De cómo NO se espía: el caso del Pueblo

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[De los archivos del Boletín ENIGMA]

La inteligencia de señales (Sigint) es, ya lo sabemos todos, una de las herramientas más potentes para obtener información sobre las capacidades e intenciones del enemigo. Los aliados han logrado grandes éxitos, ya fuese con el telegrama Zimmermann, los códigos de Enigma o los cables translatlánticos. Por supuesto, en ocasiones no es tan sencillo como lanzar el satélite y monitorizarlo desde el ordenador del despacho. Hay que acceder a los objetivos y “pincharlos”, o bien acercarse lo suficiente como para poder captar algo. No olvidemos que los satélites no lo cubren todo, ni en todas partes, y aún hoy es necesario acercarse al enemigo para poner la oreja. La misión del hombre de los cables se vuelve entonces tan peligrosa como la del espía que entra en el centro enemigo cámara en ristre. Y, en ocasiones, la misión se convierte en una pifia total. Uno de los ejemplos es el del Pueblo, cuya historia voy a relatarles ahora, tal y como la escribió James Bamford en su libro Body of Secrets.

El USS Pueblo era un buque de espionaje electrónico creado por la Armada Norteamericana en los años 60. En aquel entonces, la Navy estaba algo harta de que sus buques hiciesen de recaderos para los chicos de la poderosa NSA. Así que decidieron crear su propia flota de espionaje -a semejanza de los “pesqueros de arrastre” soviéticos- para cubrir sus propias necesidades de espionaje electrónico. El primero de ellos, el USS Banner, fue fletado en 1965 y desde su primera misión se puso las botas espiando aguas soviéticas del Pacífico. Animados por el éxito del Banner, la US Navy se decidió a fletar dos buques más: el Pueblo y el Palm Beach. El primero de ellos languidecía después de veinte años de servicio como carguero militar, pero en 1967 volvió a la mar como buque de espionaje electrónico.

A comienzos de 1968, se aprobó el primer objetivo para el Pueblo: la costa de Corea del Norte. Esta primera misión parecía algo fácil, piece of cake que dirían ellos. Sin embargo, nadie pareció haber caído en la cuenta de que los norcoreanos no se andaban con chiquitas. Durante el año anterior, diversos incidentes y choques armados entre las dos Coreas indicaban de los posibles problemas a quien quisiera verlos. Los norcoreanos reaccionaban violentamente ante cualquier aparente violación de su espacio aéreo o aguas jurisdiccionales. En 1965, por ejemplo, un avión de escucha electrónica RB-47 fue atacado por aviones Mig-17, y casi derribado. Pero parece que solamente un hombre de la NSA se apercibió del peligro latente. Consciente del peligro, puso sus advertencias por escrito.

Y aquí comienza el primer acto del drama. El mensaje estaba redactado en términos bastante claros respecto al peligro, una especie de “cuidado, chicos, que os vais a meter en un lío por esto y lo otro, mejor será que canceléis la misión”. Pero los mandos superiores no deseaban fricciones entre la NSA y la Navy, de modo que “diluyó” el mensaje, rebajándolo de “acción” a “información”, una especie de “a quien pueda interesar.” De manera que el capitán del Pueblo se dirigió a las costas norcoreanas sin una advertencia clara de lo que le esperaba. Sus instrucciones concluían “Estimación de riesgo: mínimo”. Se suponía que sería cuestión de llegar, escuchar, grabar y vuelta a casa.

El Pueblo, ignorante de que la tensión entre las dos Coreas estaba llegando a un punto álgido, puso proa hacia las costas norcoreanas. Por sí solo, constituía un premio gordo para cualquier atacante, ya que en su interior contaba con material cripto de primer grado: el KW-7, uno de los aparatos cifradores más modernos de Estados Unidos; receptores especializados para la interceptación; y más de doscientos kilogramos de documentos de alto secreto.

El 22 de enero de 1968, el Pueblo se encontraba a unos treinta kilómetros al nordeste del puerto norcoreano de Wosan, escuchando y grabando como era habitual. Cuando parecía que el principal enemigo de la tripulación era el aburrimiento, dos pesqueros norcoreanos se les acercaron. Al día siguiente, la visita fue más amenazadoras: tres torpederos les alcanzaron y conminaron al Pueblo a detenerse bajo amenaza de abrir fuego. La respuesta del Pueblo (que se encontraban en aguas internacionales y que sus intenciones eran pacíficas) no surtió el efecto deseado.

Visto lo visto, se dio orden de destruir todo el material sensible a bordo del Pueblo. Por desgracia, los medios eran insuficientes. Los incineradores de a bordo eran demasiado pequeños para poder quemar todos los documentos, y los martillazos no lograron acabar con los cifradores y receptores. Sólo quedaban dos opciones: hundir el Pueblo, arriesgándose a que los norcoreanos se cebasen con los supervivientes; o intentar defenderse con las ametralladoras de 50 mm, todo un suicidio. Por supuesto, escapar a una veloz patrullera torpedera estaba fuera de toda consideración, y en la zona no habían buques ni aviones amigos que pudiesen proporcionar protección. Ante semejante panorama, el capitán del Pueblo intentó ganar tiempo antes del abordaje, para permitir la destrucción de la mayor cantidad de material confidencial. Incluso esa opción resultó peligrosa, ya que los norcoreanos no disponían de mucha paciencia y realizaron diversas descargas de ametralladora sobre el Pueblo.

Lo único que pudieron hacer los tripulantes del Pueblo fue enviar un mensaje de aviso a su base de Kamiseya (Japón) y esperar refuerzos. Pero el Séptimo de Caballería se encontraba muy ocupado en otras tareas. Ciertamente, nadie quería que los norcoreanos capturasen uno de sus buques, y en cuanto se dio el aviso se prepararon diversas opciones de respuesta. No olvidemos que la guerra de Vietnam estaba en su apogeo, y Estados Unidos contaba con grandes efectivos desplegados en toda la zona del Pacífico occidental. ¿Cómo es posible, entonces, que las fuerzas militares de los Estados Unidos no pudiesen hacer nada por el Pueblo?

James Bamford nos lo explica de modo magistral. Coja el lector el mapa de la zona y veamos las opciones disponibles. En primer lugar estaban las fuerzas estacionadas en Corea del Sur: más de 50.000 soldados norteamericanos con todo su equipo de apoyo. Pero el conflicto de Vietnam estaba reclamando todos los aviones disponibles, y el mando norteamericano en Corea del Sur disponía tan sólo de seis aviones F-105, armados con bombas nucleares contra objetivos en China. Sustituirlas con bombas convencionales hubiera llevado horas. También había más de dos centenares de aviones de la fuerza aérea surcoreana, deseosa de salvar al buque norteamericano. Pero el general norteamericano al mando les negó el permiso para intentarlo, temeroso al parecer de que los pilotos surcoreanos se entusiasmaran demasiado y convirtieran la operación en una guerra abierta.

A continuación estaban los 78 cazas norteamericanos ubicados en bases en Japón… que no se podían usar porque el acuerdo militar entre los gobiernos japonés y norteamericano prohibía el uso de dichas bases para operaciones ofensivas.

Siguiente parada: Filipinas. Allí estaba el portaaviones Enterprise dispuesto para lanzar sus aviones. El único problema era la distancia, excesiva para que los Phantom F-4B alcanzaran al Pueblo antes de que éste llegase al puerto norcoreano de Wonsan.

Igual de lejos se encontraba la isla de Okinawa. Pero, aunque parte de Japón, también era un protectorado americano desde el que sí se podían lanzar operaciones ofensivas. Si se daban prisa, podrían atacar los torpederos norcoreanos y liberar el Pueblo. Dicho y hecho: se lanzaron al aire una docena de F-105 en dirección a la península coreana ¡con la orden de dirigirse para reabastecimiento de combustible a Osan, Corea del Sur!

Para entonces parecía claro que ninguna operación táctica podría evitar que el Pueblo llegase al puerto norcoreano de Wosan, de modo que los planificadores de Washington se prepararon para un enfrentamiento en toda regla. Se enviaron aviones de reconocimiento SR-71 y se desplegaron buques, aviones B-52 de bombardeo estratégico y una gran cantidad de aviones y bombas. La idea era obligar al gobierno norcoreano a liberar el Pueblo y sus tripulantes; de lo contrario, se lanzarían ataques en toda regla contra instalaciones en territorio de Corea del Norte.

De hecho, comenzaron a saltar todo tipo de ideas disparatadas. El general al mando de la flota norteamericana en el pacífico llegó a proponer la recuperación del Pueblo a estilo vaquero: ¡con un lazo! Proponía enviar una flota de destructores con cobertura aérea, entrar en el puerto de Wosan, lanzar un cabo al Pueblo y remolcarlo. ¡Y si los norcoreanos no estaban de acuerdo, que intentasen detenerlo si podían! El Pentágono comenzó a planear una guerra a gran escala en la península coreana, usando otro buque como el Pueblo como cebo para inducir a los norcoreanos a atacarlo, lo que provocaría la respuesta militar norteamericana. Dejo al lector imaginar cómo los Estados Unidos, con el grueso de sus fuerzas empantanado en Vietnam, habría podido atacar y conquistar un país al que apenas consiguieron mantener a raya en 1950. Quizá por eso, la reacción norteamericana fue la de no hacer nada. La diplomacia tomó el lugar de la acción militar.

Después de casi un año de negociaciones, los marinos norteamericanos fueron liberados. Estados Unidos tuvo que firmar un documento aceptando la responsabilidad de los hechos y pidiendo disculpas. Los norcoreanos, por su parte, se quedaron con el buque. Lo más penoso es que, una vez en casa, el capitán del Pueblo estuvo a punto de ser juzgado en consejo de guerra. A la Marina norteamericana no le gustaba nada que uno de sus buques se hubiese rendido en tiempos de paz (lo que, al parecer, había sucedido por última vez en 1807), y claro, no quedaba bien encausar a los almirantes y jefazos diversos que enviaron al Pueblo a la boca del lobo, sin cobertura adecuada y librado a sus propios medios. Así que buscaron un chivo expiatorio, y resultó ser el hombre que con sus actos consiguió salvar la vida de sus hombres y destruir al menos una parte del material secreto que custodiaba.

Como dice Bamford, es indudable que los almirantes habían estado leyendo demasiadas biografías de John Paul Jones (marino norteamericano muy admirado por ellos), en lugar de ver “Misión Imposible”. Al final, el Comandante en Jefe de la Flota del Pacífico recomendó cambiar el consejo de guerra por cartas de reprimenda (una especie de “chico malo, chico malo”). El Secretario de Defensa estuvo de acuerdo y retiró todos los cargos contra el capitán y su segundo de a bordo. Los norcoreanos siguen en posesión del Pueblo. En el año 2001 lo trasladaron de Wosan a Pyongyang, en la otra costa del país, para lo cual tuvieron que trasladar el barco a lo largo de toda la península coreana. Para algunos, hubiera sido una oportunidad de recuperarlo para los Estados Unidos. En cualquier caso, la humillación sufrida es algo que no se borra tan fácilmente.

[En la actualidad, el USS Pueblo se encuentra todavía en manos norcoreanas y es una atracción turística en el puerto de Pyongyang. Para Estados Unidos, el USS Pueblo sigue oficialmente en servicio activo, aunque no aparece en el listado oficial de buques de la US Navy]


2 Comentarios

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NaranekkNaranekk

Pequeña corrección: el armamento del USS Pueblo no podría ser ametralladoras de calibre 50mm. Ese calibre ya es de cañón. Posiblemente son ametralladoras tipo Browning calibre 0.50 (pulgadas), que en el SI son aproximadamente 12.7mm.

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