Controlando a los profesores

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Quizá sea por la educación recibida, porque lo he visto en casa o porque soy así de raro, pero como profesor se me hace muy raro saltarme las clases deliberadamente. La primera vez que hice escaqueo de clase como alumno fue bajo el hechizo de una rubia espectacular que teníamos en el instituto (me casé con ella, por supuesto).

Ahora que soy profesor creo que la obligación de ir a clase es aún mayor, ya que me pagan por ello. En los raros casos en que no he podido ir (por problemas de salud o congresos), me he preocupado de buscar un sustituto adecuado. En una ocasión tuve que saltarme unas prácticas porque tenía que operarme de la vista. Pasé casi un mes en dique seco, y cuando me reincorporé lo primero que hice fue recuperar las prácticas. Sí, el departamento debió asignar un profesor sustituto, pero no lo hizo y al final tuve que encargarme yo, como si me hubiese ido de vacaciones o de asuntos propios. Pues lo hice, y punto.

Por supuesto, no todos los profesores son tan responsables ni disfrutan de un perfil griego tan agraciado. Hay de todo, como en botica. Tienes al que no falla ni un día, que cuando asoma por la puerta ya puedes poner el reloj en hora. Está el que cita a los alumnos en su despacho para dar seminarios en pequeños grupos, o el que toma créditos extra que no le corresponden. Están, y son muchos, los que olvidan el reloj y se dedican a su trabajo. Gente responsable, que no duda a la hora de dar el callo más del mero cumplimiento del deber.

En la cara B, hay personajes que hacen del escaqueo una costumbre, y no les remuerde la conciencia ni tanto así. Podría dar ejemplos, pero mejor me los callo. Y no me refiero a los catedráticos con cargo de gestión, que ellos tienen reconocidos los créditos de descuento (y de todos modos, no puedes dar todas tus clases y además hacer de decano o director de departamento); o a los que cumplen el expediente y para de contar. Me refiero a expertos en lo que ahora llaman “procastrinación,” maestros en empalmar puentes con días de asuntos propios, que pasan de si el alumno puede ir a la hora asignada de tutorías, y que cuando hay que escoger entre cumplir el horario o salir a comprar al Mercadona no dudan ni un momento de sus prioridades.

Cuando comencé en este negocio de dar clase, una chica del PAS (Personal de Administración y Servicios) me daba una hoja de papel en el que todos los profesores del día teníamos que firmar cada vez que dábamos clase. Alguien decidió que era una buena forma de controlar a los profes, lo que es una tontería porque el escaqueador profesional firmaba igual, y nadie controlaba realmente quién daba clases a qué horas. Bastaba con cumplir el expediente. Papelito firmado y a la carpeta.

Recientemente, hemos dado una nueva vuelta de tuerca en mi Universidad con relación a eso de controlar a los profesores. Tenemos, por supuesto, un servicio de inspección para vigilar al que no cumple, claro, pero los inspectores pasan de apatrullar la Universidad a menos que alguien se queje. Y a ver quién se queja cuando un profe no acude a clase: los alumnos temen represalias (suponiendo que prefieran una hora de clase a una hora en la cafetería) y los profesores no queremos llevarnos mal con nuestros compañeros.

Pero ahora hay un nuevo sistema de control, y ¿saben a quién se lo debemos? ¡Al PAS! Sí, a los conserjes, administrativos y demás personal de apoyo. No todos son como el sheriff del aparcamiento, y muchos son estupendas personas, currantes y discretas; pero algunos llevan muy mal las diferencias laborales entre personal docente y de administración. Una de esas diferencias consiste en que a ellos les hacen fichar y les controlan mucho las entradas y las salidas, y a los demás no. Así que ¿cómo acabar con tamaña injusticia? Pues obligando a todos a fichar, igual que ellos. Y dicho y hecho, el año pasado el PAS obligó a mi Universidad a instaurar un sistema de control al profesorado. Hala, así aprenderán esos señoritos que cobran más que nosotros para luego entrar y salir cuando les da la gana.

Yo no tengo reloj para fichar ni nadie está apuntando en una libretita si cumplo o no, y ni falta que hace. Por eso me indigna que me consideren como presunto culpable y me hagan prometer por el osito de peluche de mis niños que voy a dar las clases a que ya me he comprometido por contrato y por programa. Si alguien no se fía de mí, que me envíe un inspector mañana. Y el día después. Y todos los días si les parece bien. Pero eso de controlarme el acceso, lo reconozco, lo llevo fatal. Quizá sea la libertad académica de que hemos gozado en la Universidad, o puede que sea por esa acusación que va implícita (si nos vigilan, es que no se fían de nosotros), pero me toca mucho las narices.

Una cosa que nadie parece entender es que las clases de un profesor son solamente una parte de su trabajo. Para controlar si yo estoy dando el callo, tendrían que vigilar cuándo entro y salgo del despacho. Y tampoco eso es todo. Estas semanas he estado haciendo el McGyver en el laboratorio, preparando prácticas nuevas para los alumnos. No es parte estricta de mi trabajo (podría obligar al coordinador a que se busque la vida) y en ningún sitio dice que tengo que hacerlo yo, pero hemos comprado material nuevo porque creemos que los alumnos necesitan nuevas prácticas, y si hay que pasar la mañana currando en el laboratorio, pues se curra y nadie se muere por ello. Eso sí, cualquier persona que hubiera acudido a mi despacho entonces no me habría encontrado. Mal, profesor Quirantes, muy mal, tengo que ponerle falta.

A veces tengo que ir a consultar con otros profesores por temas docentes o de investigación. Algunos de ellos están en el CEAMA, en el otro extremo de la ciudad. ¿Tengo que pedir permiso para ir a verles? ¿Y si organizan una conferencia con una eminencia de fuera, puedo ir en horas de trabajo o se considera fuera del horario laboral? ¿Y esos congresos que te hacen estar fuera durante una semana? ¿Y las mil y una reuniones de departamento, de comisión docente, de doctorado, de proyecto? ¿Y el tiempo que paso con los proveedores? ¿De verdad tengo que justificar todo ese tiempo de mi horario laboral?

Quizá por eso, cuando los del colectivo PAS hicieron aprobar las medidas controlaprofes, nadie se planteó en serio seguir toda nuestra actividad. Incluso controlar el cumplimiento de las clases teóricas es algo difícil de implementar. Los hay que abogan por un sistema de controles de acceso en clase, con tarjetas o lectores biométricos. Lo que es una tontería, porque si quiero entrar en el aula sin fichar no tengo más que esperar a que el profesor anterior a mí termine su clase y salga; o a que salgan los alumnos, porque supongo que no les obligarán también a ellos a identificarse para entrar en el aula. Habría que gastarse una pastizara en sistemas de acceso, y si algo no les sobra a las Universidades últimamente es dinero. Personalmente prefiero que me arreglen el excelente sistema de altavoces de mi aula (excelente salvo por el detalle de que suelta más chicharra que sonido), o que me cambien los bancos de los alumnos, que son de formica (excelente material, a tenor de lo que ha durado, pero desde los años sesenta hemos avanzado mucho en decoración).

¿Qué solución había? ¿Poner a un PAS en la puerta del aula para controlar si los profesores entran en clase a tiempo? No hay tanto personal de administración para eso. Pueden intentar fichar a los alumnos para eso, pero considerando lo mentirosos que son algunos (lo siento, pero tengo pruebas de ello) esa solución iba a dar problemas. Al menos, hasta que salte un profesor de Derecho diciendo que los alumnos no están contratados por nadie y que ese sistema es ilegal, inconstitucional y engorda.

El caso es que la forma en que el control de clases se implantaría se convirtió en una incómoda patata caliente. Nadie quería cabrear a todo el colectivo de profesores, y tampoco había ganas de gastar una fortuna en sistemas de control, pero algo había que hacer. Y eso hicieron: escurrir el bulto. El Rectorado le pasó el marrón a las facultades, y allí comenzaron a hablar de pruebas piloto, sin mucha urgencia ni ganas, la verdad.

Finalmente, ha llegado la solución mágica: volvemos a lo de firmar papelitos, sólo que en formato digital, que para eso somos modernos. El nuevo engendro se llama SSAD (Sistema de Seguimiento de Actividad Docente), y sigue la estela usamericana de poner acrónimos impresionantes para dar la impresión de que aquí estamos hablando en serio. Bueno, juzguen ustedes lo serio que es. Precisamente tenemos aquí las instrucciones: un PDF de 3.4 megas, con dibujitos claros y de colores para que quede todo bien claro.

Para que no se molesten, yo se lo resumo. Básicamente, tengo que entrar en mi acceso identificado, buscar la página SSAD, y una vez allí apuntar si ha habido alguna incidencia. Lo mejor de todo es que solamente tengo que entrar si ha habido incidencias; cuando todo va bien, no tengo que hacer nada. Picado por la curiosidad, me metí en mi acceso identificado y accedí al SSAD. Hoy no tengo clases de teoría, pero ayer sí la tuve, de modo que accedí al calendario. Ahí aparece la asignatura que yo doy: Física I, horario de 9 a 10 de la mañana… en un lugar llamado ADT (Aula A Determinar). Teniendo en cuenta que llevo con la misma aula desde hace años, no sé a qué viene esa ADT, pero en cualquier caso, menudo sistema de “seguimiento” es este que ni siquiera sabe en qué aula debo dar clase.

Ni siquiera es como cuando firmaba papelitos a la salida de clase. Antes, si no firmabas se suponía que no habías asistido a clase, y el PAS de turno podría recordar que, en efecto, ayer no apareciste por allí. Ahora ni eso, lo han convertido en algo así como “mire usted, si todo va bien no tiene que hacer nada, pero si hay problemas me lo apunta aquí y ya veremos lo que hacemos.” Con lo que quien quiera escaquearse seguirá haciéndolo, y con no poner nada en el SSAD listo. En cuanto a los tramposos que quieran hacer escaqueo, no tienen más que registrar “sin incidencias,” o mejor aún, no decir nada. Antes no les controlaban, y ahora tampoco.

En suma: es un sistema en el que los honrados pierden el tiempo, los tramposos siguen saliéndose con la suya y a nadie le importa. Y los del PAS se creerán que han hecho una importante contribución a… bueno, no sé a qué. Ni me importa. Si alguien duda de que doy mis clases a su hora correspondiente, ya sabe dónde encontrarme.

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4 Comentarios

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AnonymousAnonymous

Pues yo creo que la cosa es muy fácil: que ponga la universidad una persona, que entre otras, tenga la responsabilidad del control de presencia de los trabajadores (profesores u otros trabres). Amén de endurecer el régimen disciplinario por faltas injustificadas.
Ya verá vd. como la cosa cambia. Todo lo demás, ya se sabe, que son ganas de cubrir el expediente con supuestos controles. La teoría de nombrar comisiones para que nada se solucione, tiene como antítesis la de NOMBRAR UNA SOLA PERSONA ENCARGADA.

Saludos.

Pd. Recién llegado y me encantó su blog.

AnonymousAnonymous

“…puede que sea por esa acusación que va implícita (si nos vigilan, es que no se fían de nosotros), pero me toca mucho las narices.”
Puede que al PAS también le toque las narices que los profesores que son los que rigen la universidad Rector, etc… no se fíen de ellos y les hagan fichar. Recordemos que el PAS no opta al puesto de rector.
Esta aquello de “no quieras para los demás lo que no quieres para ti” y no queda muy clara tu postura respecto a que sólo el PAS fiche y no todos los trabajadores (profesores)

Por otro lado reconoces que hay tramposos, pero tu solución es que mejor no hacer nada porque ¿no hay que ofender a los que no las hacen?

Soy PAS; yo estoy a favor del fichaje porque conozco tramposos en todas partes y aunque no pueda medirse todo el tiempo del profesorado, sí puede medirse al menos el tiempo que supuestamente tiene que estar en la universidad en clases, tutorías, laboratorios…

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