¡Llamen a un científico!

Jodie Foster científica

En el cine, hay muchos personajes y entidades a las que a acudir cuando se les necesita. Son como una caja de herramientas, invisibles hasta que les llega la hora de ganarse el sueldo. Por ejemplo, los médicos. El protagonista, caído de rodillas junto al moribundo, grita eso de “que alguien llame a un médico” (jamás se molestará en usar su móvil), y en un momento tenemos a los sanitarios saliendo de la ambulancia. Nadie parece llamar a los bomberos, sencillamente se presentan cuando hay fuego. Si hay una epidemia se llama a los chicos del traje de astronauta venido a menos; si hay malos armados se convoca al SWAT; si el detective es demasiado tonto para descubrir al asesino, allá van los forenses al rescate; si se trata de un desastre gordo se moviliza al ejército. Pero ¿a quién llamamos cuando el desastre amenaza las vidas de millones de personas, ciudades enteras están en peligro e incluso la misma civilización corre peligro de desaparecer? ¿A Chuck Norris? De eso nada. Se llama a … ¡un científico!

Al parecer, los científicos de película son el arma definitiva. Lo saben todo, lo investigan todo, tienen todas las respuestas. Uno le puede rebatir argumentos a un general, a un ministro, a un abogado, !pero ojo con pretender saber más que el científico! En la actualidad, no hay película de catástrofes que no incluyan científicos. Y si son de instituciones con pedigree, mejor que mejor. En Armageddon, cuando a Bruce Willis le cuentan los planes del gobierno para detener el asteroide destructor, se le cae el alma a los pies: ¿Y esto es lo mejor que ustedes, el gobierno, nuestro gobierno es capaz de parir? !Pero si … son la NASA, por Dios! Pusieron a un hombre en la luna. Son genios, son los tipos que montan estos tinglados. Seguro que tienen un equipo de hombres sentados en algún sitio estrujándose el coco, y alguien echándoles una mano. Que ni siquiera la gente de la NASA pudiera resolver el problema lo tenía al borde de la desesperación. Por supuesto, al final todo sale bien, gracias al arrojo de los astronautas, a la calva de Willis y a que … bueno, son la NASA.

En ausencia de la NASA, cualquier cosa nos vale. En 2012, un científico se planta en medio de una fiesta política. Alguien con pinta de poderoso jefazo de Washington está a punto de echarlo a patadas, pero en cuanto le echa un vistazo a los papeles que le presentan, cambia totalmente de registro. El científico ha sido llamado, y su diagnóstico es tajante. Algo parecido pasa en El Día de Mañana, aunque aquí nuestra autoridad científica no tiene un buen comienzo: el vicepresidente le manda a freír gárgaras. Por supuesto, luego la cosa se pone fea, y el propio presidente llama a los científicos para que le indiquen el plan de acción. El despropósito de El Núcleo va aún más lejos: allí los científicos preparan un plan mundial, lo ponen en marcha, manipulan los artefactos nucleares; no es que les llamen, es que ellos son los jefes (con permiso del estereotipado general cabronazo, por supuesto).

A veces, eso de llamar a cualquier científico se lo toman literalmente. En Cazafantasmas 2, Bill Murray y su equipo se plantan en mitad de una calle de Nueva York para estudiar un fenómeno paranormal. Para desviar el tráfico (y, en parte, para impresionar a Sigourney Weaver), Murray va por medio de la calzada gritando: !Somos científicos! Disculpen, apártense, gracias, tenemos que llevar a cabo una investigación aquí. Permítanme, en nombre de la comunidad científica, asegurarles que no vamos por ahí mostrando una credencial con placa, pero me encantaría verlo alguna vez, siquiera en el cine: un tipo (o tipa) con bata blanca abierta, caminando con paso vivo, la credencial al cinto, abriéndose paso a la voz de “!abran paso, somos científicos!”

A la espera del milagro, les invito a una peli donde a los científicos se los trata con respeto: Volcano. Allí, Tommy Lee Jones interpreta a Ken Roach, el típico gestor de emergencias que no puede mantener el culo en la silla de su despacho. Cuando algo comienza a ir mal en Los Ángeles, se mete personalmente en un túnel (es de esos que no pueden esperar al informe), vislumbra una explosión de fuego de origen desconocido y tiene el tiempo justo para salir corriendo. Apenas asoma la cabeza, comienza a dar las órdenes más urgentes: Ponme con la policía, saca a todo el mundo de este parque … córtalo todo en este sector, tuberías de gas, de refinería, todo … !y tráeme un científico, a un geólogo, a ver si sabe qué diablos es esto! Su ayudante sale corriendo a cumplir las órdenes. Esta visto que el señor Roach conoce su oficio. No solamente busca a alguien que le explique lo que él no sabe, sino que incluso se para a especificar que quiere a un geólogo. Es un paso adelante respecto a las otras películas, esas en las que se pide a gritos a un científico igual que se pide algo de comer cuando hay hambre.

Bien, pues vamos a buscar a nuestro geólogo. Primera sorpresa: !es geóloga! Alguien en el equipo de producción de Volcano decidió que ya está bien de tanto científico blanco anglosajón y protestante (y parece que es una moda que se queda: el científico de 2012 es negro, el de Contact es mujer, el de Independence Day es judío, y viva la diversidad). Segunda sorpresa: tiene una ayudante !que también es mujer! Tercera sorpresa: da una hipótesis increíble, y le creen. O, por lo menos, no la tratan de loca. Cuarta sorpresa: la geóloga no intenta ir de lista, y de hecho se pone las pilas y se va a buscar pruebas para confirmar o refutar su hipótesis.

Ni corta ni perezosa, se busca su instrumental científico, un montón de papeles con números, y se pone a investigar. Roach se reúne con ella en el Parque McArthur, donde se encuentran las famosas fosas de brea. ¿La hipótesis? Lava en el centro de Los Ángeles. Roach es escéptico, pero no se cierra en banda y hasta pide casuística:

– ¿Lava? ¿En Los Ángeles?

– Es una de varias posibilidades. Yo no lo descartaría, es una posibilidad

– Ya, ¿saben de algún antecedente en esta zona?

– Paracutin [Paricutín], 1943. Un granjero mejicano ve humo saliendo de su campo de maíz. Una semana más tarde había un volcán de 300 metros. No hay antecedente de nada hasta que pasa. Luego sí

Tanto los diálogos como su actuación me sugieren una científica bastante creíble. Referencias, datos precisos y claros, reconocimiento de sus propias limitaciones. Lástima que Volcano sea para los geólogos como El Núcleo para los físicos. Pero como esto no es Geología de Película, me voy a quedar con un ejemplo de termología:

– Ese estanque estaba ayer a 16 grados, hoy está a 22

– Hoy hace calor

– Un día precioso, ¿eh? Señor Roach, hace falta un fenómeno geológico para calentar cuatro millones de litros de agua seis grados en doce horas

¿Es eso creíble? Haciendo un pequeño experimento calorimétrico, podemos calcular la energía necesaria para calentar cuatro millones de litros de agua seis grados en doce horas. Quizán recuerden la fórmula: calor igual a masa por calor específico por incremento de temperatura, Q=mc(T´ -T). Eso nos da: 4.000.000 litros * 1000 gramos/litro * 6 grados * 1 caloría/(gramoºC). Nos sale un total de 24.000.000.000 calorías, o en el Sistema Internacional, unos cien mil millones de julios.

Para obtener esa energía en doce horas (12*60*60 = 43.200 segundos), necesitaríamos una potencia de 100.000.000.000 / 43.200 = 2,31 megavatios. Eso es mucho, si tenemos en cuenta que la potencia eléctrica máxima de un hogar es del orden de los kilovatios. ¿Puede el sol proporcionarnos esa potencia? Nuevamente, calculemos. No he encontrado la superficie del estanque en cuestión, pero mirando en Google Maps parece tener unos 150*200 metros, lo que nos da un valor de unos 30.000 metros cuadrados. 2.310.000/30.000 nos da una insolación (potencia por unidad de superficie) de unos 77 vatios por metro cuadrado. Si googleamos un poco, veremos que la insolación media en Los Ángeles es del orden de 200 – 500 vatios por metro cuadrado. Es decir, el sol nos daría energía más que de sobra para calentar el estanque.

Parece que la geóloga se ha equivocado. Pero paradójicamente, su hipótesis resulta ser correcta, y cometió un error con el volumen del estanque. Ella afirmó que contiene 4.000.000 millones de litros de agua, es decir, 4.000 metros cúbicos. Pero con una superficie de unos 30.000 metros cuadrados, eso nos daría una profundidad media de 4.000/30.000 = 0.13 metros. ¿Solamente 13 centímetros? Me parece muy poco. En una escena, un elefante de piedra se hunde en el estanque.

Digamos, por suponer algo, que la profundidad media es de 2.5 metros, esto es, 20 veces más que los 13 centímetros que nos sale. En ese caso, la masa de agua, la energía necesaria, la potencia, y la insolación, serán también 20 veces mayores. Es decir, necesitaríamos del orden de casi 2.000 vatios por metro cuadrado, mucho más que los 500 máximos que proporcionaría el sol. Así que, aunque contó mal los litros, la geóloga tenía razón: es necesario un fenómeno geológico para explicar el aumento de temperatura del agua.

Ignoro los motivos del error, que ni siquiera aparecen en la Internet Movie Database. No es un error de traducción, porque creo recordar que en la versión original decían lo mismo. En realidad, decir “cien millones de litros” nos hubiera dado una cantidad más creíble, más redonda, y también más grande. Hubiera sonado más molón en la película. Salvo por ese detalle, los cálculos están bien trabajados. Pero a fin de cuentas, nadie es perfecto. Tan sólo somos científicos.

APÉNDICE: Después de colgar y leer este post, me dije que probablemente la película Volcano tenía un asesor científico. En efecto, en los créditos finales aparece un tal Rick Hazlett como “Consulting Volcanologist.” Hay un Richard H. Hazlett en el Pomona College, California. Pueden aquí ver su página web. En mi opinión, y con permiso de los geólogos, creo que hizo un buen trabajo en general. Otra cosa es que la historia fuese creíble; pero ya sabemos que cuando los guionistas entran por la puerta, el científico sale por la ventana.


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