente a la que salvar se quedarán en el paro. Gracias por nada, Tony, ahora podéis marchar a la superfortaleza subterránea que seguro tienes en alguna parte y dejar que la Humanidad perezca de hambre por el invierno nuclear. Moriremos todos, pero gracias de todos modos por intentarlo.

Fin.

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Hace muchos años surgió una serie de ciencia-ficción que triunfó a lo grande en televisión y movilizó a montones de fans. Sus tripulantes, a bordo de una legendaria nave estelar, cruzaban la galaxia en busca de aventuras. Formaban un grupo muy variado: el capitán valiente y entregado a su causa; la oficial de comunicaciones hermosa y desaprovechada; el alienígena de extrañas costumbres; el ingeniero que lo arregla todo en un periquete; ah, sí, y el extra que sale en un solo episodio y muere enseguida. Tras su período de éxito la serie llegó a su fin y los miembros del reparto se vieron reducidos a ganarse el pan viviendo de su antigua gloria en convenciones de ciencia-ficción donde los fans se empeñan en creer que saben más que el creador de la serie.

¿Te suena? Pues no, no es Star Trek. Se trata de la película Héroes Fuera de Órbita (Galaxy Quest, 1999), pero en cierto modo has acertado. Si Spaceballs (que ya certifrikamos hace unos meses) era una parodia de la serie Star Wars, Galaxy Quest le mide las costillas a Star Trek. Por supuesto nunca usan los nombres de esa serie, pero está claro de qué estamos hablando.

La historia comienza en la convención Galaxy Quest 18, en la que por primera vez se emite el último episodio de la serie, que nadie había visto desde su emisión original 18 años antes. Acabamos de empezar y ya tenemos un guiño friki, en particular a la serie Doctor Who, algunos de cuyos episodios originales se perdieron tras el primer visionado en los años sesenta (y siguen desaparecidos, por cierto). Entre bambalinas, los protagonistas de la serie esperan turno para hacer su aparición. El actor Jason Nesmith, que interpretó al comandante Taggart, lo lleva particularmente mal. Tener que sobrevivir a base de firmar autógrafos e inaugurar centros comerciales le sienta fatal, y cuando un grupo de fans de otra serie aparece en su casa se cree que es otro trabajito más.

Sorprendentemente, los fans resultan ser alienígenas de verdad. Han llegado a la Tierra en busca del reparto de Galaxy Quest creyendo que son realmente la tripulación del Protector. Los actores son teletransportados a un nuevo Protector, donde tendrán que enfrentarse a mil peligros que parecen sacados de su antigua serie.

Las aventuras de Galaxy Quest nos recuerdan algunos de los clichés más recordados de Star Trek. Nesmith/Taggart (interpretado por el actor Tim Allen) se comporta como el capitán Kirk: se siente en el sillón de mando como si estuviese viendo un partido de la Super Bowl, ladra órdenes sobre elevar escudos y abrir fuego (“está bien coleguitas, de acuerdo, disparad cañones de partículas azules y los de partículas rojas”), se erige como líder heroico que siempre salva la situación, e incluso se las arregla para quedarse a pecho descubierto tras un encuentro con un monstruo alienígena (“bueno, ya te has quitado la camisa” le replica irónicamente un compañero de reparto).

El lugar del señor Spock lo ocupa un alienígena llamado Doctor Lazarus, interpretado por el actor Alexander Dane, que nosotros conocemos con el nombre de Alan Rickman. Los amantes del cine recordarán a Rickman por haber hecho de profesor Snape en la saga de Harry Potter y de malo malísimo en Jungla de Cristal. En la película, Dane echa pestes de su personaje y añora los tiempos en que era un actor dramático.

Vemos aquí tintes similares a la vida del propio Leonard Nimoy, que fue recordado como Spock durante generaciones hasta el día de hoy. Su compañero en Star Trek George Takei parodió su propia situación en un episodio de The Big Bang Theory. En medio de una fantasía de Howard Wolowitz, Katee Sachkoff (actriz de la serie Galactica) le pregunta a Takei “¿cómo llevas lo de estar encasillado como un icono de la ciencia-ficción?” George responde: “Es difícil. Yo intento avanzar como actor, hacer un Strindber o un O´Neill, pero sólo me quieren para ‘rumbo establecido, capitán’

Si el actor que hace de Doctor Lazarus en Galaxy Quest se queja, imagínese cómo lo lleva la bella y rubia Gwen DeMarco, que interpreta a la teniente Tawny Madison. No solamente se ha quedado encasillada sino que su papel en la serie es irrelevante, ya que no hace más que repetir las instrucciones del ordenador. Podemos ver algo similar en la teniente Uhura, quien no parece hacer más que abrir canales de comunicación con Flota Estelar o con otras naves, lo que viene a ser algo así como contestar al teléfono; aunque Uhura representó una revolución en la televisión de los años 60, y la actriz Nichelle Nichols aprovechó su fama en beneficio de la NASA en años posteriores (más información aquí). En el caso de Galaxy Quest, Tawny Madison es interpretada por la actriz Siguorney Weaver, la reina de la saga Alien y la dueña del corazón de los Cazafantasmas; y aunque los frikis la recordamos por eso también ha hecho muchas otras películas de temática diferente, evitando el encasillamiento.

Tenemos más personajes interesantes, pero quiero mencionar especialmente a uno de ellos: el “camisa roja.” En Star Trek, una de las situaciones más habituales pasa por llevar a los personajes a una situación de mucho peligro en algún planeta extraño o en una nave espacial abandonada y hacer que uno de ellos muera. Bien, si la expedición está formada por el capitán Kirk, el señor Spock, el doctor McCoy y un tío desconocido con camisa roja, ¿cuál cree usted que va a palmarla de los cuatro? “Camisa roja” en Star Trek es como mostrar una foto de la novia o estar a dos días para jubilarte: la palmas seguro.

En este caso el uniforme no es rojo, pero sí tenemos un “camisa roja” que se ha unido a la tripulación de forma más o menos fortuita. Cuando se da cuenta de que la aventura es real, sale corriendo porque tiene claro a quién le va a tocar la china: “yo no tenía que estar aquí siquiera, sólo soy un tripulante, soy prescindible, soy el tío que muere en todos los episodios.” Más tarde, durante la típica escena en que tienen que bajar al típico planeta en la típica lanzadera para obtener el típico elemento esencial que permitirá reparar la nave, el camisa roja insiste: “seré el extra al que matan cinco minutos después de aterrizar en ese planeta.”

Además de los enemigos tradicionales, los tripulantes de la Protector tienen que lidiar contra los guionistas idiotas. Taggart y Madison tienen que abrirse paso por la nave usando los túneles (“¿por qué siempre hay túneles de estos?” protesta Madison). El camino está bloqueado por una serie de trampas sin sentido. Madison se queja con razón (“no hay motivo para que haya unos artilugios que te espachurren en mitad de un pasillo”) y, cuando por fin salen del pasillo echa pestes del inventor del pasillo (“¡el guionista de este episodio merece la muerte!”).

¿Pero cómo pudieron los actores salir del pasillo de la muerte y llegar a su destino? Porque tuvieron ayuda del quinto Beatle: los fans. Star Trek fue una de las series pioneras en el fenómeno fan, y en la actualidad miles de personas asisten a las convenciones con uniformes de su serie favorita. En este caso, los tripulantes de la Protector tuvieron la ayuda de los propios fans. Taggart y Madison pudieron salir ilesos de los pasillos gracias a que un par de fans conocían todos los recovecos de la nave. Posteriormente los fans… bueno, no quiero soltar más spoilers de los necesarios, así que vea usted la película y luego me cuenta.

Por cierto, se supone que al año siguiente al de rodaje de Galaxy Quest (la película), Galaxy Quest (la serie) volvería con nuevos episodios. El actor que hizo de “tripulante nº 6” (el camisa roja, vamos) reveló en abril de 2016 que había planes para una secuela, pero la muerte del actor Alan Rickman detuvo el proyecto. También hubo rumores de una adaptación en forma de serie televisiva, lo cual hubiera sido una novedad en el campo de la ciencia-ficción (lo habitual es hacer la serie y luego la película, no al revés).

Quizá sea mejor así. Galaxy Quest, al igual que Spaceballs, ha alcanzado estatus de culto para su saga por mucho que no sea una historia oficial o “canon.” En la convención Star Trek de Las Vegas 2013, los fans decidieron que Galaxy Quest era la séptima mejor película de la saga Trek, y la base de datos IMDB la coloca en sexta posición. Por supuesto, nada supera a la ira de Kahn, pero el mero hecho de aparecer en la clasificación indica que Galaxy Quest es una gran película por derecho propio, más trekkie que algunas películas de Star Trek.

Todo gracias a su tripulación y al lema de su capitán: nunca abandonar, nunca rendirse. Por el martillo de Grabthar, ya tardas en verla.

Nota de calidad certifrikada: 8

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Vigila tu nuevo frigorífico conectado a Internet. Puede estar conspirando contra ti.

Uno de los ataques informáticos más básicos se denomina Denegación de Servicio, o DoS (Denial of Service). Sucede cuando alguien impide el uso de algún tipo de servicio. El ejemplo más sencillo es el de la red telefónica. Si alguien decide llamarme cada minuto sólo para fastidiar, yo puedo descolgar, decirle de todo menos bonito a mi interlocutor y volver a colgar, o bien ignorar la llamada. En cualquier caso, mientras lo haga no podrá llamarme nadie más. El atacante me está negando el uso de mi servicio telefónico.

Los ataques DoS no están restringidos al mundo digital. Imagínese una sucursal bancaria. El hacker podría ir al banco y ponerse en cola una y otra vez, ahora sacando dinero, ahora viendo el saldo, ahora pidiendo una retirada. El banco puede liberarse de esta moleste cliente diciéndole que use el cajero, o bien utilizando su arma más poderosa: las comisiones.

¿Pero y si utilizamos compinches? En el libro de Arthur Hailey Traficantes de Dinero, escrito en 1975, un banco decide retirar fondos destinados a la rehabilitación de barrios pobres, y sus habitantes contraatacan “atacando” las sucursales bancarias. Entran, abren una cuenta, piden el saldo, retiran algo de dinero, bien solicitan información, ingresan algunos billetes… cientos de personas durante todo el día, y luego el día siguiente, y el siguiente. Los responsables del banco asisten atónitos a un ataque masivo que ralentiza las operaciones diarias e impide a los clientes habituales utilizar los servicios de las sucursales, por no hablar de la pérdida de imagen. Al final el banco cede.

Esto sería un ataque DoS con compinches, lo que en terminología informática se llama ataque de Denegación de Servicio Distribuido, o DDoS (Distributed Denial of Service). En este caso el volumen del ataque puede producir perjuicios de consideración al atacante. Volviendo a nuestro ejemplo, no siempre resulta fácil ejecutar un ataque telefónico DDoS con éxito. Miles de personas llamando una y otra vez al servicio de atención al cliente de un gran banco podrían causarles ciertas molestias temporales, vale, pero ¿qué hemos conseguido salvo incomodar a algunos llamantes legítimos y fastidiar a los pobres chavales que contestan al teléfono? La empresa, por su parte, tiene diversos medios para defenderse: mantener muchas líneas abiertas, poner a los insistentes telefoneadores en una lista de bloqueo, y por supuesto tomar medidas legales contra ellos gracias a que una llamada telefónica es muy sencilla de rastrear.

Vale, pues dejemos el teléfono y vamos a ver qué podemos hacer con las conexiones en Internet. Muchas personas intentando conectarse a eBay podría lograr que su web se viniese abajo, con lo que los clientes no pueden realizar compras y la empresa perderá una pasta en ventas no realizadas. En un plano distinto, una forma de protesta consistente en tirar abajo la web del Fondo Monetario Internacional llamaría la atención sobre los peligros de la globalización y etcétera. En un caso el ataque tiene fines económicos (sea fastidiar o beneficiar a otra empresa), en otro tiene fines sociopolíticos o de visibilidad mediática.

Los motivos pueden ser más insidiosos. En la película Jungla de Cristal 3, el malvado Simon escondió una gran bomba de gran potencia en un colegio de la ciudad. Mientras la policía de la ciudad desplegaba todos sus efectivos, Simon tuvo la ocurrencia de llamar a una emisora de radio y contar su plan. En el acto miles de ciudadanos deseosos de información colapsaron las líneas telefónicas de la policía, impidiendo que los agentes pudiesen coordinar sus esfuerzos; mientras tanto, el detective McClane se preguntaba por qué no podía llamar a sus compañeros para avisarles de dónde estaba la bomba.

Por supuesto, tanto el señor eBay como mister FMI o la policía de Nueva York saben a lo que se exponen y tiene todo tipo de defensas para evitarlo: sus servidores están preparados para absorber gran número de conexiones, hay filtros que detectan y bloquean ataques DoS. Pueden detener ataques de miles y miles de personas.

Pero si las defensas pueden alcanzar un nivel formidable, también puede hacerlo el ataque. Una manera de conseguir grandes cantidades de atacantes es infectando sus ordenadores con virus o troyanos para controlarlos a distancia. Puede que su propia máquina, amigo lector, esté infectada. El bicho le vino por adjunto a un correo electrónico, en un USB que le pasó su cuñado, en ese programa gratuito tan chulo que se descargó usted para hacer bitcoins o escuchar música, hay muchas formas. Una vez dentro el troyano no parece hacer nada, así que usted no sospecha nada; internamente su ordenador ha quedado esclavizado, y cuando reciba la orden comenzará a enviar datos al objetivo de forma coordinada con millares de otras máquinas similares.

El uso de grandes redes de ordenadores ha calado incluso en franquicias de cine como Terminator. Si en la primera y segunda entregas (1984 y 1991, respectivamente) Skynet era presentado como una gran máquina que alcanza consciencia y elimina la civilización humana, en Terminator 3 (2003) el enemigo está mucho más distribuido:

Para cuando Skynet fue consciente de su capacidad, se había esparcido por millones de servidores informáticos por todo el planeta. Ordenadores corrientes en edificios de oficinas, en cibercafés, en todas partes. Todo era software y ciberespacio. No había núcleo del sistema. No se podía desconectar.

Los ataques DDoS se caracterizan por su duración y sobre todo, su intensidad, que podemos cuantificar como la cantidad de datos recibidas por segundo por el sistema atacado. Para que se haga una idea, su pendrive USB 2.0 puede transferir datos al ordenador a una velocidad máxima de 480 megabits por segundo (Mbps), y los nuevos USB 3.0 pueden alcanzar velocidades de transferencia de hasta 5 gigabits por segundo (1Gbps). Bien, pues en el primer trimestre de 2016 ha habido 19 ataques de 100 Gbps o más. A comienzos de año la BBC y la web del candidato presidencial norteamericano Donald Trump cayeron bajo un ataque combinado de 602 Gbps, algo sin precedentes hasta la fecha.

Los ataques DDoS son muy difíciles de detener debido a las características de los atacantes. Como en las películas de zombis, no importa cuántos ordenadores infectados eliminemos, siempre quedarán algunos para volver a propagar la infección. La acción de los usuarios usando antivirus y negándose a abrir archivos sospechosos puede ayudar, por supuesto. Eso, junto con la acción de las fuerzas policiales y de las empresas especializadas, ayuda a limitar (raramente impedir por completo) este tipo de ataques.

Pero los defensores se enfrentan ahora a una amenaza mayor: la Internet de las Cosas (IoT). Esos futuros utópicos en los que todo estará conectado a todo, que nos venden como algo bueno y modernuqui, tienen su cara oscura. Algunas ya las tenemos en mente, como el espionaje tipo Gran Hermano (¿sigue usted sin cubrir la cámara de su ordenador, amigo lector?) o la aparición de nuevos virus que nos roben nuestra información sensible.

Hay una tercera posibilidad a la que apenas hemos prestado atención: ataques DDoS domésticos. Si llenamos nuestras casas con televisores, frigoríficos y mesitas de noche conectadas, ¿podría alguien usarlas para lanzar un ataque de denegación de servicio? Vale, una Thermomix o un termostato tienen mucha menos memoria y capacidad de cómputo que un ordenador, pero a cambio gozan de tres ventajas: tienen multitud de vulnerabilidades, carecen de protección de tipo antivirus… y son muchos.

Esta “rebelión de las máquinas” puede sonar a serie de Netflix pero en realidad es algo que ya ha sucedido, y más de una vez. En septiembre de 2015, por ejemplo, las redes de juego de Microsoft (Xbox) y Sony (Playstation Network) fueron tumbadas por ataques DDoS lanzados desde millares de routers domésticos. Este junio pasado se descubrió una red similar que utilizó cámaras de circuito cerrado (CCTV) para atacar una web durante días.

Más recientemente, entre el 19 y el 22 de septiembre de 2016, el proveedor de servicio francés OVH se tambaleó bajo una serie de ataques DDoS de ferocidad nunca vista: los picos llegaron a los 990 Gbps. Pocos días antes, y de modo similar, la web de seguridad KrebsOnSecurity recibió un ataque DDoS de más de 600 Gbps. KoS estaba protegida de este tipo de ataques por una empresa especializada llamada Akamai, pero ni siquiera ellos pudieron detener la oleada de datos y tuvieron que tirar la toalla. Krebs solamente volvió a operar gracias a Google, que proporciona servicios de protección DDoS a servicios de noticias gracias a su Proyecto Shield.

Lo realmente sorprendente de esos dos últimos ataques no fue su volumen sino su procedencia. En lugar de ordenadores, los atacantes utilizaron otros dispositivos de menor potencia como cámaras IP, esas que usted puede ver por todas partes y que nos venden para asegurar nuestra casa o la habitación de los niños. Según Octave Klaba, de OHV, el ataque contra sus instalaciones fue realizado por casi 150.000 cámaras.

No hemos carecido de preavisos, así que prepárese porque la cosa no hará sino ir a peor. Los dispositivos de la Internet de las Cosas (IoT) están diseñados pensando en la eficacia de uso, no en la seguridad. Tanto su número como su variedad siguen en aumento: televisores, frigoríficos, grabadores digitales de vídeo, cámaras de vigilancia, sistemas domóticos, bombillas LED, robots de cocina, contadores eléctricos… la lista es interminable. Los ataques DDoS futuros usarán millones, quizá decenas de millones, de dispositivos IoT vulnerables, dejando en ridículo todo lo que hemos visto hasta ahora.

¿No me creen? NO hay problema. Sólo tiene usted que esperar un poco y los ataques DDoS de terabits por segundo serán moneda corriente. El día que entre a comprar en la web de Amazon y vea que está KO, ya sabe por qué.

APÉNDICE. Este artículo fue publicado a mediados de octubre, y estaba programado para publicarse el lunes 24. Tres días antes, el viernes 21, el proveedor de Internet norteamericano Dyn.com sufrió una serie de tres ataques DDoS. Este acto resultó particularmente devastador debido al hecho de que Dyn es un proveedor de servicios DNS (Domain Name System), que básicamente le dice a un ordenador dónde buscar una web cuando el usuario teclea una dirección www en el navegador; es decir, actúa como un gigantesco listín telefónico. Como resultado, algunas de las mayores empresas de Internet a las que Dyn presta este tipo de servicios sufrieron interrupciones, como Spotify, Netflix, Twitter… y Amazon.

mapa-de-eeuu-con-las-zonas-del-pais-mas-afectadas-por-el-ataque-ddos(Zonas de EEUU atacadas el jueves 21 mediante DDos)

El ataque del jueves fue uno de los más intensos desarrollados hasta la fecha. Como en los casos anteriores (OHV, Krebs), el principal vector de ataque fue la Internet de las Cosas. Esta vez la situación ha ido a peor por varios motivos. Primero: los atacantes escogieron un servicio vital de Internet, capaz de tumbar algunas de las mayores empresas de comercio electrónico y redes sociales.

Segundo: los tres ataques que se registraron el día 21 fueron separados y procedían de distintas redes de “bots” (programas informáticos usados para el ataque). Dyn lo describe como “un ataque sofisticado altamente distribuido con decenas de millones de direcciones IP…con múltiples vectores de ataque” El primero de ellos afectó a la Costa Este de EEUU; los otros dos se extendieron por todo el mundo, convirtiéndose en uno de los mayores ataques a la infraestructura de Internet hasta la fecha.

Tercero: utilizaron el mismo tipo de “bots” que en los casos OHV y Krebs, lo que no es de extrañar ya que el código fuente de ese malware (conocido como Miral) es público; lo que significa que cualquiera puede montar su propia red de bots.

Cuarto: la escala de los ataques hace pensar en algún tipo de ciberterrorismo con mayúsculas, donde puede que estén involucrados países enteros. Aún no se sabe quién lo ha hecho o con qué objeto. Aunque un grupo hacker denominado New World Hackers se ha atribuido la responsabilidad de esta acción, gobiernos como el ruso o el norcoreano ya han mostrado su hostilidad hacia Estados Unidos en el ciberespacio.

La situación no está nada clara. El experto en seguridad informática Bruce Schneier se decanta hacia la posibilidad de que se trate de ataques hackers (ver aquí y aquí), pero al mismo tiempo afirma que los servicios críticos de Internet llevan dos años sufriendo ataques de sondeo, de forma similar a cuando EEUU enviaba aviones a la frontera rusa para sondear sus defensas durante la Guerra Fría (recomiendo su artículo Alguien está aprendiendo a tumbar Internet, de 13 de octubre).

Podemos afirmar que, como dije al final del artículo, esto sólo va a ir a peor. A estas alturas no me atrevo a seguir haciendo predicciones. Sólo puedo hacerle un ruego a usted, amigo lector, que puede aliviar la intensidad de estos ataques en el futuro: si tiene un instrumento IoT en casa, por favor, por favor, CAMBIE LA CONTRASEÑA. Gracias.

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Nos están bombardeando con rayos gamma. Proceden de todas las regiones del espacio, generados por agujeros negros, cuásares, púlsares y otros entes de mal vivir. Sus radiaciones recorren millares de años-luz hasta que llegan a nosotros. Nuestra red de vigilancia planetaria está al límite y necesita voluntarios. ¿Serás tú uno de ellos?

Dicho así parece el principio de una película de serie B, pero resulta que todo es cierto. La FECYT y el IFAE (Instituto de Física de Altas Energías) de Barcelona han combinado sus equipos para presentarnos la iniciativa Cazadores de Rayos Gamma. Podrás seguir el trabajo de Daniel para aprender el uso de los telescopios MAGIC (Major Atmospheric Gamma Imaging Cherenkov), así como el modo de procesar la información, separar señal y ruido, y obtener finalmente los datos de interés científico. Alba te pondrá al día sobre el microcuasar Cygnus X-1, Quim te enseñará cómo aprovechar los rayos gamma para buscar materia oscura, y Leyre pondrá a prueba la teoría de la Relatividad en tus narices.

Una vez hayas aprendido todo sobre los rayos gamma, comienza la observación. Te darán datos reales y tendrás que saber qué hacer con ellos. Si tu trabajo científico mola lo suficiente, podrás participar en el concurso de los Cazadores: una noche de observación mano a mano con ellos, el observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma.

¿Te animas? ¿Sientes como tu ardor científico te llama? ¿Deseas formar parte de la patrulla gamma? Pues ya estás tardando. Tienes un uniforme y una pantalla de observación esperándote en www.cazadoresderayosgamma.com. Contamos contigo, cadete.

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La película El Núcleo (The Core) es al rigor científico lo que Trump a los buenos modales. Lo que en otros casos son licencias creativas aquí se convierten en flagrantes fallos de la Física, algo grave en una película que pretende ser realista y creíble. No me preocuparía si la película se limitase a proporcionarnos un par de horas de diversión y punto, pero su efecto va mucho más lejos.

Discúlpeme si hoy sueno algo quisquilloso, pero es algo que repercute en mi trabajo de profesor. recientemente he comprobado que las concepciones previas que mis alumnos tienen en la cabeza están fuertemente influidas por lo que ven en cine y televisión, y a pesar de mis esfuerzos siguen creyendo que en el espacio no hay gravedad o que un objeto no sometido a fuerzas acabará por pararse. ¿De dónde salen esas ideas? En parte de su experiencia cotidiana, y en parte de películas mal hechas donde la nave espacial se detiene cuando para los motores, como si fuese un petrolero navegando por el océano, o donde los sonidos se propagan en el vacío alegremente.

El Núcleo es una película campeona en lo que respecta a fallos científicos de los gordos, y uno de los más mencionados suele referirse al peso de los astronautas. Como usted sabrá la fuerza de la gravedad es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. En principio, cuanto más nos alejemos de la Tierra menor será esa fuerza, y por tanto menor será nuestro peso. Si se pesa usted en un avión que vuela a 10.000 metros de altitud, su peso habrá disminuido en un 0,03% (no se alegre, volverá a recuperarlos cuando aterrice).

La Ley de Gravitación Universal de Newton, que es la que estamos usando, vale solamente para masas puntuales, pero se puede demostrar que el efecto gravitatorio es el mismo si consideramos que toda la masa de la Tierra se encuentra concentrada en su centro. Eso presupone que nos encontramos en el exterior de la Tierra. ¿Qué ocurre si nos metemos en el interior, como hacen los protagonistas de El Núcleo?

Al entrar en una mina profunda, la montaña que está por encima tira de nosotros hacia arriba, de modo que nuestro peso será algo menor. Cuanto más profundicemos mayor será esa pérdida de peso. En el caso extremo de que lleguemos al centro de la Tierra, las diferentes partes del planeta tirarán de nosotros en todas direcciones, y como resultado nuestro peso será cero. Si nuestros terranautas descienden a miles de kilómetros de profundidad notarían un peso menor.

¿Cuánto de menor? Podemos hacer algunos cálculos sencillos. Un pequeño truquito matemático llamado Teorema de Gauss, que suele usarse mucho para estudiar el campo eléctrico, nos será útil en este caso. Sea R el radio de la Tierra, y digamos que usted se encuentra a una distancia r del centro. Imagínese ahora la esfera de radio r que tiene usted bajo sus pies, y calcule la masa m que contiene. Bien, pues el Teorema de Gauss nos dice que la fuerza gravitatoria será la que ejerce esa esfera de radio r que hay bajo usted; el resto del planeta (todo lo que hay a distancia entre r y R) es como si no existiese.

Eso significa que la fuerza que ejerce la Tierra sobre usted es F=Gmm’/r2 (donde m’ es su propia masa, lector), y por tanto su aceleración gravitatoria es proporcional a m/r2. Parece que la dependencia con el cuadrado inverso de la distancia permanece, pero atención a un detalle: m es la masa de la esfera de radio r, no la masa total de la Tierra. Si suponemos una Tierra homogénea, esa masa m será proporcional al volumen de la esfera, que a su vez es proporcional al radio elevado al cubo. Es decir: a=algo*r3/r2 = algo*r (ese “algo” es una constante de proporcionalidad). La conclusión es que, dentro de nuestro planeta, el peso es directamente proporcional a la distancia al centro.

Ese es el fallo de El Núcleo, y como tal aparece incluso en la Internet Movie Database. Cuando los terranautas salen del manto y llegan al borde del núcleo externo la profundidad es de unos 2.890 kilómetros y su distancia al centro es de 3.480 kilómetros. En ese momento el peso debe ser de 3.480/6.370 = 0,55 veces el de la superficie, con lo que parecen haber adelgazado un 45% Cuando lleguen a su destino, que está más o menos a unos 2.200 kilómetros del centro, su peso habrá caído al 35%, un tercio el valor en la superficie. En esas circunstancias los cuerpos caerían con mayor lentitud, los saltos serían tres veces mayores y los ocupantes de la Virgilio se moverían casi como los astronautas en la Luna. Por el contrario, vemos que se comportan normalmente como si estuviesen en gravedad normal. Tarjeta y expulsión.

La sorprendente verdad, sin embargo, es que el fallo no es tal, y la gravedad que sienten los protagonistas de El Núcleo es casi correcta. El motivo es que hemos simplificado demasiado. Es habitual realizar simplificaciones previas para llegar a una conclusión, y se supone implícitamente que podemos hacerlas sin que el resultado se altere mucho, pero en ocasiones no es así. Los chicos de The Big Bang Theory lo escenifican con el siguiente chiste:

Hay un granjero que tiene gallinas pero no ponen huevos, así que pide a un físico que le ayude. El físico realiza unos cuantos cálculos y le dice ‘tengo la solución, pero sólo funciona con gallinas esféricas y en el vacío’

La broma, claro, es que hemos simplificado tanto que la solución no resulta útil. Un granjero escrupuloso que construyese un gallinero al vacío vería cómo sus gallinas se mueren una tras otra, así que de poner huevos nada; y no les cuento nada del problema de encontrar gallinas esféricas.

La simplificación que hemos hecho nosotros es asimismo incorrecta. Hemos supuesto que la Tierra es homogénea, y como consecuencia la aceleración gravitatoria varía linealmente con la distancia. Lo cierto es que nuestro planeta está dividido en capas, y cuanto más profundizamos mayor es la densidad de éstas. Al salir del manto para penetrar el núcleo dejamos atrás una capa de densidad menor, y al aumentar la densidad la masa de lo que tenemos bajo nuestros pies es también mayor. Resultado: la aceleración gravitatoria es más alta de lo esperado.

Para realizar los cálculos adecuados hemos de tener un modelo que nos indique cuáles son las capas en que podemos dividir la Tierra, su densidad y grosor. Existe un modelo llamado PREM que puede sernos de utilidad para calcular mejores valores de aceleración (línea gruesa continua) y compararlos con la aproximación de “gallina esférica en el vacío” (línea discontinua):

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Como puede verse, durante el viaje por el manto la aceleración gravitatoria incluso aumenta un poco, de modo que los terranautas sentirán que su peso aumenta. La diferencia es de apenas el 10% incluso a 3.000 kilómetros de profundidad. Al pasar del manto al núcleo el tirón gravitatorio comienza a disminuir, pero incluso en el centro del núcleo externo, donde su viaje termina, la gravedad es un 76% del valor inicial, no el 35% de antes.

Una disminución de una cuarta parte en el peso aparente sería algo apreciable, pero no tan evidente como en un alunizaje. Creo que podríamos disculpar a los terranautas por no darse cuenta. A quien no quiero disculpar es al guionista. La Física se ha puesto de su lado en este caso, pero han acertado de pura casualidad.

Y usted, lector, ¿qué opina? ¿Mantenemos la tarjeta roja o la retiramos?

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Decíamos anteayer que yo les había pasado a mis alumnos una prueba de conocimientos previos. Los resultados más sobresalientes ya los comenté en el post anterior, pero al final dije que todavía quedaba viene mi pregunta favorita. Leed y decidid si valió la pena esperar. Ah, y feliz día de fiesta y todo eso.

Como creo que los alumnos de ciencias no está muy puestos en eso del método científico, creé hace algún tiempo un curso online (ACME). Este año lo he recomendado a mis alumnos por vez primera, pero no creo que se lo hayan terminado a la vista de la siguiente pregunta: “¿Cuáles de las siguientes disciplinas tienen base científica” (se permiten varias respuestas). He aquí, con una excepción que luego les comentaré, las respuestas:

Homeopatía: 11% sí, 89% no

Psicología: 79% sí, 21% no

Física de partículas: 100% sí

Acupuntura: 21% sí, 79% no

Marxismo: 5% sí, 95% no

Inmunología: 100 sí

Teoría de cuerdas: 74% sí, 26% no

Puede parecer curioso que una cuarta parte no tenga claro que la teoría de cuerdas tiene base científica. Teniendo en cuenta la dificultad de verificación (tanta que algunos abogan por eximir a la TC de la exigencia de comprobación experimental), que llevan medio siglo desarrollándola y que hasta Sheldon Cooper la ha abandonado, resulta razonable que algunos duden. En cuanto a la psicología, tengo a mi esposa matriculada en esa carrera, y si la mitad de lo que me ha contado es cierto, 79% me parece alto.

Me he dejado lo mejor para el final, porque resulta que incluí una respuesta más. ¿Saben cuántos alumnos creen que la astrología es una disciplina científica? Si os digo que el resultado os sorprenderá seguro que os suena al típico enlace “clickbait,” pero juzgad vosotros mismos. El porcentaje de alumnos que incluyó “astrología” en la categoría de ciencia fue… ¡el 79 por ciento! ¡Cuatro de cada cinco!

Sé que en divulgación científica algunas batallas se hacen muy cuesta arriba pero creí que contra la astrología sí que podríamos. Pues no. Y estamos hablando de alumnos de primer curso en una carrera de ciencias. Todavía sin salir de mi asombro, al día siguiente les di la cifra y les pedí aclaraciones, a ver si podían iluminarme un poco. Les pregunté “¿de verdad creéis que la astrología es una ciencia? Eso de los horóscopos, las cartas astrales…” En ese preciso momento los alumnos comenzaron a protestar, ellos no dijeron eso, se referían a otra cosa.

¡Habían confundido la astrología con la astrofísica!

En parte se les puede disculpar. Acostumbrados a tratar con ciencias como la biología, geología, fisiología y demás logías, asumieron que algo que comenzase con “astro” y acabase con “logía” debía ser por fuerza una ciencia respetable. Desafortunadamente, los futurólogos y charlatanes se apropiaron de ese término hace mucho tiempo. A los científicos que estudian el cielo les quedó algo que tuvieron que llamar astronomía, y en cuanto los físicos entraron a saco con sus espectroscopios y demás chismes pasó a llamarse astrofísica. Si mis alumnos no sabían distinguir entre ambas, puede que sea porque no han estado en contacto con el mundo de la astrología y los horóscopos, y en ese caso tanto mejor para ellos. Pero también podemos dar una lectura negativa: quizá hayan estado tan alejados de la astrofísica que no sepan siquiera lo que es.

Y de aquí sacamos otra conclusión: la mujer del César no sólo ser virtuosa sino parecerlo. Muchas veces la apariencia externa supera a la sustancia interna, la forma a la función, y nada mejor para ilustrarlo que la dicotomía astrología-astrofísica. En la actualidad los grupos pseudocientíficos, los charlatanes y en general todos aquellos personajes sin escrúpulos dispuestos a vivir de la credulidad ajena, tiene muy en cuenta este elemento y se lo aplican a rajatabla. Cada vez oímos más hablar de terapias con nombres extraños que no son sino el mismo perro con distinto collar.

Por ejemplo, yo tengo la habilidad de abstraerme cuando estoy pensando en cualquier cosa, y paso de todo el mundo exterior. En otros tiempos mi familia me decía que estaba en las Batuecas; pues bien, hace poco descubrí que eso ahora se llama mindfulness. ¿A que en inglés suena como ese tipo de cosas que enseñan a los ejecutivos en los retiros de empresa? Y no es el único ejemplo:

– El abuso de las vitaminas a cascoporro se conoce como medicina ortomolecular

– La medicina alternativa, esa que no cura pero se atribuye el mérito, ahora se hace llamar medicina complementaria (o integrativa), imagino que por eso de “entre el oncólogo y yo le hemos curado el cáncer, hay mérito para todos”

– La homeopatía, cada vez más desprestigiada por su falta de base científica y de eficacia clínica, llama ahora medicina alopática a la medicina de siempre

– Las terapias que pretenden tratar cuerpo y mente, como la fitoterapia, la terapia de flores de Bach, la acupuntura o la aromaterapia, se consideran a sí mismas medicina holística

– Combinar la agricultura con la astrología nos proporciona la agricultura biodinámica

– La radiestesia, el Feng Shui y similares se agrupan en el término geobiología

– El estudio de dragones, bigfoots, monstros del lago Ness y demás seres fantásticos se llama criptozoología

– Pretender que la apariencia externa de una persona determina su personalidad es ahora fisiognomia

– Las experiencias místicas, trances o otros estados de consciencia alterada se estudian en la llamada psicología transpersonal

– El creacionismo se llama ahora teoría del diseño inteligente, combinando un juego de palabras genial en el inglés original, ya que “design” suele traducirse como “diseño” (lo que sugiere ingeniería y ciencia) pero también significa “designio” (con claras connotaciones bíblicas)

Algunos de los profesionales del ramo han sido rápidos en abrazar términos y formas que suenen a científico. Iker Jiménez, por ejemplo, llevaba años hablando de algunos temas que suenan más o menos a científico, como el tratamiento que en su programa hizo sobre el SIDA o sobre los neutrinos superlumínicos. Su “nave del misterio” está descaradamente… a ver cómo digo esto… inspirada en la Nave de la Imaginación de Carl Sagan; y en los últimos tiempos se le ha notado un marcado cambio de rumbo, desde los temas pseudocientíficos habituales hacia otros que suenen menos “pseudo” y más “científicos”

Fruto de esa deriva ha sido un nuevo programa llamado “Cuarto Milenio Zoom”, que viene a ser algo así como lo mismo de siempre pero con una capa más de pintura. Uno de los temas que tocó allí fue algo que en Naukas hemos tratado hasta la saciedad: ¿hay riesgo en las ondas de los móviles y las redes wifi? Toda la evidencia que hemos visto quienes hemos escrito sobre el tema en Naukas indica que no. Pues Iker parece descononocer el significado de “no es no” Fíjense como se presentaba el episodio:

El programa pondrá el foco en los efectos de los dispositivos electrónicos y las afecciones que pueden causar ¿Estamos expuestos a un peligro del que no somos conscientes? ¿Son estos dispositivos los verdaderos responsables de muchas enfermedades? Estas serán algunas de las preguntas planteadas en la quinta edición de ‘Cuarto Milenio: Zoom’

Puesto que responder “no” reduciría la extensión del programa a treinta segundos, se incluyen los habituales tópicos como incomprensión hacia los afectados, los supuestos intereses económicos y la coletilla de “algunos médicos y científicos defienden que…” Por supuesto no dicen qué porcentaje defiende eso, pero qué mas da, el caso es mostrar polémica.

A la vista de este panorama, no debe extrañarnos que tantas personas caigan en las redes de las pseudociencias. En algunos casos llegan allí huyendo de la ciencia tradicional, pero en otros casos entran creyendo que aquello es ciencia tradicional. El enfermo que, por la causa que sea, no logra curarse en un hospital, puede acabar en manos de un curandero o un acupuntor para curar su cáncer; pero también puede creer que la homeopatía, la medicina ortomolecular o las terapias integrativas son un paso más allá de la medicina tradicional. Con esos nombres ¿cómo van a ser una engañifa?

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Este año estoy desarrollando un proyecto de innovación docente llamado Chesterton, del que os hablaré en otra ocasión. Se trata de un sistema para interaccionar con los alumnos de modo electrónico.

Aunque no se me ocurrió en un principio, tuve la idea de aprovecharlo para hacer un examen a mis alumnos. En realidad no es examen porque no cuenta para la nota, y ni siquiera hay que poner el nombre. Se trata simplemente de una prueba de conocimientos previos. La idea es tener un medio de saber qué grado de preparación tienen mis alumnos cuando llegan a mi asignatura.

Lo cierto es que se trata de algo muy útil. Se supone que tienen los conocimientos reglamentados y aprobados por el Estado, así que sobre el papel todo va muy bien. Cualquier profe de primero de carrera os dirá que la realidad es muy distinta. Muchos de los conocimientos supuestamente aprendidos se les olvidó a los diez minutos del examen, algunos alumnos tienen lagunas de aprendizaje por los motivos que sean, y el resultado es que demasiados de ellos vienen mal preparados a la Universidad.

Ahora mismo les estoy sorprendiendo usando conceptos que creían haber dejado atrás para siempre. Mi frase favorita estos días es del tipo “¿recordáis cuando en el colegio os enseñaron X, lo aprobásteis y creísteis que no lo veríais de nuevo en vuestra vida? Pues ¡sorpresa!…” Y aquí entran cantidad de conceptos que necesitan en mis clases: las propiedades del producto escalar, el significado de la función derivada, las propiedades del ángulo doble. No es que yo sea un sádico, es que realmente hacen falta esas herramientas para aprender Física a nivel universitario.

Volviendo a mi proyecto, esta semana les pasé un cuestionario por Google Drive y respondieron mediante sus móviles. Como los resultados son anónimos y el test es voluntario, tengo la convicción de que las respuestas representan el estado de sus conocimientos de manera bastante fiable. Tengo los resultados encima de la mesa, y en general la cosa no fue mal del todo. La gran mayoría sabe distinguir una derivada de una integral, tiene claro que el pársec no es una unidad para medir ángulos, recuerdan que el trabajo se mide en julios e incluso se hacen una idea de cuánto mide un campo de fúrbol (bueno, eso se lo expliqué yo la semana anterior, pero al menos lo recuerdan).

Otros conceptos no los tienen tan claros. Uno de ellos es la Primera Ley de Newton. A pesar de que supuestamente se saben lo que dice, no son capaces de aplicarlo al mundo real. Se supone que, según esa Ley, un cuerpo en movimiento seguirá en su mismo estado de movimiento salvo que actúe sobre él una fuerza. A pesar de ello, ante la pregunta de “Todo lo que se mueve ¿tiende a detenerse?” sólo un 16% respondió correctamente (“no, porque no hay nada que lo detenga”). Un asombroso 84% decició que “sí, porque ese es su estado natural” … que era lo que Aristóteles postulaba hace más de dos mil años. En pleno siglo XXI, el viejo griego sigue partiendo la pana.

Precisamente uno de los grupos tenía al día siguiente clase sobre Dinámica, así que me preparé para explicarles bien la Primera Ley de Newton. Hice hincapié en la diferencia entre las concepciones de Aristóteles y Newton, les recalqué que la evidencia cotidiana no es buena guía en este caso, les señalé claramente que, si no actuamos sobre un cuerpo, ese cuerpo seguiría moviéndose igual que antes.

Al final de clase les puse de nuevo a prueba. Les hice una cuestión para que la respondieran mediante un formulario de Google Drive. El enunciado decía: “Si la fuerza que actúa sobre un cuerpo deja de actuar, el cuerpo…” Algo más de la mitad escogieron la respueta correcta (“continúa a velocidad constante”), pero un 41% seguía aferrándose al pensamiento aristoteliano (“se detiene pero tarda algún tiempo en hacerlo”). Más que aristotelianos parecen grouchomarxistas: prefieren hacer caso a sus propios ojos que a mí.

[ACTUALIZACIÓN 10/oct. Mientras este artículo se publicaba, hice lo mismo con el otro grupo de teoría: le expliqué lo que significa la Primera Ley de Newton, les aclaré que la experiencia cotidiana a veces no proporciona resultados tan claros, les hice énfasis en que cuando un cuerpo se deja en paz, sigue a velocidad constante… y luego les sometí a la misma cuestión que el otro grupo: Si la fuerza que actúa sobre un cuerpo deja de actuar, el cuerpo… ¿Acertaron con la respuesta correcta? Sólo el 29% de ellos. Dos de cada tres siguen creyendo que el “cuerpo se detendrá pero tardará algún tiempo en hacerlo” No sé si cortarme las venas o dejármelas largas]

Supongo que este resultado se debe a que los alumnos echaron mano de su sentido común y concluyeron que, como los objetos que ven a su alrededor acaban deteniéndose, eso debe ser lo que sucede siempre. Esto me sugiere dos cosas. La primera: que cosas que consideramos “evidentes” no lo son ni por asomo. Cualquiera que esté bien acostumbrado a la Primera Ley de Newton sabrá que los cuerpos, cuando los dejamos solos, se quedan con su estado de movimiento inalterado; pero nuestra experiencia cotidiana dice fuertemente lo contrario, así que de evidente, nada. La segunda: que debo mejorar la forma en que enseño Dinámica. De las tres Leyes de Newton, la segunda (la famosa F=ma) es la que se lleva el gato al agua. La tercera ley se ve como un fenómeno curioso, y la primera parece poco más que algo de trámite. Es necesario cambiar el chip en esto, y no sólo yo, ya que si me encuentro este problema en clase es porque los chavales lo arrastran desde el colegio. No lo digo por culpar a nadie, sólo quiero señalar el hecho.

Mi prueba de conocimientos previos (PCP) también me ha desvelado algunas ideas equivocadas que duermen en la mente de mis alumnos:

Un objeto que se mueve a mayor velocidad está sometido a una fuerza más intensa, ¿sí o no? La respuesta es que no, al menos no siempre. Se puede alcanzar una alta velocidad mediante la aplicación de una fuerza pequeña pero duradera (como hacen los cohetes iónicos), pero mayor velocidad no implica automáticamente mayor fuerza aplicada. Las respuestas estaban divididas entre el sí (54%) y el no (46%)

En el espacio hay gravedad, ¿sí o no? Esta me dolió más. Se supone que conocen la Ley de Newton de Gravitación Universal, que alcanza a distancias infinitamente grandes, y hasta en Órbita Laika trataron la cuestión. La respuesta correcta, por tanto, es sí. Entonces ¿por qué el 75% de los alumnos responden que no? Porque habrán visto una película o un documental donde aparecen los astronautas flotando en el espacio, y creerán que debe haber algún lugar exento de la acción de la gravedad. En realidad sí que actúa allí, pero puesto que actúa sobre la astronave de igual forma, el resultado es un reposo relativo. Expresiones como “trabajos en ingravidez” o “gravedad cero” son ejemplos de abuso de lenguaje (algo así como decir “el Sol sale por el Este”), pero su utilización habitual incluso en el campo de la divulgación científica lleva a los alumnos a errores.

La fuerza que hace girar los huracanes y el agua en una bañera se llama… (hay varias opciones para elegir). Si hay una fuerza no inercial chula es la de Coriolis, pero al parecer mis alumnos llegaron a la palabra “girar” y pensaron en la fuerza centrípeta, que es la elección del 60% de ellos. Una cuarta parte se decidió por la fuerza centrífuga. Sólo un 15% de ellos respondieron correctamente “fuerza de Coriolis.” No incluyo en ese porcentaje al alumno que respondió “fuerza de Corealis”, que es como se llamó a la fuerza de Coriolis en el famoso episodio de los Simpson en el que se van a Australia. Estaba convencido de que mucha gente sabe de la fuerza de Coriolis por ese episodio, y según veo no iba desencaminado.

La ecuación del período de un péndulo es válida para… (varias opciones). Es importante recordar que cualquier ecuación o teoría solamente vale en determinadas circunstancias restricrivas. El período del péndulo puede obtenerse fácilmente, pero solamente vale para oscilaciones pequeñas. ¿Cuántos alumnos acertaron esta vez? Solamente uno de cada cuatro. Un porcentaje similar creyó que era válido para ángulos menores de 45 grados, y otros tantos se quedaron tranquilos diciendo que servía siempre. Incluso hubo quienes dijeron que era válida para oscilaciones en el aire (es decir, con rozamientos).

Y ahora viene mi pregunta favorita. Pero como soy tan malvado, lo dejaré para el próximo post.

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El pasado día 26, la Fundación Línea directa hizo público un estudio sobre la siniestralidad de nuestros mayores al volante. En contra de lo que los prejuicios parecen decirnos, parece que los mayores de 65 años conducen de forma más prudente. Según ese estudio, “los conductores mayores de 65 años demuestran ser los más seguros. De hecho, registran 4 veces menos accidentalidad que los menores de 25 años” Como causas, se alude a su mayor respeto por las normas (particularmente, por los límites de velocidad), su menor agresividad al conducir y la aceptación de sus propias limitaciones. A pesar de ello, su riesgo de morir en caso de accidente es 2,5 veces superior al del resto de los conductores, fruto sin duda de su mayor vulnerabilidad y fragilidad a esas edades.

La noticia se ha recogido en muchos medios de comunicación, desde RTVE hasta la Revista de la DGT pasando por El Mundo. Una motivación del estudio era comprobar o refutar la creencia de que nuestros abuelos son malos conductores, y a la vista de los datos obtenidos, ayudar a corregir esa falsa percepción social. El problema que yo he encontrado es ese “a la vista de los datos.” ¿Se cumple realmente?

Cuando nos fijamos tan sólo en los accidentados que conducían (excluyendo pasajeros y peatones), podemos ver que, en efecto, el número de los mayores de 65 su número es menor

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Por supuesto, eso puede deberse a que, sencillamente, hay menos mayores conduciendo y por eso sufren menos accidentes. Habría que examinar las cantidades relativas. Bastaría con dividir el número de accidentados por el número de conductores, para cada grupo de edad, para obtener un parámetro más fiable. Y eso es precisamente lo que hicieron. El resultado se mantiene: la siniestralidad relativa sigue siendo mínima para nuestros mayores.

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Estos datos ponen en tela de juicio la opinión de los conductores. Según el estudio, un 30% de los conductores considera peligrosos a los conductores mayores de 65 años, y más de un 70% estará a favor de obligarles a pasar exámenes psicotécnicos anuales; un 11% se decanta directamente por retirarles el carné cumplidos los 65 años. A la vista de los datos, estas medidas parecen injustificadas, fruto de nuestros prejuicios.

El estudio concluye haciendo una serie de recomendaciones para nuestros mayores: aumentar la frecuencia de los controles (cada 2-3 años), acudir al médico anualmente, viajar acompañado y evitar ciertas condiciones de conducción (noche, meteorología adversa, horas punta). Me parecen unas conclusiones razonables, y un buen intento por disipar los prejuicios existentes.

Pero me faltaba un dato que me tenía algo intranquilo. Esos datos son coherentes con un patrón de conducción homogéneo para los conductores de todos los grupos de edad, ¿pero y si no es así? Supongamos, por ejemplo, que los ancianos tiendan a conducir menos kilómetros, o que lo hagan por vías de mayor siniestralidad. En ese caso, el estudio estaría sesgado. A lo mejor lo que pasa no es que los mayores tengan menos siniestros porque conduzcan con mayor prudencia, sino porque conducen menos. De hecho, la propia nota de prensa de la FLD indica que los conductores mayores son conductores más seguros porque ”respetan más los límites de velocidad, no son tan agresivos en la conducción y aceptan mejor sus limitaciones, lo que les hace recorrer menos kilómetros y conducir más por el día” (la negrilla es mía).

He investigado un poco y he descubierto que es muy difícil obtener datos que tengan en cuenta el efecto de variables como el número de kilómetros recorrido, incluso de modo estimativo. También hay problemas al correlacionar kilómetros recorridos y probabilidad de accidente. ¿Es una relación lineal, es decir, si conduzco el triple mis probabilidades de tener un accidente se triplican?

Es perfectamente posible, incluso probable, que los mayores recorren menos kilómetros que personas de otros grupos de edad. En tal caso, tendríamos un caso de anumerismo. A menos que se logre dilucidar ese punto, creo que el estudio de Fundación Línea Directa ha intentado quitar a los ancianos el sambenito de malos conductores usando datos estadísticos de siniestralidad y accidentes, y en mi opinión no lo han conseguido. No digo que no tengan razón, pero falta información para demostrarlo.

En el apartado positivo, sí que hay indicios favorables. Como parte del estudio se realizó una encuesta a más 1.700 conductores. Según ellos, los conductores mayores de 65 años tienen una serie de virtudes tales como prudencia, respeto por los límites (de velocidad, supongo), poca agresividad, mayor experiencia y responsabilidad que otros grupos de edad; y todo eso debe, en justicia, hablar en su favor. También tienen sus defectillos claro: cambios bruscos de carril, frenazos injustificados y poca atención a la señalización.

Aquí entrará la experiencia en carretera de cada uno para poder juzgar estas afirmaciones. Por mi parte, qué quiere que les diga, un abuelo viajando lento y que no usa los intermitentes me preocupa relativamente poco. ¿Saben los que me dan pavor? Esos jovenzuelos veinteañeros que van a tumba abierta por la autovía en su Seat León y que consideran el carril izquierdo como de su propiedad. En cuanto los veo por el espejo retrovisor, ya estoy en Defcon 3.

Yo mismo reconozco que, en mis primeros años de conducir, era un desastre, y solamente mi abuela se atrevía a ponerse de copiloto. Decía que iba segura conmigo. No sé por qué lo diría, pero gracias, abuela. Y muchas gracias, yayo, por recorrer tantísimos kilómetros para llevarnos a los nietos a la playa sin un solo percance, salvo obligarte a poner la misma cinta de audio en cada ocasión. Sólo por eso te mereces un cielo propio.